sábado, 19 de diciembre de 2009

ALMINARES ZAGRIES Y ALMINARES ALMOHADES

Hace ya algunas semanas, en un artículo que titulé “Alminar o campanario”, hice algunas comparaciones entre la torre de Tauste y la Giralda de Sevilla, con la advertencia final de que, por si a alguno se le ocurría pensar en una posible presuntuosidad por mi parte al hacer un símil entre nuestra “humilde torre mudéjar de pueblo” y el gran alminar almohade conocido como la Giralda de Sevilla, otro día contaría otra cosa al respecto.

Pues bien, ese día ya ha llegado y me dispongo a ello.

Resulta que, según la versión “oficial” que nos han vendido, nuestra torre tiene estructura de alminar almohade, es decir, formada por dos torres, una dentro de la otra, por entre las cuales se desarrolla la rampa de escalera. Nos dan una cronología de 1184 para la Giralda y 1284 para la torre “mudéjar” de Tauste (nótese que pongo comillas en lo de “mudéjar”).

Efectivamente, subes por la escalera de nuestra torre y observas que a tu derecha se encuentra el muro que da al exterior y a tu izquierda el que te separa de las sucesivas estancias interiores que hay dentro de la torre, una sobre otra. Eso te da la sensación de que te encuentras entre dos torres: la exterior o torre propiamente dicha, y la interior o contratorre. Bajo tus pies tienes unos peldaños construidos en ladrillo (como toda la torre) y sobre tu cabeza una sucesión ascendente de hiladas de ladrillo que van sobresaliendo hasta cerrarse en el centro, formando así un techo triangular de múltiples esquinas. Pero de lo que no somos conscientes es de que sobre ese techo no se encuentra directamente el peldañeado del tramo de arriba, como pudiera parecer, sino que encima de esas hiladas voladas que conforman nuestro techo, la fábrica de la torre continúa, dando lugar a un gran macizo de obra, sobre el cual, cuando llega el desarrollo de la escalera a su altura correspondiente, se formará el peldañeado de ese tramo de encima. Es decir, no se corresponde para nada con esa descripción de “alminar almohade formado por dos torres concéntricas y espacio hueco entre las mismas, donde se encuentra la rampa de escalera”, sino que en realidad es una sola torre “agujereada” de forma helicoidal, y es por este agujero por donde circulamos cuando subimos por esa escalera. Acompaño un dibujo de planta y sección que corresponde a la torre de San Pedro en Alagón (no es la de Tauste, pero sirve de igual forma para ilustrar esta explicación, pues, aun de menor tamaño, tiene la misma estructura que la nuestra).


Tengo que hacer notar que, en el caso de Tauste (de igual forma que en Alagón, San Pablo de Zaragoza y otras), la pared que separa el hueco de escalera de las estancias interiores es de pequeño espesor (apenas un ladrillo) y sería insuficiente siquiera para soportar los empujes que le transmiten las bóvedas que conforman dichas estancias. La gran masa se acumula en la zona central del macizo (entre cada rampa y la de encima correspondiente) y en la parte de muro que queda al exterior del hueco de escalera.

Se trata de una solución muy inteligente, pensada para llevar a cabo la construcción sin grandes medios auxiliares de andamios, cimbras, apuntalamientos, encofrados, etc., pues, a medida que el hueco de la escalera iba alcanzando la altura deseada (poco más que la de una persona), iban cerrando la obra por el método descrito de aproximación de hiladas y así continuaban su obra maciza hacia arriba. Para hacer eso, con unos sencillos caballetes de madera les bastaba para llegar a la altura del techo, colocaban sus hiladas voladas de ladrillo con yeso “al aire”, sin ningún encofrado previo, y después trabajaban desde encima de la propia obra. Pero no solamente el sistema era inteligente por el ahorro de medios auxiliares, sino porque, además, al situar la escalera muy cerca del núcleo central, a costa de reducir al mínimo el grosor del muro interior, consigue concentrar toda la masa posible en torno al perímetro exterior (optimización del momento de inercia de la sección), característica que confiere al conjunto de la torre una maximización de resistencia frente a solicitaciones de fuertes vientos o, si fuera el caso, de acciones sísmicas. Por otra parte, la concentración de cargas permanentes entre rampas de escaleras implica una importante componente vertical que confiere una gran estabilidad de cara a la acción del viento, ya que ésta se manifiesta como una fuerza horizontal. Naturalmente, no podemos pensar que aquellas gentes conocieran ya conceptos físicos actuales como el del momento de inercia, pero está claro que los manejaban magistralmente de manera empírica.

No es difícil comprender que este sistema de construcción requiere de una gran habilidad artesanal y dominio espacial permanente, todo ello, repito, en aras del importante ahorro de empleo de medios auxiliares.

Realmente, tenemos que situar esta construcción en la segunda mitad del siglo XI, como producto de una cultura que llega a nuestra península desde el mundo persa y se desarrolla precisamente en el valle medio del Ebro, todo ello posibilitado por la corriente de progreso que aquí se está viviendo, circunstancia que no se da en esa misma época en otros lugares de al-Andalus. Años después, un poderoso ejército de integristas islámicos invadirá la Península Ibérica (los almohades), pero serán vencidos en la batalla de las Navas deTolosa (año 1212) y la frontera quedará establecida a muchos kilómetros al sur de nuestras tierras. Para entonces, esto hace ya un siglo que es de dominio cristiano y muchos de los musulmanes que aquí vivían han emigrado hacia el sur, llevando allí su sabiduría y sus costumbres. Los almohades son un pueblo fanático y guerrero, que no destaca precisamente por su cultura; más bien, se limitan a adoptar las técnicas que encuentran en cada lugar que van conquistando. De esta forma, es más lógico pensar que es la cultura zagrí la que enriquece a al-Andalus y no la pobre cultura almohade (si se puede hablar de ella) la que se importa en lo que ya desde hace un siglo pertenece al reino de Aragón.

Naturalmente, se exporta desde aquí el concepto de esos viejos alminares que han quedado en el territorio perdido, a los que subes a través de una escalera que circula dando vueltas entre dos paredes, en contraposición a esas otras torres huecas mucho más elementales, que siempre tienen la escalera mal resuelta, mediante huecos mal apañados y tramos incómodos de escalerillas de palo. De esa forma surge el concepto de “alminar almohade”, cuyo máximo exponente por su grandeza y elegancia, no sólo de al-Andalus, sino de todo el Imperio Almohade, es el alminar de la mezquita-aljama de Sevilla, hoy conocido por el nombre de la Giralda.

Para entonces, las técnicas constructivas en occidente ya se encuentran más avanzadas. La pericia artesanal va dando paso a la utilización de cimbras y otros medios auxiliares que permiten la realización de obras más “airosas”. Una vez montado todo el mecano auxiliar, resulta más fácil la ejecución de la obra. Por hacer una comparación con la construcción actual: hasta hace pocos años las correas de escalera las realizaba el maestro albañil, colocando rasilla tras rasilla, “al aire”, sin más que pegarlas con pasta de yeso por el canto, trabajo que requería gran maestría. En la actualidad, al disponer de más medios, entableramos lo que será el fondo de esa correa, formando así un encofrado, el cual, posteriormente, no tiene más que ser llenado de hormigón para obtener la losa de escalera, trabajo que ya no requiere apenas habilidad.

De esa forma, construyen en Sevilla (ahora sí) una torre interior con muros de considerable espesor, para que sea, ya de por sí, autoportante. Eso posibilita levantarla hasta la altura que se desee, para después ir subiendo por fuera la torre exterior a la vez que se van construyendo las bóvedas sobre las que se apoyarán las rampas de subida. Para comprender la explicación, puede verse la figura que se acompaña.


Estas bóvedas son de crucería y se construyen sobre un mecano de encofrado que se va reutilizando tramo a tramo. Cada uno de estos tramos es horizontal y consta de cuatro bovedillas en línea (numeradas en el dibujo del 1 al 4), la primera de ellas formando salto respecto del tramo perpendicular anterior, y las otras tres, enfrentadas con la pared correspondiente a la torre interior. De esta forma resulta una construcción en la que verdaderamente son dos muros (los dos con un espesor considerable), pero con unas bóvedas ligeras. Las rampas se forman después, mediante rellenos ligeros (cascotes cerámicos e incluso vasijas) y un pavimento inclinado de ladrillo (en La Giralda no son peldaños, sino rampas).

Espero haber explicado lo mejor posible la diferencia constructiva entre lo que se denomina “estructura de alminar almohade” y lo que podemos llamar “estructura de alminar zagrí”, precedente claro del anterior, todo ello salvando las distancias en cuanto a diferencia de tamaño entre las dos torres que he tomado como modelo, que son la torre de San Pedro de Alagón (modesto alminar, si lo comparamos con el de Tauste o el de San Pablo de Zaragoza), y el de Sevilla, que es el más grandioso y espectacular de toda la época almohade en el mundo occidental. Por ello y para paliar el posible efecto de engaño, he incluido unas figurillas humanas en uno y en otro, que dan idea de la escala y de las proporciones.

Por si todo esto ha resultado demasiado “rollo” (cosa que no dudo, lo reconozco, sobre todo para los lectores ajenos al mundo de la arquitectura), extraigo a continuación las dos conclusiones fundamentales:

1.- La torre de Tauste es un alminar zagrí y no una torre mudéjar, cuya técnica constructiva, junto con la otros alminares de nuestro entorno, es pionera en la Península Ibérica.

2.- Son los alminares almohades (dada la escasez de conocimientos de aquel pueblo guerrero) los que se inspiran en los zagríes y no al revés, por ser éstos de clara precedencia.

A propósito de esto, como nota anecdótica y prueba del error al que estamos acostumbrados a cometer de forma sistemática, las personas que visiten el Patio del Yeso en los Reales Alcázares de Sevilla (un patio precioso, al que recomiendo su visita) podrán salir con la percepción, si antes han visitado la Aljafería de Zaragoza, de que ésta está inspirada en aquél. Pues no. Vean las fechas: el Patio del Yeso de los Reales Alcázares fue construido un siglo más tarde.
P.S. Perdón por la escasa definición de los dibujos. Pueden verse mejor pinchando sobre ellos.

sábado, 28 de noviembre de 2009

LOS VALLES DEL EBRO Y DEL GUADALQUIVIR

Hoy quiero contar una historia que nos transmitió Javier Peña hace unas semanas, en la cual establecía un interesante comparativo entre el valle del Ebro y el del Guadalquivir.

Debo aclarar que su relato se produjo en una conversación entre amigos, con la advertencia, por su parte, de que sólo se trata de una hipótesis, la cual habría que investigar y documentar más ampliamente para poder ser reconocida como algo solvente. Lo cierto es que al resto de participantes de aquella improvisada conversación nos pareció algo muy interesante y pintoresco y le animamos a que lo relatara en su blog, ya que la falta de estudios más profundos al respecto no está reñida con la publicación de un pequeño adelanto al respecto, con la prudente advertencia, por supuesto, de la provisionalidad de esas conclusiones. Desde luego, los razonamientos y todo el hilo conductor de los mismos nos parecían muy bien justificados.

Como quiera que va pasando el tiempo y parece que Javier no se decide a escribir su versión sobre este tema, voy a atreverme a hacerlo yo, porque creo que es algo digno de compartir con las personas que, con más o menos entusiasmo, vienen siguiendo nuestra labor “pro-zagrí”, aun sin pedirle permiso, que, si se enfada, ya se le pasará.

El razonamiento de nuestro amigo Javier venía a explicar el por qué de la diferencia paisajística actual entre los valles del Ebro y del Guadalquivir, aun tratándose de dos entornos que guardaron similitudes importantes en época islámica.

En efecto, cuando la cultura islámica se impuso en nuestra península, allá por siglo VIII, aquellas gentes aprovecharon los sistemas de regadíos que habían dejado los romanos, perfeccionándolos y ampliándolos, desarrollando a lo largo de los ríos una especie de oasis lineales en medio del gran paisaje estepario, aprovechando, sobre todo, las aguas de los afluentes, las cuales eran más fáciles de controlar que las de los ríos principales (en nuestro caso, el Ebro, y en el otro, el Gualdalquivir). Ello posibilitó la proliferación de ricas vegas y, por tanto, una alta densidad de población (para aquella época) que en nada tenía que ver con la despoblación y la miseria de otros lugares, como por ejemplo, la meseta castellana.

Comentaba que, cuando los cristianos aragoneses conquistaron el valle del Ebro, a principios del siglo XII, a los pobladores musulmanes de estas tierras se les permitió quedarse a vivir en su entorno, pudiendo conservar su religión y su modo de vida. En aquel entonces, Zaragoza era una ciudad próspera de unos 50.000 habitantes, como correspondía a una ciudad media del mundo musulmán (que era el más avanzado en aquella época), dotada de escuelas, hospitales, alcantarillado público, bibliotecas y otros servicios, totalmente impensables en cualquier ciudad del mundo cristiano. En ella vivían, además de gentes que se ganaban el sustento en la agricultura y la ganadería, otras muchas del sector terciario, es decir, artesanos, comerciantes, etc, amén de profesionales de todas las disciplinas (médicos, filósofos, poetas, músicos, astrónomos, etc). Con la llegada de los cristianos, este sector vio gravemente disminuida su capacidad de negocio, puesto que la ciudad y su entorno dejaban de ser el medio propicio donde poder sobrevivir con el ejercicio de sus actividades. Además, se daba la circunstancia de que estas gentes eran las que poseían cierto nivel económico, por lo que emigraron a otras tierras que seguían gobernadas por musulmanes, principalmente a Levante. Ello produjo un despoblamiento atroz de la ciudad, que vio reducida su población al 10%, aproximadamente. Zaragoza se ”ruralizó”, pasando a ser una ciudad al estilo europeo de aquella época: la poca población que permaneció tuvo que compartir su hábitat, en inferioridad de condiciones, con los nuevos colonos venidos de los Pirineos y del Sur de Francia (ostentando éstos la hegemonía,) la agricultura y la ganadería pasaron a ser casi los únicos medios de vida, se abandonaron y desaparecieron las bibliotecas, hospitales, servicios urbanos (como ejemplo de ello, recordar que los excrementos se arrojaban a la calle hasta tiempos cercanos a nuestros días), etc.

Pero este declive catastrófico no sólo afectó a la capital del reino, sino que también –aunque en menor medida- lo hizo al medio rural donde sus gentes, al no tener posibilidad de recoger sus pertenencias y emigrar a otras tierras musulmanas, tuvo que quedarse, amparados por la promesa del Rey Alfonso (y sucesores del mismo) de garantizarles unos mínimos derechos. De esta forma, constituyeron una masa de población que se llamó “mudéjar”, hasta el año 1526, cuando, bajo el reinado de Carlos I fueron obligados a bautizarse y pasaron a denominarse “moriscos”. Esta conversión al cristianismo fue falsa en muchos casos, manteniendo clandestinamente sus prácticas religiosas.

El valle del Guadalquivir corrió una suerte parecida casi un siglo y medio más tarde, pero duró poco tiempo. A diferencia de los aragoneses, los castellanos sometieron a la población mudéjar a continuos abusos, humillaciones y vejaciones, lo cual provocó revueltas por parte de esa población a los pocos años de haber sido conquistados aquellos territorios. Como consecuencia de las mismas, los castellanos no se anduvieron con contemplaciones y les echaron (a los que no habían muerto o esclavizado). El resultado fue el abandono de aquellas vegas, siendo colonizado el territorio por gentes llegadas de Castilla, cuyo modo de vida era principalmente la ganadería y una agricultura cerealista de secano. Tanto es así, que en muchos lugares era habitual que el secano llegara hasta las mismas orillas de los ríos.

Otro dato más de la represión ejercida por los castellanos sobre la población mudéjar es que ésta fue obligada a bautizarse y convertirse al cristianismo ya en el año 1502. Es el reinado de los Reyes Católicos, pero mientras Isabel de Castilla obliga a sus súbditos musulmanes a bautizarse, Fernando mantiene los derechos de los suyos en Aragón. Por fin, en 1526 (como ya queda dicho anteriormente) los mudéjares aragoneses son obligados a bautizarse, cuando el rey de Aragón ya es el mismo personaje que el de Castilla (entonces Carlos I de España y V de Alemania) y la política castellana gana peso sobre la aragonesa porque al poder del rey le convienen más las leyes absolutistas castellanas que las costumbres y el derecho aragonés, todo ello a pesar de seguir siendo países independientes. Finalmente fueron expulsados en 1610, por el rey Felipe II (Felipe III de Castilla).

Es decir, fueron los castellanos los que expulsaron a los mudéjares del valle del Guadalquivir, que ya era territorio perteneciente al reino de Castilla. Fueron ellos los que obligaron a convertirse al cristianismo a los mudéjares de sus dominios. Pero también fueron ellos, de alguna manera, los que forzaron la misma medida para con los mudéjares aragoneses, 24 años más tarde, y definitivamente fueron ellos los que decretaron su expulsión a partir de 1609, tanto en Castilla como en Aragón (aquí en 1610), en contra del criterio y de los deseos de toda la población aragonesa, incluyendo a la nobleza, porque constituía una fuente de riqueza y el mantenimiento de unas explotaciones agrícolas a las que ellos, como nadie, sabían sacarles provecho, además de un sector de servicios artesanos (cestería, alfarería, etc.) que principalmente era ejercido por esa población morisca.

En Aragón provocó la ruina, no sólo de aquellos pobres desgraciados (casi el 20% de la población), sino de muchos pueblos y lugares del reino. Sin embargo, los cinco siglos de convivencia transcurridos desde la conquista cristiana hasta la expulsión habían supuesto un intenso intercambio de técnicas, conocimientos y costumbres, que posibilitó la continuidad de su aportación al progreso en estas tierras. No fue así en Andalucía, pues como ya queda dicho anteriormente, tal convivencia no fue posible.

Quizá hay que buscar ahí una de las posibles causas del latifundismo en aquellas tierras, donde el predominio del secano facilita la existencia de grandes propiedades bajo un mismo dueño, mientras que el regadío favorece la proliferación de parcelaciones más familiares.


Como siempre, Javier no da puntada sin hilo. Me pareció una versión interesante y sugerente. Aquí queda contado.

viernes, 13 de noviembre de 2009

JERÓNIMO MÜNZER

Estuve hace unos días en Toledo y tengo que reconocer que es toda una experiencia sumergirse uno en aquellas callejuelas, en aquella ciudad que fue la capital del imperio más poderoso del mundo en la época de Carlos I. La ciudad de las tres culturas: la cristiana, la judía y la musulmana, donde, se supone, convivían pacíficamente, como en tantas otras ciudades de España. Lo de pacíficamente, ¡hombre!, sus altercadillos tendrían, pero también los ha habido siempre aun después de haber expulsado a moros y judíos, quedando sola la clase dominante.

Uno va paseando por aquellas calles, dejándose sugestionar por todo ese poso de historia que se respira y trata de hacer el esfuerzo de trasladarse mentalmente a cinco siglos atrás, imaginándose el ambiente en aquel lugar.

Naturalmente, el que España fuera el país más poderoso de la Tierra no significa que eso se reflejara en sus gentes, pues no dejaba de ser un país social y económicamente atrasado, donde la autoridad se apoyaba en el fanatismo religioso para poner trabas a un progreso tenido por peligroso desde el punto de vista político.

Recapacitaba sobre el hecho de la convivencia y, tratando de imaginar allí a esas “otras gentes” (moros y judíos), me los figuraba diferentes a los cristianos, es decir, a los “nuestros”, como si de otra raza se tratase, porque siempre nos lo han hecho ver así, y hacía extensible esta reflexión a nuestro entorno, concretamente, a Tauste y Zaragoza.

Resulta especialmente interesante la crónica de un viajero alemán llamado Jerónimo Münzer. Este hombre estuvo en Zaragoza allá por el año 1493. Los judíos ya habían sido expulsados de España, pero permanecía la población musulmana, la cual, en aquel entonces (la época de los Reyes Católicos), aun conservaba el derecho a ejercer su religión. Pues bien, hay dos cosas destacables de la crónica de aquel ilustre viajero:

1ª.- Manifiesta que le llama especialmente la atención el hecho de que, en Zaragoza, los musulmanes son generalmente personas de tez blanca. Se ve que él esperaría distinguirlos por su aspecto renegrido, ojos oscuros, cabellos negros, etc. (como los magrebíes), viendo, sin embargo, entre ellos, incluso gente rubia y de ojos claros.

2ª.- Se extraña, cuando visita la catedral de la Seo, de que allí hay una capilla dedicada a la Virgen, ante la cual, cuando pasan los moros, se humillan con mucha reverencia. El buen hombre no encuentra explicación posible a este hecho.

Pues bien, la primera extrañeza que apunto tiene su explicación en que la población musulmana de estas tierras no era descendiente de gentes extranjeras venidas de África o de Asia, sino mayormente de la propia población hispánica que, con la entrada de los musulmanes en la Península en 711, se habían convertido a esa religión, sencillamente porque les convenía más social y económicamente. Cuando viene Alfonso I el Batallador, a principios del siglo XII, termina con el gobierno musulmán y establece el poder cristiano, eso sí, permitiendo a los habitantes de estas tierras (musulmanes en su mayoría, pero blancos como nosotros) seguir viviendo en estas tierras y mantener su propio culto. Aun así, en el caso de Tauste, por los motivos que fuera, hubo batalla cruenta y los pocos supervivientes que quedaran serían ejecutados, expulsados o esclavizados, pasando a ser nuestro pueblo colonizado por franceses, en su mayoría. Sí señores, nosotros descendemos de aquellos franceses y no de aquellos que habían sido taustanos (o tahustíes) desde siglos inmemoriales.

En cuanto a la segunda extrañeza, tiene una explicación curiosísima: todos sabemos que, con la llegada de los cristianos, la mezquita-aljama de Saraqusta se aprovecha para el culto cristiano, hasta que se transforma en la catedral que hoy conocemos. En aquella mezquita (como en todas del mundo), había un muro (la qibla) que señalaba la dirección hacia donde dirigir la oración, en el que se encontraba el mihrab o nicho que representa la Puerta del Paraíso. La fundación y fijación de esta qibla y mihrab se atribuye al tabí (hombre santo del Islam) Hanas as-San’ani y está documentado que fue la primera mezquita fundada en todo al-Andalus (antes que la de Córdoba), así como que Zaragoza fue durante años lugar de peregrinación del Islam, pues venían gentes desde lugares lejanos para venerar la tumba del tabí. A lo que iba: el famoso mihrab se destinó a esa capilla dedicada a la Virgen María y, no es que los musulmanes tuvieran intención alguna de adorar a la Virgen, sino que lo que reverenciaban era el mihrab fundado por aquel hombre legendario.

Para terminar, por si alguien se queda con ganas de conocer algo más acerca de lo que fue de aquellas gentes, sugiero echar un vistazo a un artículo (es corto y entretenido) escrito por José Luis Corral y que se titula “El destino de los musulmanes aragoneses”.

sábado, 7 de noviembre de 2009

¿ALMINAR O CAMPANARIO?

Reconozco que cuesta imaginar a nuestra torre de Tauste como elemento integrante de otro conjunto arquitectónico del que hoy conocemos. Desde hace casi ocho siglos, forma un conjunto armonioso con la Iglesia Parroquial de Santa María, pero, sin embargo, deducimos que en su origen (no voy aquí a repetir todo el razonamiento), tuvo que ser el alminar de la mezquita que se construyera en Tauste allá por el siglo XI.



Si alguien quiere hacerse una ligera idea de cómo pudo ser aquel conjunto de alminar y mezquita puede consultar la página 40 del trabajo titulado “Tauste en los siglos XI al XIII” y después ir a las páginas 54 y 55 para ver el desarrollo de transformación de aquélla mezquita en el templo que hoy conocemos.

Sin embargo, el otro día me hicieron un comentario muy bien razonado en el que se seguía defendiendo la tesis oficial, es decir, que la torre nació con la iglesia en el siglo XIII, y no como alminar musulmán en el XI. Se basaba en que, lógicamente, la mezquita debía de tener una altura bastante inferior a la de la iglesia actual, pues los musulmanes no daban tanta importancia a la altura del templo como a su cabida de personas, mientras que los cristianos trataban de conseguir su aire de grandeza y de espiritualidad elevando sus techos hacia el cielo. Argumentando que los paños decorativos de las torres comienzan a partir de cierta altura en la que empiezan a ser visibles por encima de las edificaciones circundantes, se llegaba a la conclusión de que esta torre siempre ha pertenecido a esta iglesia y nunca a otro hipotético edificio anterior, porque sus paños decorativos comienzan a partir de la altura del tejado de la misma.

Lógicamente, si hubo mezquita (y nuestra torre con ella), estos dibujos comenzarían a partir de una altura considerablemente superior a la que pudo tener esa mezquita, pero hay que pensar que esa visibilidad no sólo depende de la altura de las edificaciones vecinas, sino también de la posibilidad de aproximación o alejamiento del espectador. Es decir, si el monumento se ve desde lejos, será visible a partir del nivel inmediato de los tejados, pero no se distinguirán las decoraciones. Sin embargo, si queremos percibir esos dibujos, tendremos que introducirnos en el casco urbano y ya nos empezarán a estorbar los edificios para visualizar la torre, pues nos impedirán ver buena parte de la misma, ocultándola incluso totalmente desde muchos puntos, todo ello hasta que conseguimos acercarnos hasta su propia base, pero desde aquí la visual es ya demasiado vertical y tampoco se pueden apreciar bien los dibujos. Por ello, cabe pensar que las decoraciones comenzaban desde una altura prudente para poder ser vistas, siempre por encima de los tejados vecinos.

Bueno, no está mal: como el tejado de la iglesia acaba justo donde empieza el primer paño decorativo de la torre, se me quieren agarrar ahí para demostrar que la construcción de la torre estuvo supeditada a la de la iglesia. Pero, aparte de la grieta que demuestra que la torre es anterior, conviene decir que aquellos constructores moros no serían nada tontos y tendrían buen criterio compositivo (de sobras lo demostraron), además de ser unos buenos admiradores de las obras que sus antepasados habían dejado. Así pues, resulta lógico pensar que tomaran la determinación de no “ofender” innecesariamente a su alminar, dejando la altura de la iglesia (cuya construcción les había sido encargada por los mandatarios cristianos) por debajo del nivel del primer paño decorativo, ya que con esa altura cumplían sobradamente el requisito de templo cristiano. Es decir, supeditaron la altura de la iglesia a las características de la torre y no al revés.

Para apoyar este hecho y demostrar que, lejos de ser un razonamiento forzado para mantener la teoría de “alminar musulmán” en contra de la de “torre mudéjar”, pongo el ejemplo de la Giralda de Sevilla, es decir, el alminar más importante de España.

En la fotografía podemos apreciar, al lado derecho de la Giralda, el cerramiento del Patio de los Naranjos, reconocido como el sahn de la mezquita. A la izquierda, la catedral, ocupando el solar que antes ocupara el gran oratorio islámico. Éste, lógicamente, hubo de tener la misma altura que el sahn. Ejemplo claro de ello es la mezquita de Córdoba. Como es sabido, los cristianos demolieron la mezquita de Sevilla, construyeron su catedral de mayor altura y reutilizaron el gran alminar como campanario (con la salvedad de la parte de arriba, que ya sabéis que es renacentista), dejando el sahn como lo que hoy conocemos por "Patio de los Naranjos". De igual forma que ocurre en Tauste, podemos observar que los paños decorativos de la Giralda (es decir, los dos paños verticales laterales), comienzan a partir de una altura bastante superior a la del sahn, pero los sevillanos, aun en su afán de construir la catedral gótica más grandiosa del mundo (financiada con el oro que venía de la recién descubierta América, y aprovechando que Sevilla era el centro desde donde se administraba todo ese comercio), no se “atrevieron” a ocultar con su faraónica obra ni un solo ladrillo de esas ricas decoraciones. Ahí podéis ver cómo los arbotantes de las naves (esos arcos que se ven a la izquierda de la Giralda, con el cielo de fondo, aunque la fuente de la plaza estorba un poco) terminan por debajo de ese nivel en cuestión.

Por otra parte, tanto en el caso de Tauste como en el Sevilla, ¿no os parece que ambas torres son mucho más armoniosas tal y como son que si hubieran querido bajar los paños decorativos más abajo, recargando innecesariamente el aspecto exterior?. Observad que ambos casos coinciden en que sus decoraciones comienzan a partir de la mitad aproximada de su altura, lo cual parece ser otro criterio compositivo de aquellas gentes.

Pues bien: imaginaros ahora que les vamos a los sevillanos con la sonaja de que a lo mejor su Giralda no es un alminar islámico sino una torre mudéjar, porque sus decoraciones comienzan a partir de la estructura de la catedral.

Menúo dihguzto, quiyyo.

Para terminar, por si a alguien se le ocurre tacharme de presuntuoso por pretender hacer un símil entre nuestra “humilde torre mudéjar de pueblo aragonés” y el gran alminar almohade mundialmente conocido como la Giralda de Sevilla, el próximo día os contaré otra cosa al respecto.

domingo, 18 de octubre de 2009

¿ELUCUBRACIÓN HISTÓRICA O EVIDENCIA CONSTRUCTIVA?

OTRA VEZ LA TORRE DE LONGARES

Quiero aclarar que creé este blog con la intención principal de que me sirviera de herramienta para contribuir a la defensa y reivindicación del patrimonio histórico-artístico de Tauste y, muy principalmente, en lo referente a la (me atreveré a decirlo ya así) mal llamada “torre mudéjar”, mereciendo una consideración y una valoración muy superior a la que oficialmente se le reconoce. Intereses “personales”, apalancamiento mental, complejo colectivo de inferioridad o yo que sé qué más motivos, impiden que monumentos tan valiosos como éste que tenemos en Tauste ostenten el lugar que merecen en los libros de historia del arte, guías culturales y proyectos de desarrollo turístico, mientras en otros lugares parecen tener lo mejor de lo mejor y aquí nos sigue pareciendo que todo lo nuestro es de lo más vulgar.

Consciente de las grandes dificultades que tendrá que superar esta reivindicación, debido al fuerte inmovilismo de los personajes que se erigen como autoridades en la materia (no olvidemos que tenemos al enemigo principal en casa, llámese Universidad de Zaragoza, entre otros), me planteo que tal objetivo no será posible si nos limitamos a nuestro patrimonio local, ya que la existencia de éste no se comprende sin su pertenencia a un conjunto territorial, que es lo que hemos dado en denominar como “arte zagrí”. Expongo esto como respuesta a las observaciones de algunos amigos, que me han preguntado sobre la razón de mis insistencias acerca de otras construcciones ajenas a nuestro pueblo, como por ejemplo, la torre de Longares o, últimamente, la de San Pablo de Zaragoza.

Dicho todo esto, esta vez quiero hablaros un poco más sobre la torre de Longares, porque, gracias a José Miguel Pinilla, he tenido ocasión de leer un documento escrito por alguien, licenciado en Historia del Arte, cuyo contenido no tiene desperdicio. No diré el nombre del autor en este lugar público porque no veo necesidad de poner en evidencia a alguien que, en principio, ni siquiera conozco, y que además, posiblemente, se trate de una persona brillante en su labor de investigador, a juzgar por el resto de los contenidos, tanto de ese documento en cuestión como de otros que he podido conocer del mismo autor. Por otra parte, lo que sigue a continuación, no es nada personal contra nadie en particular, sino contra unas formas establecidas.

Recordarán los seguidores de este blog que en aquel artículo sobre la torre de Longares ponía de manifiesto su más que probable origen zagrí, mediante argumentos de tipo constructivo. Nos estamos encontrando con la circunstancia de que las personas “autorizadas” para interpretar nuestra historia y nuestro patrimonio desprecian descaradamente cualquier tipo de argumento por evidente que sea, sólo porque –dicen- los técnicos, al no tener una formación específica en el terreno de las letras, no sabemos desentrañar los documentos antiguos, tarea que sólo ellos pueden llevar a cabo. Es decir, anulan de forma automática cualquier versión que no esté de acuerdo con su ortodoxia, por muy bien basada que esté en hechos constructivos y niegan –porque escapa a su capacidad- la posibilidad de leer el lenguaje de “los ladrillos”, que muchas veces es más inequívoco que el de los textos.

Tanto es así que, por defender lo indefendible, son capaces de aportar argumentos delirantes sin ningún pudor, pero, como están amparados por el “poder establecido”, todo vale. Os transcribo literalmente lo que este señor dice de la torre de Longares y juzgad por vosotros mismos:

El alminar de la mezquita aljama de Zaragoza tuvo una réplica en la torre mudéjar de la iglesia de Nuestra Señora de los Angeles de Longares, donde se imitaron sus dos elementos más característicos: una ventana geminada en cada una de las caras y un gran marco alrededor”.

Vaya, me digo mientras leo esto. Parece ser que esto viene a dar cuerpo a nuestra teoría del origen zagrí de esta torre, pues si de una réplica se trataba es porque prácticamente eran contemporáneas, ya que en cada época se construye con arreglo a unas modas concretas y nunca utilizando unas formas consideradas como anticuadas y arcaicas. Pero luego sigue:

Esta imitación debe ser tan fiel al original que los artistas que la llevaron a cabo hicieron algo incomprensible como es el olvidar completamente que la función de esta torre era para servir de campanario y construirla sin ningún vano en que alojar las campanas; razón por la cual algún tiempo después de construida fue preciso abrir en el muro antiestéticos arcos apuntados donde disponer las campanas”.

O sea, que los alarifes que la construyeron eran imbéciles. Me los imagino:

- Mira, Yaqub, que lo que nos han encargado es un campanario y no un alminar. Que estos cristianos son capaces de quemarnos vivos.
- No tengas miedo, Yusuf, que no se darán cuenta.
- ¿Cómo que no se van a dar cuenta?. Y cuando tengan que subir las campanas, ¿qué?. A ver si nos vamos a quedar sin cobrar los salarios que pone en el contrato.
- No te preocupes. Por lo menos, nos reiremos un rato.

(Recordemos que en aquella época, igual que en la actualidad, a los albañiles se les pagaba por hacer lo que se les mandaba, no lo que les viniera en gana, máxime si se trataba de moros, en una tierra dominada por el poder cristiano).

Luego continua:

Este hecho, que puede calificarse de verdaderamente sorprendente, sólo puede entenderse ante la fascinación que sentían los cristianos por la arquitectura islámica”.

O sea, que cuando llegó el obispo con el cura párroco y el resto de la comitiva a inaugurar el nuevo campanario, se quedaron tan obnubilados ante la singular belleza de la torre que les acababan de construir aquellos moros que las lágrimas de emoción les impidieron darse cuenta de que no tenían donde poner sus campanas.

A lo mejor fue el tontico del pueblo el que, inoportunamente, rompió el encanto del momento:

- Y ahora, ¿dónde pondremos las campanas, padre Julián?.
- Cállate, anda. ¡Llevaros a Segismundico de aquí, que nos va a aguar la fiesta!.
- ¡Aybá!, es verdad, ¿dónde ponemos las campanas, señor obispo?.
- ¡Vaya fallo!. Pues no nos habíamos dado cuenta ninguno.
- No pasa nada. Sigamos con la celebración, que ya se nos ocurrirá algo
.

Al día siguiente, se rompe la torre a golpe de pico para abrir unos horrorosos huecos, se colocan las dichosas campanas, aquí paz y allí gloria. La torre ha quedado horrorosa, después de lo bonita que la habían dejado el Yusuf el Yaqub, pero nos hemos reído todos mucho.

Algo parecido debió ocurrir también en Tauste, porque también rompieron lo suyo para poner las campanas.

Sin embargo, se intuye que al autor de tan descalabrado razonamiento no se le escapa la sospecha de que, si tanto se parecía al alminar de la mezquita aljama de Zaragoza y que para nada, en su origen, era un campanario, es porque realmente ¡no construyeron un campanario, sino un alminar!. Sí, esas torres que suelen levantar los musulmanes junto a las mezquitas para que el muecín llame a oración de viva voz. Lo cual hubiera conducido a la conclusión de que esa torre era del siglo XI y no del XIV. Nuestro historiador caía en el grave peligro de ser excomulgado y denostado, así que compuso esa brillante interpretación que, claro, como venía de donde venía, siempre al servicio del sector ortodoxo de la Universidad de Zaragoza, nadie se atrevió a cuestionar.

Como quiera que también sospechaba que algún incauto pudiera llegar a esa hereje conclusión, quiso prevenirlo añadiendo:

Esta circunstancia tan anormal ha hecho pensar a algunos autores en la posibilidad de que esta torre hubiera sido un antiguo alminar, pero esto no es así en absoluto puesto que los vanos ciegos de cada cara son apuntados –y por tanto de época cristiana- y no de herradura y además el marco no contiene elementos vegetales como su original sino decoraciones geométricas que empezaron a generalizarse en el siglo XII con la construcción del a mezquita de Tinmal y el de la Kutubiyya de Marrakech. Además la estructura interna del campanario de Longares es la propia de una torre cristiana”.

Aquí ya se acaba de caer con todo el equipo, pues todos sabemos que el arco apuntado es algo que viene de la arquitectura oriental, desde el siglo IX, así como las decoraciones geométricas. Respecto a la estructura interna de tipo “cristiano” (es decir, torres huecas), no cabe mayor contradicción, pues ellos mismos datan otras torres de esta tipología como islámicas del siglo IX, como es el caso del conjunto fortificado de Calatayud.

Cuántos malabarismos por no reconocer lo que es tan evidente. Luego querrán quedar ellos como sabios incontestables y dejarnos a nosotros como locos soñadores de fantasías.

jueves, 17 de septiembre de 2009

MÁS SOBRE LA TORRE DE SAN PABLO


El maestro Zagrí me encarga en su último comentario sobre San Pablo de Zaragoza que publique la planta y alzado de este conjunto arquitectónico, todo ello como intento de aclaración en esta batalla de opiniones en la que nos hemos enzarzado sobre esta torre.


¿Cómo no lo voy a hacer, si además ha tenido el detalle de facilitarme él mismo estos dibujos?.


Bueno, pues aquí van, aunque la resolución que me ha quedado finalmente deja bastante que desear, pero espero que a ambos nos sirva para ir aclarándonos un poco, así como a los que tengan la santa paciencia de seguir esta disputa.


En primer lugar, decir que me ha parecido muy interesante y enriquecedora la explicación que Javier Peña (quien se firma como "Zagrí") nos ha ofrecido en su último comentario sobre los avatares de la ciudad de Zaragoza, así como del medio rural, en los años siguientes a la conquista cristiana, y su diferenciación respecto a lo que ocurrió en Castilla.


Sin embargo, volviendo a las características constructivas de la torre y de la iglesia de San Pablo, tengo que decir que, a pesar de la deficiencia del dibujo que aparece arriba, si lo imprimimos y lo ampliamos hasta un tamaño suficiente, podemos observar que esa fina franja de color naranja que parece indicar que el muro hastial de la iglesia pasa por delante de la torre es engañosa. En efecto, realmente el octógono de la torre abarca todo el espesor de ese muro.

A la misma conclusión llegamos si observamos detenidamente el alzado que Javier me ha proporcionado. En el primer dibujo, he marcado una franja verde en el lugar donde se aprecia (esta vez, exteriormente) que el muro hastial no pasa por delante de la torre, como es el caso de Tauste, sino que "acomete" hacia la misma.

Sería interesante poder comprobar "in situ" si verdaderamente ese muro pertenece a la misma fábrica de la torre. Si es así, será señal de que la torre fue hecha después de la iglesia, y, si no lo es, se manifestarán mediante grietas las faltas de trabazón entre una y otra obra, dando fundamento a la teoría de Javier Peña de que se trata realmente de estructuras independientes.

Otro detalle más: siempre hemos tenido el concepto de que a estos alminares se accedía por una entrada en alto. Sin embargo, en el caso de San Pablo, observamos que la escalera arranca desde la planta baja.

Así es que, ¡hala!, ya tienes más Javier. Sería interesante que alguien de letras de por ahí (que sabemos que nos leen) saliera al ruedo y nos aportara alguna nota de frescura en todo esto.







domingo, 13 de septiembre de 2009

ORIENTACION DE LAS MEZQUITAS


Siempre se nos ha dicho que, desde los orígenes del Islam, las mezquitas se orientan hacia La Meca. De hecho, el Corán (2,145) dice: “De donde quiera que salgas, vuelve tu rostro en dirección de la Mezquita Sagrada. Donde quiera que estéis, volved vuestros rostros en su dirección”. Sin embargo, analizando las orientaciones de diversas mezquitas, José Miguel Pinilla y yo descubrimos variaciones considerables que nos dejaron bastante perplejos, pues, si algo no cabe al respecto, es una explicación tan simple como que esa gente no sepan orientarse con suficiente precisión, dados los altos conocimientos de astronomía que siempre han dominado.

En el ánimo de esclarecer tal circunstancia, me ha servido de gran ayuda la aportación de mi amigo gaditano Mario García Laguna, arquitecto técnico y licenciado en Geografía e Historia, quien tuvo a bien hacerme llegar un documento de la profesora Mónica Rius sobre la Orientación de las Mezquitas de Toledo, el cual, aunque se limita a esa ciudad, establece unos criterios suficientemente válidos para encontrar explicación a las incógnitas planteadas.

Al parecer, esa idea de rezar mirando exactamente hacia La Meca no es del todo precisa. En el caso de al-Andalus, podía considerarse correcto rezar hacia cualquier punto del cuadrante SE, no en base a una supuesta incapacidad para encontrar la orientación exacta sino más bien atendiendo a otros criterios.

Antes de continuar, debo apuntar que la dirección a La Meca supone un ángulo de 19º al Sur de la dirección Este en la zona donde vivimos (Tauste o Zaragoza). Este ángulo pasa a ser de 14º si nos situamos en Toledo, 11º en Córdoba, 10º en Sevilla o poco más de 1º si estuviéramos en Marrakech (Marruecos). Sin embargo, observamos una fuerte tendencia a desviar la dirección de las qiblas hacia el Sur. El origen de esto pudo estar (como apunta la profesora Rius) en el ánimo de diferenciarse de los cristianos, que orientaban sus iglesias hacia el Este. Así pues, esta desviación de la orientación quedaba justificada por este motivo, apoyada además en el criterio de orientar las mezquitas no “hacia” la Ka’ba, sino “como” la Ka’ba”, que es la Mezquita Sagrada de La Meca y que tiene una orientación Sur-Sureste (60º al sur de la dirección Este, determinado por el orto de la estrella Canopo).

Seguramente, cuando en la fundación de una mezquita intervenían los alfaquíes, éstos tratarían de imponer la solución más conservadora, por ser la que más hacía distinguirse de los “infieles” cristianos, dando una orientación de 45º en adelante (siempre medidos a partir de la dirección Este), llegando en algunos casos hasta los 90º, es decir, dirección Sur. De hecho, si se reutilizaba un templo cristiano para mezquita (que lógicamente tendría su ábside orientado hacia el Este), se ponía el mihrab en el muro sur (aunque la orientación Este se aproximara más a la dirección de La Meca), para no rezar en la misma dirección en que lo habían hecho hasta entonces los cristianos.

Sin embargo, cuando se trataba de un oratorio privado para un soberano, era habitual que éste hiciera intervenir a los astrónomos, no dependiendo tanto de los alfaquíes. El resultado era una orientación más “Este”, aunque manteniendo cierto compromiso con la ortodoxia religiosa. Ejemplo de ello es el oratorio de la Aljafería, el cual sigue una orientación aproximada de 35º.

Especialmente curioso es el caso de la Kutubiyya de Marrakech. En las guías turísticas (incluso los guías locales de aquella ciudad, de religión musulmana, por supuesto) se explica que aquel edificio fue erigido, en principio, en 1.147, (con una orientación de 64º) y que, tan sólo quince años más tarde, fue derrumbado para corregir el ángulo y ajustarlo mejor en dirección a La Meca. Lo cierto es que la mezquita de 1.147 ya tenía una orientación de 64º, cuando realmente la dirección exacta hacia La Meca hubiera sido tan sólo 1º 30’, y la derribaron para girarla todavía más hacia el Sur (ahora tiene 69º). Está claro que el criterio que les guió no fue el de dirigir la qibla hacia la Ka’ba, sino orientarla como la Ka’ba, siguiendo el orto de Canopo, que en Marrakech es, efectivamente, 69º.

Volviendo a al-Andalus, podríamos dividir las mezquitas en dos grupos en función de su orientación, aunque no haya una frontera angular claramente marcada. Uno sería el de aquellas mezquitas cuya fundación ha dependido fundamentalmente de los dirigentes religiosos, y el otro el de aquéllas en cuya fundación han intervenido criterios más liberales y científicos, es decir, de tipo astronómico.


La barrera entre unas y otras se podría establecer en un ángulo aproximado de 40º, pudiendo citar como ejemplos del primer grupo las siguientes mezquitas:
- Mezquita-aljama de Zaragoza (actual catedral de la Seo): 52º.
- Alagón: 48º.
- Longares: 58º.
- Mezquita-aljama de Toledo: 90º (totalmente sur).
- Mezquita de Bab al-Mardum (Toledo): 63º.
- Córdoba: 62º.
- Sevilla (actual catedral): 86º (casi sur).
- Mezquita de Hassan (Rabat): 65º.
- Kutubiyya de Marrakech: 69º.

En el segundo grupo podríamos citar, entre otras, las mezquitas de Tauste, Aljafería y las que hubo en los emplazamientos actuales de las iglesias de San Gil y la Magdalena, en Zaragoza, todas ellas con una orientación aproximada de 35º.

La coincidencia de orientación entre la mezquita-aljama que hubo en Tauste y la del Palacio de la Aljafería nos pone una vez más sobre la pista de la fuerte relación política y administrativa que tuvo que haber entre nuestro pueblo y la flamante capital del reino zagrí, pista que viene a abrirnos alguna luz sobre la incógnita del gran tamaño de nuestra torre. “Una mezquita no necesita un alminar tan grande”, decía Mari Sancho Menjón con buen criterio, pero, claro, una iglesia tampoco necesita un campanario tan grande. Está claro que tales proporciones sólo pudieron venir determinadas por necesidades no religiosas, como la utilidad de vigilancia de rutas comerciales y posible observatorio astronómico, ciencia a la que tan aficionadas eran aquellas gentes.

Por cierto, de todas las mezquitas de las cuales he podido encontrar datos de orientación, llama especialmente la atención la de Santo Tomé (Toledo), con 25º, siendo ésta la que más se aproxima a la verdadera dirección. ¿Tendrá algo que ver en ello el hecho de que en el siglo XI hubiera en aquella ciudad uno de los centros astronómicos de mayor prestigio del mundo occidental?.

Otro dato llamativo es el de San Pablo de Zaragoza, que tiene una orientación de tan sólo 9º. Resulta demasiado “cristiana” para haber sido una mezquita. Claro, que la torre es octogonal y se puede pensar que era la cara adyacente la que seguía la orientación de la qibla, lo cual hubiera arrojado un ángulo de 54º, similar al de la mezquita-aljama de la ciudad. Sin embargo, se trata de una hipótesis poco probable, a la vista del trazado urbano actual, que, necesariamente viene heredado del de aquella época o condicionado por el mismo. De hecho, la iglesia de San Pablo está perfectamente alineada con su entorno urbano.

Personalmente, me plantea la duda de la supuesta “hermandad” de esta torre con las de Santa María de Tauste y San Pedro de Alagón (claros alminares, estas últimas). Siempre se ha dado por admitido que las tres torres son contemporáneas y posiblemente hechas por el mismo equipo de alarifes. Las dimensiones de la de Tauste y la de San Pablo son prácticamente las mismas, tanto en planta como en altura, si omitimos la ampliación de esta última en el siglo XVI (cuerpo superior). Sin embargo, contemplando las texturas y labores de ambas, puede apreciarse que la mano ejecutora no es la misma. Desprenden sensaciones muy diferentes. ¿Será la de San Pablo una torre mudéjar del siglo XIII, inspirada en el formidable alminar tahustí del sigo XI?. Lo siento por mi amigo y maestro Javier Peña. Le estoy depreciando su torre más querida. Así no me volverá a tratar de “moro adulador”. Compárenlas.




Torre de Tauste -------- Torre de San Pablo


lunes, 31 de agosto de 2009

ORIGEN DE LAS TORRES OCTOGONALES EN AL-ANDALUS





Hoy quiero llamar especialmente la atención acerca de un delicioso artículo escrito por Javier Peña en su blog sobre el Aragón Andalusí, titulado “La Alcazaba de Calatayud. Cronología” y dedicado a Agustín Sanmiguel, recientemente fallecido, gran investigador sobre estos temas.

Digo “delicioso”, porque nos abre una puerta muy sugerente en el camino de encontrar los verdaderos orígenes de nuestra arquitectura zagrí, ésa que algunos historiadores siempre se han empeñado en negar, dentro de todo el patrimonio mudéjar, negando lo innegable y alterando el orden lógico de las cosas.

Se trata de un hallazgo de ésos que al principio puede parecer insignificante, pero que indica un rastro que, bien seguido, indudablemente conducirá a conclusiones ricas y esclarecedoras.

Esta vez se trata de Calatayud. Por cierto, ¿sabíais que fue esa ciudad la primera que fundaron los musulmanes en la Península Ibérica y que la mezquita de Zaragoza también fue la primera?. Mira por donde, las dos en Aragón (Zagr-al-Andalus), y nosotros siempre pensando que eso de lo moro era algo que nos vino después de haberse desarrollado en Andalucía.

Pues resulta que nuestro amigo arquitecto Javier, trabajando en un proyecto de restauración de la alcazaba de Calatayud, ha descubierto (algún historiador ya había detectado algo, pero, por no saber darle explicación arquitectónica, lo había dejado de lado) los restos de una torre más antigua que el resto, dentro del conjunto fortificado.

Siempre se había dicho que todo ese conjunto databa del siglo IX. Ahora, Javier Peña demuestra que verdaderamente de esa época sólo es esa “torre camuflada”, apoyado en otras evidencias del casco urbano de Calatayud (relación con el castillo de Doña Martina) y razonando que no tenía sentido hacer semejante fortificación en una ciudad no fronteriza. Lógicamente, es después, en el siglo XI, cuando Zagr-al-Andalus, con Mundir I al frente y capital en Saraqusta, proclama su independencia (año 1.018) respecto al poder de Córdoba, y Calatayud, ciudad arropada hasta entonces por kilómetros y kilómetros a la redonda de dominio musulmán, queda en la frontera con el reino de Toledo (también musulmán, por supuesto, pero ya es otro estado).

De esta forma tan lógica, Javier nos explica que es en esta época cuando se construye el conjunto fortificado de Calatayud. Esta vez, no podrán acusarle los historiadores de adelantar la cronología, porque la retrasa nada menos que siglo y medio. Resulta ser aquí donde por primera vez se construyen unas torres octogonales, aunque no en ladrillo, sino en tapial de yeso. Con mucha probabilidad, Javier Peña ha encontrado en Calatayud el verdadero origen del alminar octogonal, mientras todos nos habíamos creído que esa tipología de torre venía del gótico levantino. Probablemente, ahora habrá que llegar a la conclusión de que no, que, en todo caso, será el gótico levantino el que provenga de lo nuestro.

La coincidencia en el tiempo y en un mismo reino de estas nuevas formas (las octogonales de Calatayud) con la tecnología irania venida desde Persia (estructuras de ladrillo y yeso), da como resultado esta tipología tan soberbia de alminares octogonales, de la cual tenemos en Tauste uno de los exponentes más destacados.

Nos queda mucho por investigar, acerca de cómo y por qué pudo llegar a construirse aquí semejante obra, en un pueblo situado en la margen izquierda del Ebro, junto al río Arba, apartado de todo el esplendor moruno de los valles de los ríos Queiles, Huecha, Jalón, Jiloca y Huerva (ciudades como Tarazona, Borja o Calatayud). Sólo cabe encontrar la explicación a través de Zaragoza y las rutas comerciales que se establecieran con los reinos del norte. ¿Qué relación administrativa tan fuerte hubo de tener nuestro pueblo con la capital del gran reino zagrí?.

También Javier Peña ha venido a desmantelar con su brillante sagacidad la teoría de distinción entre torres de estructura islámica (torre y contra-torre, con la escalera circulando entre ambas) y torres de estructura cristiana (huecas, divididas, en todo caso, por estancias superpuestas). Resulta que estas torres octogonales de Calatayud son huecas y están cubiertas con bóveda de cañón, lo que demuestra que este sistema ya era utilizado en la arquitectura andalusí (concretamente “zagrí”, en este caso), en el siglo XI. Este hallazgo resulta ser igualmente de suma importancia, pues abre la posibilidad de incluir en la arquitectura zagrí torres de estructura hueca (por ejemplo, la de Longares) cuando antes estaba totalmente vedado por ese argumento que ahora resulta ser inconsistente.

Pero no os voy a cansar más. Os recomiendo una visita por el blog de Aragón Andalusí y veréis su explicación de primera mano, relacionando además, con sumo conocimiento, datos históricos de Oriente con los de nuestra tierra. De paso, leéis un artículo sobre “La etimología de Azagra”, que es cortico y no tiene desperdicio.

martes, 18 de agosto de 2009

REACCIONES ENCONTRADAS



Quede claro que lo que menos pretendía yo con mi último artículo sobre el estado de la torre de Tauste y la peña desprendida era provocar un debate político. Nada más lejos del objetivo de este blog.

He de decir que todo ha sido una provocación de Julio (ejeano y buen amigo, con el que tengo en mi haber muchas horas de discusión) y, claro, ha habido personas que han entrado al trapo, lo cual, por otra parte, me parece muy bien. Para eso tengo configurado el blog de manera que cualquiera pueda entrar, sin restricciones, incluso anónimamente, y escribir lo que le venga en gana. Libertad de expresión ante todo. Sin embargo, me gustaría puntualizar que los comentarios anónimos, por muy bien fundamentados que estén, gozarían de mayor consideración si llevaran nombre y apellidos. Ahí, a pecho descubierto.

Quisiera dar por zanjado este debate político que nunca quise empezar (tampoco me arrepiento de nada, que quede claro), con mi humilde aportación al respecto.

Cierto es que Ejea viene disfrutando desde hace años de una cantera de políticos bien situados a nivel autonómico que han sabido barrer para casa, lo cual es condenable cuando parte de lo que se llevan no les corresponde y es a costa de privar a otros de lo que les hubiera pertenecido. En cuanto a las posturas victimistas de los políticos taustanos, no soy conocedor de tal circunstancia. En todo caso, si las ha habido, habrán sido consecuencia de esa sensación de rabia e impotencia que produce el hecho de que cuando pides algo que te pertenece y se te niega, para dárselo a otro que posee una situación de mayor influencia, sólo te queda el derecho al pataleo, y eso fastidia mucho.

Encuentro fundamento en eso que dicen de que “hay que saber pedir con gracia” y sin miedo a que te lo concedan, aunque ello suponga tener que ponerse a trabajar para llevar a cabo los proyectos. Si están, es para eso, para trabajar por su pueblo, que bastante mérito tienen por estar ahí, donde hagas lo que hagas, siempre serás criticado, donde casi nadie queremos estar, en un sistema de partidos políticos gobernados por camarillas de poder, donde el que es eficiente no puede medrar porque se encuentra con el que está por encima, que tiene mejores influencias y le dice “dónde vas, chaval, que estaba yo antes”. Sería fácil establecer un sistema de elecciones de listas abiertas, donde al pueblo se le diera la oportunidad de elegir a las personas por las que verdaderamente quisiera verse representado (por lo menos, en las municipales, y de ahí que emanaran todas las demás), pero eso supondría un acto de generosidad por parte de los que ostentan esos poderes fácticos que no están dispuestos a permitir, sencillamente porque se les acabaría el chollo. Es curioso: tras la muerte de Franco, España era un hervidero social y los herederos del franquismo, poseedores del poder absoluto, tuvieron el “acto de generosidad” de votar “sí” a la Ley de Reforma Política, a sabiendas de que al día siguiente se iban todos a casita, dejando el poder en manos de unos partidos políticos que se erigían en representantes del pueblo, con un montón de dificultades por delante que supuso crear un sistema democrático defectuoso, pero que, al fin y al cabo, era un gran paso adelante. Ahora, treinta años más tarde, seguimos anclados en esta fraudulenta democracia, donde el poder es manipulado por unos pocos de los que cabría esperar un comportamiento más democrático que de aquéllos de hace treinta y pico años, pero todo lo contrario, pues se aferran a ese poder como a un clavo ardiendo, en lugar de facilitar que sea verdaderamente el pueblo, mediante un sistema electoral digno, quien ponga a cada uno en su sitio; donde unos tienen más derechos o menos en función de la tierra donde viven y donde, curiosamente, los más desfavorecidos seguimos siendo los más incondicionales al sistema, mientras los otros ejercen su más insaciable egoísmo. Pero, al contrario de lo que ocurrió en aquellos finales de los 70, ahora nadie dice nada al respecto, nadie cuestiona el sistema, porque si alguien se mueve, ya no sale en la foto. Y digo yo: “¿no es más fácil reivindicar ahora que en aquellos tiempos, sin miedo a que te fusilen?”. Pues, no. Estamos apalancados en una inconmovible y aletargada resignación.

País… (que decía Forges).

Pues eso ocurre a nivel nacional, autonómico y ¿comarcal?. Personalmente, no sé qué pinta Tauste en la Comarca de Cinco Villas, con Ejea como un mal hermano mayor. Mejor nos hubiéramos quedado en la Ribera Alta, que son los pueblos con los que realmente siempre hemos tenido una buena e intensa relación. Por eso, hay que reconocer su valor a nuestros políticos locales, porque, la verdad, hay que tenerlo para estar ahí. Curiosamente, si con alguien he pretendido ser duro en mi artículo, más que con ellos, es con el pueblo en general (donde me incluyo yo el primero), pero nadie se ha quejado. Léase el último párrafo donde denuncio la apatía general del pueblo, como causa de la dejadez en que nos encontramos. Criticamos muy a nuestras anchas en nuestras tertulias privadas las cosas que no funcionan en Tauste, pero no tenemos la entereza de manifestarnos donde legítimamente esta pseudo-democracia nos facilita el foro adecuado, que son los Plenos Municipales. “Sí, aura voy a ir yo allí, a haceme a malquerer; paiso están ellos, y si no, que no estén”. Mientras tanto, a los plenos, tan sólo van Noeli Barceló y el siño Angel el Chugo. Lo sé porque me lo han contado, porque yo tampoco voy (ved que me pongo el primero).

¿No podríamos ir a los plenos, participar de las cosas públicas que directamente nos afectan, sin acritud, exponer las cuestiones correctamente, hacer que nuestros ediles se sientan arropados, que no tengan esa sensación de no saber para quién trabajan, que se sientan motivados (y controlados, por supuesto, que tampoco es malo), que vean al pueblo, que sepan sus necesidades, etc.?.

Allí es donde de verdad deberíamos expresarnos, insisto, tranquila y correctamente, que la exigencia no debe estar reñida con la armonía.

Pero no. Y ya que nadie se ha picado por la acusación de apatía que hice, dejadme que vaya un punto más allá en la provocación: ¿qué calificativo merece un pueblo que no es capaz de defender, ya no sólo lo suyo, sino también el legado que va a dejar a sus hijos?. Porque a todos nos gustaría dejar a nuestros hijos el mejor pueblo donde desarrollar su vida. ¿O no?.

lunes, 10 de agosto de 2009

Y AHORA, ¿QUÉ PASA CON LA TORRE?





Parece ser que, tras las últimas declaraciones provenientes del Ayuntamiento acerca del estado de la peña próxima a la base de la torre de Santa María y el artículo aparecido en el Heraldo de Aragón del domingo 9 de agosto, planea de nuevo la sombra del abandono.

No tengo la menor duda de que los argumentos esgrimidos están basados en un reciente informe geotécnico. Al parecer, los geólogos han vuelto a informar que nuestra torre no corre peligro. Así será, que para eso son especialistas en terrenos, pero tampoco tengo ninguna duda de que esas informaciones se están utilizando de manera inapropiada, tratando de justificar una posible vuelta a la pasividad ante este importante problema.

Una cosa es que los expertos aseguren que, del estudio del estado actual, se deduzca que la peña es estable, que sus fracturas no alcanzan todavía la zona de seguridad de la base de la torre y que, por tanto, ésta no corre ningún peligro, y otra bien diferente es interpretar que aquí sigue sin pasar nada. De todos es sabido que nuestro terreno se compone de yesos y arcillas, materiales altamente alterables por el agua y la intemperie. Por tanto, no cabe concebirse que ese talud pueda permanecer en ese estado de forma indefinida, ya que el deterioro paulatino del frente abierto será algo inexorable.

De todas formas, además de lo evidente de esta afirmación, tampoco es de recibo tener esa afrenta en el centro de nuestro pueblo, aunque sólo sea por dignidad.

De ninguna manera cabe admitir que lo único urgente que necesita la peña es un saneamiento en su frente y una consolidación en la cueva, concluyendo que no precisa un muro de contención (tan sólo admite, en el citado artículo, una edificación para un uso sin determinar, pero no como algo necesario), ya que tal afirmación viene a dar a entender por “sanemiento” el concepto de limpieza y poco más, con lo que el deterioro progresivo sería imparable, con el grave riesgo que poco a poco iría implicando para la estabilidad de la torre. “Saneamiento”, en este caso, ha de entenderse (ateniéndonos al Diccionario de la R.A.E.) por “reparar, remediar, afianzar, dar condiciones de salubridad, preservar de la humedad”. Esto sólo se consigue mediante la construcción de un muro de contención que proteja al frente de la peña de la intemperie, previa consolidación de la cueva. Otra cosa es que ese muro de contención necesite unas dimensiones y una cimentación desorbitadas para garantizar las mínimas condiciones de estabilidad -dado el gran desnivel que tiene que salvar- y que sea una solución más inteligente amparar dicho muro mediante una construcción (aunque sólo sea en estructura), ya que en ese caso el dimensionamiento del muro sería algo mucho más sencillo y, por tanto, mucho más económico. Ello supondría invertir en una estructura de coste superior al planteamiento de “sólo muro de contención”, pero, al menos, ahí quedaría un volumen de edificación aprovechable con vistas a futuro, mientras que lo gastado en un muro de esas magnitudes no tendría más aprovechamiento que el de contener y proteger la peña.

Ya sé que por parte del Ayuntamiento de ninguna manera se ha dicho que sólo se vaya a hacer una limpieza del frente de la peña y a rellenar la cueva, pero después de atravesar por un periodo tan largo de pasividad en este asunto, al recibir estas noticias, se le ponen a uno los pelos de punta. No olvidemos que bastante tiempo después del derrumbamiento (no recuerdo exactamente cuánto), dos profesores de la UNESCO visitaron nuestro pueblo para comprobar el estado de ese lugar y dieron una charla en la Casa de Cultura. Expusieron su punto de vista con total corrección, totalmente respetuosos y sin inmiscuirse en asuntos técnicos que pudieran quedar fuera de su especialidad. Tan sólo, en este sentido, dijeron que no era concebible que aquello estuviera así después del tiempo transcurrido, sin que el Ayuntamiento hubiera emprendido ya las acciones necesarias para proteger la torre, explicando la alta responsabilidad que resulta de la declaración de “Patrimonio de la Humanidad”. Desde el público, alguien, en representación del Ayuntamiento, les tachó de “imprudentes” (o algo similar, y algo más), por poner en entredicho la irreprochable actitud de la corporación municipal, ya que el equipo de geólogos había informado que no había ningún peligro. Ninguno de los allí presentes tuvimos el valor ni la decencia de salvar la cara de aquellas personas que se habían dignado a visitar Tauste para examinar un problema nuestro.

Continuó la dejadez durante bastante tiempo más, hasta que, por una de las casualidades de la vida, tuve acceso, hace ya dos años, al contenido de ese informe geotécnico que siempre se había interpretado como que allí no pasaba nada ni pasaría jamás. Las conclusiones del informe no iban precisamente por esos derroteros. Pero, además, pude detectar errores significativos en aspectos meramente constructivos, como es en lo referente a la carga transmitida por la torre al terreno (materias cuya competencia pertenece más bien a la arquitectura técnica que a la geología), así como contradicciones respecto a la existencia o no de corrientes de agua subterránea, según se analizaba el documento en unas páginas o en otras, lo cual añadía una mayor preocupación, si cabe, al asunto, por tratarse de un terreno cuya naturaleza es tan altamente sensible a estas circunstancias.

El nuevo análisis de ese informe geotécnico evidenciaba la necesidad urgente de retomar el asunto (nunca, intuitivamente, había dejado de serlo) y lo puse en conocimiento del Ayuntamiento a través de un detallado informe. La respuesta no defraudó y se comenzó por acometer la relación justificada de acciones necesarias por la primera de ellas, que era el derribo de la casa afectada de la C/ Rey de Artieda, ya que era la única manera de conseguir un frente de acción para llevar a cabo los trabajos necesarios.

Ahora salen estas últimas informaciones. Después de todo lo que llevamos y visto lo que puede deducirse de las mismas, compréndase el fundado temor de que todo esto no sea sino otro pretexto más para que el asunto vuelva a estancarse, mientras el deterioro infalible siga su curso.
No pretendo hacer una crítica sobre la dejación o no dejación por parte de las autoridades en asuntos como éste, toda vez que, como representantes del pueblo que son, no pueden por menos que reflejar la apatía reinante en el mismo.

Esperemos que no sea así. Nos jugamos mucho y no podemos permitírnoslo.

sábado, 8 de agosto de 2009

VISITA A TAHUST EN EL SIGLO XI


Me está ocurriendo últimamente que cuando me encuentro con buenos amigos, seguidores habituales de este blog, me reclaman que “a ver cuándo vas a poner más cosas, que llevo días entrando en tu blog y siempre aparece lo mismo”. A lo cual yo contesto que “tranquilidad, que uno escribe cuando puede (las aficiones hay que compatibilizarlas con el trabajo), además de que éste es un tema que no da para un artículo semanal, ni mucho menos”. Bastante tengo si consigo componer uno al mes, más o menos.

De todas formas, ya veis, aunque espaciados en el tiempo, son bastante larguicos. Recomiendo tomarlos con tranquilidad y no pretender absorberlos en cinco minutos. No os peguéis la paliza, tratad de asimilarlos con calma y disfrutad de ellos, si verdaderamente os motiva el tema, que merece la pena. Sobre todo, el PDF que contiene el trabajo completo, con los textos e imágenes de “Tauste en los siglos XI al XIII”, colgado el 30 de mayo de 2009 (donde pone “pinchar aquí”). Os aseguro que en él encontraréis datos sorprendentes. Podéis hacer uso de las herramientas que aparecen en el lado izquierdo (marcadores e índices de contenidos) para que se os pueda hacer más asequible y selectivo.

Como ejemplo de ello, esta vez os sugiero que leáis el contenido que abarca desde la página 16 hasta la 22, donde describo cómo pudo ser el Tauste del siglo XI (en torno a los años 1050). Recrearos en observar el plano de la página 19 y tratad de transportaros a aquella época.
Imaginad Tahust viniendo desde San José. En frente, el pueblo, presidido por su gran alminar. Todo un erial se extiende desde nuestros pies hasta llegar a lo que ahora es la calle Alfonso I el Batallador, desde la plaza Felipe V hasta Cuesta de Lanzán, pasando por plaza de la Reconquista. A esa altura comenzamos a ver las primeras construcciones, pequeñas, modestas y diseminadas, envueltas por una débil muralla de tapial que sigue la línea aproximada del tramo de Alfonso I antes descrito. Al fondo, envuelta por la blanca muralla de piedra de yeso, se divisa la medina, con su casco urbano abigarrado. De la muralla de tapial descrita hacia nosotros, como decimos, todo erial, ninguna construcción. Lo primero que divisamos a medida que nos acercamos es el cementerio. Una amplia explanada, prácticamente pegada a esa muralla, llena de losas y piedras colocadas de punta, cada una de ellas señalando un enterramiento, tumbas sencillas, perfectamente ordenadas, con los cuerpos orientados de forma que los pies apuntan hacia el nordeste y las cabezas hacia el suroeste. Los han colocado de esta forma, dentro de su fosa, envueltos en un sudario y apoyados sobre el costado derecho (postura natural de descanso). Así, la cara del difunto mira hacia el sureste, es decir, hacia la Meca.

Dejaremos el cementerio a nuestra derecha y entraremos en los arrabales de la ciudad por alguna puerta, a la altura de la actual plaza de Felipe V. Seguiremos por C/ Santa Ana, C/ Fray Angel Martínez y C/ Zaragoza, hasta llegar a la esquina Berroy, donde nos encontraremos con la Puerta de Saraqusta. Si decidimos no atravesarla y giramos nuestro camino hacia la izquierda, bajaremos, bordeando la muralla –que quedará siempre a nuestra derecha- al barrio mozárabe, donde viven los cristianos en torno a su ermita de San Miguel. Si la franqueamos, atravesamos la muralla de piedra blanca y nos adentramos en la medina, centro de la vida social y comercial del pueblo, donde se encuentra la gran mezquita con su imponente alminar.

Puede ser mediodía, en cuyo caso nuestro paseo se verá amenizado por la voz del muecín que, desde el alminar, está llamando en árabe (su lengua sagrada) a los fieles a oración.

Espero que disfrutéis del paseo.

sábado, 27 de junio de 2009

LA TORRE DE LONGARES











De un tiempo a esta parte, por motivos de trabajo, me toca recorrer algunas veces el tramo de la nueva Autovía Mudéjar comprendido entre Zaragoza y Cariñena. A unos 33 Km de Zaragoza, se pasa al lado de Longares y siempre me siento atraído por la visión de su torre. Cualquiera que no la conozca y se la presenten en fotografía, con el paisaje de fondo, puede pensar que se trata de un alminar de algún país del Magreb.

Nunca había estado en Longares. Hace unos días, no pude resistir la tentación y me metí al pueblo. Me llamó mucho la atención su trazado urbanístico: un casco urbano bastante laberíntico (lo cual delata su origen musulmán), rodeado de una muralla con varias puertas que conservan sus nombres originales, dependiendo éstos de la orientación, como, por ejemplo, la Puerta de Valencia.

La iglesia es impresionante; sorprende encontrar un templo tan rico en una localidad tan pequeña. Se trata de una gran construcción renacentista de tres naves en “planta de salón” que recuerda a la Lonja de Zaragoza. Francamente riquísima, tanto por el continente como por el contenido.


Pero vamos con la torre. Vista con más calma, desde su base, se aprecia más todavía su gran singularidad. Extremadamente sencilla: construida en ladrillo, de planta cuadrada, dividida en tres cuerpos sobre un zócalo en talud, rematada con almenas y un torreoncillo octogonal, lo cual recuerda a la de Tauste.

Tiene un “algo especial”, y no es precisamente por su decoración, ya que, en lo que a esto respecta, resulta bastante sobria, sobre todo si la comparamos con la generalidad de las torres mudéjares aragonesas. Es más, podríamos decir que resulta particularmente bella porque consigue serlo sin apenas decoración: tan sólo un recuadro situado en cada una de las cuatro caras, en el cuerpo tercero, compuesto por una cadena de lazos, flanqueada por dos finas cintas de cerámica azul y blanca, con dibujo de puntas de flecha, así como unos platos de color verde en el interior de esos lazos. Estos recuadros enmarcan, cada uno de ellos, dos pequeñas ventanas apuntadas.




¿Qué tiene de embrujo esta construcción tan aparentemente sencilla para llamar la atención de esa manera?. Sus proporciones, sin duda alguna. Su silueta resulta encantadora, incluso para los más profanos en la materia. Recomiendo una visita a este lugar.

De regreso a casa, voy pensando en que, aun siendo muy diferente a la de Tauste, le ocurre lo mismo: a lo que menos se parece es a un campanario y, además, también se encuentra “mal situada” respecto del eje de la iglesia.

Consulto la información disponible al respecto, a fin de conocer su cronología. Los datos más explícitos que encuentro son los que figuran en el libro “Arte Mudéjar Aragonés”, del profesor Borrás. Mis intrigas, lejos de ser mitigadas mediante una esperada explicación razonada y convincente, no pueden por menos que aumentar. Reconoce en el libro, con toda lógica, que la torre es anterior a la iglesia y expone la dificultad para ponerle una fecha rigurosa. Pero, impropiamente, desanima al lector en este intento, argumentando que dado el escaso interés de los datos documentales disponibles, difícilmente se podrá salir en el futuro de la incertidumbre cronológica, preparando, así, el camino para dar cuerpo de dogma incontestable a todo lo que argumenta a continuación.

¿Qué argumenta a continuación?. Sencillamente, datos interesantes, pero tratados con llamativa arbitrariedad. Comenta una noticia encontrada por D. Francisco Iñiguez Almech, procedente del Archivo de la Comisión de Monumentos de Zaragoza, donde decía que “en el año 1424 la torre ya existía de viejo”. También aporta el dato de Mario de la Sala Valdés que recogía la noticia de que entre 1330 y 1470 dejaban los fieles limosnas para la conclusión de la obra de la iglesia, en alusión, seguramente, a gastos de conservación y reparación, así como un testamento de Esteban Gil, de 9 de febrero de 1425, por el que legaba dos florines para la obra de la torre, en el mismo sentido de lo ya comentado sobre posibles obras de reparación. Se trata de tres noticias bastante coherentes entre sí y que parecen llevar a unas conclusiones bastante fundadas.

Sin embargo, de repente da un giro inesperado a todo el razonamiento. Deja de lado todo lo expuesto hasta ese momento y argumenta que no queda otra alternativa que recurrir al análisis de las características artísticas y formales del monumento. Uno, a partir de ahí, espera unas sólidas explicaciones sobre la arquitectura de la torre que permitan establecer su relación con otras construcciones de cronología conocida. Pero no, nada de eso se encuentra. Tan sólo que en los finales del siglo XIV era rector de la iglesia Francisco de Aguilón y el dato de que en dicha iglesia se guarda un cáliz gótico con las armas de ese rector y del arzobispo D. Lope Fernández de Luna. Aduciendo el profesor Borrás que “personalmente siempre había abrigado la hipótesis de que este personaje (Francisco de Aguilón) pudo haber impulsado las obras de la torre de Longares”, pasa directamente a datarla en 1390, así, sin más, añadiendo que sus características corresponden a esa época, sin explicar en qué consisten esas características y por qué. Verdaderamente, si en ellas hay que basarse, resulta una torre bastante única. Debería establecer una relación con otras para dar fundamento a su rotunda afirmación.

Más bien, parece el cumplimiento de un capricho, de una ilusión que, al parecer, se había forjado sobre la relación formal entre este personaje y el nacimiento de esa torre, porque ha aparcado impunemente las otras noticias, cuya procedencia, sin embargo, parecía bastante solvente. De una torre construida en 1390 no puede afirmarse en 1424 que “ya existía de viejo”, ni se puede pensar en obras importantes de mantenimiento y conservación. Además, si se aborda el asunto con seriedad suficiente, sin descartar datos de suficiente peso, la fecha de 1330 tampoco puede pasarse por alto.

Lejos de compatibilizar los datos encontrados, parece forzar las conclusiones a favor de no se sabe muy bien qué intereses. Tampoco apoya mediante explicación alguna la afirmación tan rotunda que hace acerca de que “es menester desechar de entrada que la torre de Longares haya sido ningún alminar musulmán”. Sólo argumenta que su estructura es diferente a la de los alminares porque se trata de una torre hueca, pero es que alminares con este tipo de estructura también hay muchos.

Lo que más sorprende es cuando llegas a leer que sobre los dos vanos apuntados y enmarcados del tercer cuerpo, se encuentran los verdaderos vanos de campanas. ¿Cómo?. ¿Qué vanos?. Miras la fotografía del libro y ves que, efectivamente, en la misma (seguramente tomada a principios de los años 80) aparecen unos huecos que rompían estrepitosamente ese fino recuadro, además de forma totalmente chapucera, pues ni siquiera se habían molestado en dejar unas esquinas decentes, sino que metieron la picoleta y dejaron los ladrillos rotos, tal cual. ¿Cómo se puede decir que ésos eran los vanos verdaderos?.



Estado antes de la restauración



Afortunadamente, cuando llevaron a cabo la última restauración, subsanaron esas roturas y devolvieron a la torre su aspecto original, que es el que ahora podemos contemplar.


Detalle antes de la restauración

En Arquitectura e Ingeniería nos vemos obligados a manejar con cierta frecuencia la topografía y los criterios de orientación. Quizá por esta “deformación profesional” una de las cosas que no pude evitar hacer para tratar de resolver los enigmas que se me planteaban, fue consultar el plano de situación del conjunto de torre e iglesia, para comprobar su orientación. El resultado fue de lo más significativo, pues, cuando lo normal es que en los templos cristianos orientaran sus ábsides hacia el este, en este caso la orientación es nordeste. ¡Qué casualidad!, me dije, otra iglesia mal orientada, como la de Tauste, aunque ésta mira hacia el sureste. En el caso de Longares, nos encontramos inevitablemente ante otro caso de “mala orientación cristiana”, condicionada por la existencia de otra edificación anterior, cuya orientación seguía el criterio de “mirar hacia La Meca”. La torre de Longares, de planta cuadrada, tiene la cara que da sobre el tejado de la iglesia orientada hacia el nordeste, pero la adyacente por la derecha, lógicamente, mira al sureste, orientación que indudablemente tenía la supuesta mezquita que tuvo que haber en época islámica, porque, evidentemente, en aquella época, Longares ya existía como población.

Parece una fijación obsesiva la de negar que en esta nuestra tierra pudiera haber en el siglo XI una sociedad próspera y que dejara unas construcciones tan bien hechas que merecieran ser respetadas y aprovechadas en los siglos venideros. Más bien, al contrario, se manifiesta ese empeño en defender que aquellas gentes no dejaron apenas nada, salvo la Aljafería y cuatro castillos en ruinas perdidos por ahí. Que la arquitectura mudéjar surge de la nada (increíble), como por arte de magia, a principios del siglo XIV, en unas tierras que eran cristianas desde hacía ya dos siglos, pero que imitan a la que desarrollan en las tierras musulmanas del sur, cuya frontera se encuentra a nada menos que 500 Km de aquí, en lugar de imitar las corrientes cristianas que vienen del norte, como hubiera sido lo lógico, de no haber tenido aquí unos ricos precedentes arquitectónicos que vienen siendo negados sistemáticamente.

Por supuesto que no vamos a caer en la tontería de querer ver un alminar musulmán en cada torre de las catalogadas como mudéjares. El arte mudéjar es algo muy rico y exclusivo nuestro, único en el mundo, del que tenemos que sentirnos muy orgullosos, que nace a finales del siglo XIII, pero no de la nada, sino a partir de esos precedentes no reconocidos por la “oficialidad”, sin los cuales no hubieran tenido sentido esas prácticas constructivas. Más orgullosos todavía tenemos que sentirnos los que tenemos el privilegio de tener en nuestro pueblo uno de esos escasos precedentes que quedan en Aragón, como pueden ser las torres de Tauste y de Longares, entre otras.

Habrá que reivindicar su presencia y decirle al mundo que existen, como cuando D. Francisco Iñiguez le descubrió al general Franco que la Aljafería de Zaragoza era algo más que un vetusto y destartalado cuartel militar, nada menos que el palacio taifal más rico que se había construido en el siglo XI en todo al-Andalus. Que se trata de un arte que lo tenemos aquí, que si el mudéjar es algo único, esto lo es más, pero además, por escaso, mucho más valioso de lo que ya le suponíamos. Tenemos que cuidarlo y conservarlo con sumo esmero, obligación que ya tenemos de forma destacada desde que la UNESCO nos lo declarara Patrimonio de la Humanidad. Ahora tendremos que potenciarlo y decirle a la UNESCO que lo que tenemos es todavía “mucho más” de lo que se pensó. Que dentro de aquel conjunto que se catalogó como "arte mudéjar", existe un subconjunto especial, "la crème de la crème", el "padre" de todo lo demás.

Para empezar, habrá que poner nombre a este conjunto de escasas construcciones antiquísimas, diseminadas por la geografía aragonesa, porque hasta ahora, como ha sido negado, no ha tenido ni eso. Javier Peña, arquitecto y gran investigador de todo este asunto, lo ha bautizado como “arte zagrí”, en memoria a las personas que las construyeron, los zagríes, que es como ellos mismos se autodenominaban. Los moros aragoneses, cuando tuvieron que emigrar al Magreb, gustaban distinguirse del resto de los moros españoles utilizando esta denominación.

De esa forma, distinguiremos entre “arte zagrí”, como el desarrollado aquí por los habitantes de estas tierras en época de gobierno musulmán (principalmente siglo XI), y “arte mudéjar”, como el desarrollado por alarifes mudéjares, es decir, musulmanes que se quedaron a vivir en estas tierras después de la conquista cristiana y que desarrollaron una arquitectura al servicio del poder cristiano.

sábado, 30 de mayo de 2009


TEXTO E IMAGENES DEL TRABAJO "TAUSTE EN LOS SIGLOS XI AL XIII"





Quiero agradecer a todos las muestras de interés y apoyo que he recibido por la creación de este blog, en el que puse de manifiesto las circunstancias que me motivaron para realizar mi trabajo “TAUSTE EN LOS SIGLOS XI AL XIII”.

Ello me ha incitado a repasarlo, ordenarlo y darle forma adecuada para colgarlo en la red en formato PDF y, de esa manera, todos los que tengáis interés en conocerlo, con todo su desarrollo y justificación, podáis acceder al mismo.

Especialmente, quiero dar las gracias a mi buen amigo Jesús Alegre “Malocha” por su inestimable apoyo técnico y humano. Es algo único.

Para ver el trabajo, sólo tenéis que pinchar aquí.

jueves, 30 de abril de 2009


HOLA A TODOS






Últimamente he tenido ocasión de leer algún comentario sobre el cuidado que hay que tener a la hora de manejar las fuentes históricas, ya que hay veces que la mala interpretación de las mismas puede conducir a llenar la imaginación de la gente de falsas expectativas.

Me parece muy prudente y oportuna tal observación, pero me gustaría añadir algunas cosas al respecto.

Comenzaré por aclarar que mi profesión es la arquitectura técnica y que en materia de historia soy un simple aficionado. Siento un gran respeto por las personas licenciadas en historia, que son las más autorizadas para interpretar los documentos históricos y construir una versión de la historia lo más fiel posible a lo que pudo ser la realidad de cada época pasada.

Sin embargo, me extraña sobremanera el hecho de que, viajando hacia el pasado, en el momento en que ya no se encuentra documentación alguna sobre una localidad, se da por hecho de que esa localidad o no existía o simplemente se trataba de un núcleo de escasa importancia.

De esta forma, se ha dado en decir que Tauste, antes de la conquista cristiana por Alfonso I el Batallador, no era prácticamente nada, sino un grupo de pocas casuchas encima del cabezo sobre el que se encuentra el actual Barrio Nuevo, habitado por un puñado de musulmanes… y nada más.

Uno, desde su ignorancia, siempre ha pensado que tal afirmación categórica, hecha por personas solventes y autorizadas, estaba basada, no precisamente en la falta de documentación, sino en la existencia de la misma, en la cual se informara en ese sentido. No podía pensar que, siendo de la primera manera, en lugar de afirmar tan rotundamente la falta de entidad de nuestro pueblo, no se hubiera tenido la prudencia de haberlo expresado de otra forma, dejando la puerta abierta a otras posibilidades por si en algún momento se encontraran indicios de mayor grandeza.

Movido por la curiosidad que producen algunas circunstancias contradictorias de nuestro pueblo y por lo evidentes que resultan, me puse a investigar en torno a las mismas, llegando a una serie de conclusiones que plasmé en un trabajo que di en titular “Tauste en los siglos XI al XIII”, el cual tuve la ocasión de exponer en una de las conferencias de las X Jornadas sobre la Historia de Tauste. No voy a extenderme aquí en enumerar y describir todas esas circunstancias, que para eso está el trabajo escrito, pero sí voy a apuntar que siempre me había parecido extraño que se nos dijera que el primer templo que habíamos tenido en Tauste era la iglesia de San Antón, construida en las afueras de la localidad, cuando en todos los sitios lo normal es construir la primera iglesia en el centro del casco urbano. Es evidente que la iglesia de San Antón es más antigua que la de Santa María, pero algún argumento nos merecemos los taustanos para explicar qué es lo que había antes en el solar que ahora ocupa esta iglesia para que se construyera la de San Antón (o San Miguel) en el arrabal.

Alguna explicación tendrían que darnos también sobre el hecho de tener una torre y una iglesia tan grandes, en comparación con las de otros pueblos vecinos de similar o mayor entidad, así como la “extraña” orientación de ese templo, la desviación de su eje en relación a la torre y un etcétera de circunstancias que dan al asunto un halo de fascinación nada acorde con la simpleza de la historia oficial que hasta ahora se nos ha dado. Podemos admitir que se nos diga que “tuvo que haber algo más, pero no sabemos nada”, pero no que “no hubo nada más, y punto”.

Como dice una amiga mía, cuando hay fondo en las cosas, te pones a arañar en cualquier sitio y encuentras resultados sorprendentes. En mi caso, el hallazgo más impactante se produjo realizando una inspección visual del conjunto de la edificación iglesia-torre, al comprobar que ambos edificios no comparten muro, sino que son independientes. Hasta ahí, poco que decir, pero cual es mi sorpresa cuando me asomo a la grieta visible entre los dos edificios y observo que mientras la pared perteneciente a la torre se encuentra perfectamente rejuntada, la de la iglesia no, sino que presenta en sus hiladas de ladrillo las rebabas típicas de mortero de una pared que ha sido levantada junto a otra ya existente. Es decir, que cuando se construyó la torre, se hizo como edificio exento y la iglesia no existía, o, al menos, no llegaba hasta allí.

Eso me explicaba el por qué del desvío entre los ejes de los dos edificios: la torre estaba ya cuando llegaron a alcanzarla con la construcción de la iglesia, momento en el cual se dieron cuenta de que se les había ido unos 60 cm. Claro, si cuando levantaron la torre, la iglesia ya hubiera existido, con sus dos torreoncillos octogonales, la hubieran centrado perfectamente entre ambos, sin ninguna dificultad, como se ve claramente que era su intención.

Pero me rompió todos los esquemas, pues, según la versión del profesor Borrás, en su obra “Arte mudéjar aragonés”, iglesia y torre corresponden a una unidad de concepción. Según eso, como arquitecto técnico, siempre había pensado que las obras habrían empezado por el ábside (como es habitual y necesario para empezar contrarrestando los empujes de las bóvedas y la construcción se sostenga), para continuar con los tres tramos de bóvedas de crucería de que se compone la nave. El último de ellos se terminaría con los dos torreoncillos octogonales que hacen la función de contrafuertes, y, terminados éstos, comenzarían la construcción de la torre que iba a servir de campanario para reclamo de los fieles que acudieran a rezar al templo que habían construido. Todo ello, realizado por alarifes mudéjares, los mejores albañiles de la época, musulmanes al servicio del poder cristiano.

Pero no. Era evidente que cuando llegaron con el último tramo hasta alcanzar la torre, ésta ya estaba allí plantada. ¿Pues cómo lo habían hecho?, me pregunté, porque está claro que yo no voy a levantar una historia contradictoria con la del profesor Borrás y el resto de historiadores. Todo era dar vueltas al mismo asunto:

- Levantarían primero la torre y luego harían la iglesia.- No es posible. ¿Cómo van a realizar un campanario para una iglesia que todavía no existe?. Eso no se ha hecho en ningún sitio. Primero se pone el “negocio” y luego el “cartel”, nunca al revés.

- Construirían primero el ábside y los dos primeros tramos de la iglesia, para luego pasarse a levantar la torre unos metros más allá, dejando espacio para construir un tercer tramo con el que alcanzarían la torre.- Demasiado complicado. No sé si para alguien esto tendrá sentido, pero desde luego para mí, como arquitecto técnico en ejecución de obras, por supuesto que no. La construcción se rige por procesos muchos más lógicos que todo eso. Además las bóvedas de las estancias de los torreoncillos octogonales son de crucería y no se corresponden con el espacio octogonal al que pertenecen, en contradicción a las de la torre, que son esquifadas. Las hubieran hecho iguales. No encaja la hipótesis.

- ¿Y si hubieran hecho primero el ábside, con lo cual ya podían consagrar y llevar a cabo los actos religiosos, para pasarse a levantar la torre a una distancia considerable en dirección noroeste (extraña orientación, porque lo habitual era orientarlas en sentido este-oeste), en la cual luego cupieran los tres tramos de que se compone la nave?. Eso explicaría el desvío que hay entre los ejes de ambos edificios. Claro, cuando llegaron a alcanzar la torre con el último tramo, se encontraron con que se habían desviado unos 60 centímetros. Desde el punto de vista constructivo, resulta una explicación totalmente insostenible. Desde el punto de vista económico, reflejaría las grandes dificultades para llevar a cabo una obra de tal magnitud, pero no tiene sentido pensar que tuvieran dificultades económicas para continuar la nave y se fueran a levantar semejante torre.

Cuantas más vueltas daba al asunto, más extravagantes resultaban las conclusiones y cada vez cobraba más peso la sensación de que los historiadores, en relación con todo esto, no habían sabido o no habían querido entrar en todas estas profundidades.

Todavía quedaban más enigmas sin resolver en todo ello, a cual más interesantes y seductores. Tal es el caso del paño decorativo de la torre existente por debajo del cuerpo de campanas, en el cual, los matemáticos Carlos Usón y Angel Ramírez, tras una exposición magistral en la Casa de Cultura de Tauste, demostraron la existencia de elementos caligráficos árabes, lo cual convierte a nuestra torre en algo único, no sólo en todo el mudéjar hispano, sino en toda la arquitectura islámica occidental, ya que, para encontrar decoraciones de este tipo, realizadas en ladrillo, tendríamos que irnos a Oriente (antigua Persia), donde existen alminares con escrituras cúficas de los siglos X y XI.

Si nuestra torre, según se nos ha dicho siempre, fue construida a finales del siglo XIII ¿a qué “iluminado” se le pudo ocurrir la idea de hacer un paño de tales características?. ¿Un alarife venido desde Afganistán en el siglo XIII a unas tierras dominadas por los cristianos para realizar una obra de semejante envergadura?. Se hubiera quedado en lo que entonces era al-Andalus, digo yo, es decir, en tierras gobernadas por sus hermanos de religión. ¿A qué fin iba a venir al reino cristiano de Aragón?. Si hubo contacto con el mundo islámico oriental, sería en época de dominación musulmana, no ya bajo el dominio cristiano. Bueno, pues va a resultar que esa idea decorativa la trajo un individuo desde aquellas tierras en el siglo XI (antes de la Reconquista), se la guardó dibujada en un pergamino y, dos siglos después, otro musulmán (esta vez, alarife mudéjar), se lo encontró y le apeteció ponerlo en práctica, para que luego dijera algún historiador contemporáneo nuestro que simplemente se trata de una geometría mal resuelta. Anda, que no sabían geometría los fulanos que levantaron semejante torre. Ya estamos otra vez con conclusiones extravagantes.

Buscando información, encontré datos sobre la historia y la grandeza del reino de Saraqusta y todo el valle del Ebro en el siglo XI, bajo el dominio musulmán, pero me resultaba muy extraño que de todo aquello, según la historia oficial, lo único que queda en todo Aragón es el Palacio de la Aljafería (lo que queda de él) y varias ruinas de castillos perdidas por nuestra geografía aragonesa.

Cuando una población es floreciente, suele dejar edificios bien construidos que luego son aprovechados por los siguientes pobladores. ¿Es posible que aquellas gentes no dejaran nada en Aragón y sí en otras tierras del sur de la península?.

En todas estas indagaciones, resultó especialmente gratificante conocer el trabajo que los arquitectos Javier Peña y José Miguel Pinilla llevan realizando sobre este asunto, a lo largo de más de 25 años, teniendo localizado un amplio número de torres supuestamente mudéjares que con toda seguridad (afirman basándose en argumentos arquitectónicos bastante lógicos) tuvieron que ser antiguos alminares de mezquitas. El asunto iba alcanzando un cariz cada vez más sugestivo. Me resistía a entusiasmarme con estas ideas que me sonaban a fantasía de las mil y una noches, pero, desde luego, lo que para mí ya se iba desmoronando era la credibilidad de la historia oficial.

El golpe certero fue el conocimiento (proporcionado por Javier Peña) de un informe realizado en 1937 por D. Francisco Iñiguez Almech, en el cual afirmaba que, con toda seguridad, al menos dos de las torres consideradas como mudéjares en Aragón habían sido antiguos alminares islámicos. Una de ellas era nada menos que la de Tauste; la otra, la de la Seo de Zaragoza.

¡Vaya, hombre!. Me interesé por la biografía de este señor, que resultó ser el arquitecto que había descubierto, para sorpresa de todos, que detrás de la roña cuartelera de siglos y siglos del castillo de la Aljafería de Zaragoza, se encontraban los restos del mejor palacio taifal construido en toda la península durante el siglo XI. Profesor, además, de Historia de la Arquitectura en la Universidad de Navarra, del cual, los arquitectos Peña y Pinilla habían tenido el privilegio de ser alumnos.

Seguí buscando más informaciones al respecto en todas las fuentes de que pude disponer (publicaciones, libros de historia, etc.), a la vez que se ofrecían ante mí numerosas piezas de un puzzle difícil de componer. Encontraba sin grandes dificultades muchos datos históricos sobre los avatares de la reconquista, evolución del reino de Aragón desde su nacimiento, cronologías, sucesiones de reyes, hechos más destacados de cada uno de ellos, etc. También (aunque en menor medida, pero los hay), datos sobre la independencia del reino musulmán de Saraqusta respecto del poder de Córdoba, su esplendor social, cultural, económico, comercial y demográfico, hechos y sucesión de sus gobernantes, etc., pero no encontraba una historia compuesta que fuera el producto de los lógicos efectos de acción y reacción entre los de uno y otro bando. Sin embargo, ordenando todos los hechos, no resulta difícil ir encajando las piezas del puzzle, dando como resultado de todo ello una historia fascinante.

Tuve que reconocer que Zaragoza no pudo ser una ciudad próspera en medio de la nada, sino que en el vasto territorio que dominaba, también tuvo que haber vida y progreso. Claro, ya lo dijo el profesor Carlos Laliena en su conferencia de las V Jornadas sobre la Historia de Tauste: “desde finales del siglo X, una considerable efervescencia recorría el trazado de esta frontera, en la que reconocemos un notable desarrollo del poblamiento…”. Ahí estaba Tauste. De esa forma, el mensaje que nos transmite nuestro patrimonio arquitectónico (torres e iglesias de San Miguel y de Santa María), con sus características constructivas, nuestro trazado urbano, los restos de nuestra muralla medieval, indicios de enterramientos (¿musulmanes?), etc., conjugado con esa historia conocida de la Marca Superior de al-Andalus (Zagr-al-Andalus), comienza a tener sentido. También encontré pistas muy interesantes, como la aportada por Luis Molina y Mª Luisa Avila en la obra “Historia de Aragón III”: “curiosamente y frente a vivir de espaldas a las otras regiones andalusíes, los contactos (de la Marca Superior) con el Oriente musulmán son numerosos e intensos, de forma que la cultura oriental llega a la Marca directamente, sin pasar antes por Córdoba…”. Eso explica el hecho diferencial entre el mudéjar aragonés y el del resto de la península (el primero mucho más exquisito y elaborado).

Así es como compuse mi trabajo. Con todas las prudentes advertencias sobre el hecho de que no deja de ser todo una teoría (una teoría, sí, pero que da sentido lógico a muchas cosas, no así la historia oficial conocida, que se desmorona por sí sola), llegué a la conclusión de que nuestra torre “mudéjar” no lo es tal, sino el alminar de la mezquita que tuvo que haber donde ahora está la iglesia, con muchos más datos al respecto. Naturalmente, si fue construida antes que ésta, es porque anteriormente habría pertenecido a otro conjunto arquitectónico de grandeza proporcional al de la torre. Una importante mezquita, por tanto, ubicada en un núcleo de población asimismo importante, única forma de justificar la existencia de semejantes edificios, todo ello, dentro del contexto de la historia conocida del valle del Ebro en el siglo XI, porque semejante construcción no tiene cabida en ese pequeño núcleo que nos han descrito del Tauste musulmán, ni tampoco en el Tauste de las primeras décadas de dominio cristiano.

Existen muchos datos que avalan esta historia. La iglesia de San Antón encierra enigmas todavía sin resolver y que, probablemente, tendrán alguna explicación si algún día hay que reconocerle un pasado andalusí cristiano (mozárabe). Si no, ¿de qué forma puede explicarse el hallazgo de piedras talladas en tan diferentes épocas, siendo las más antiguas de ellas de época islámica?.

Por otra parte, ¿Por qué dice Alfonso I en su crónica sobre la conquista de Tauste que “aquí tuvo frontera”, es decir, enfrentamiento militar encarnizado, si sólo se trataba de un núcleo habitado por cuatro desharrapados?.

No han encontrado más datos escritos sobre ello. Seguramente el trabajo tendrá lagunas, fallos e imprecisiones, no lo dudo, pero, ¿alguien puede dar otra explicación coherente y creíble?.

Tampoco hay datos sobre la existencia o no de población judía y cristiana en Tauste en aquella época, conviviendo con la musulmana mayoritaria, pero ¿se puede afirmar que no la hubo sólo porque no se encuentren documentos donde se dijera expresamente que sí la hubo, con censos, nombres y número de fuegos?. Lo habitual en todas las localidades de cierta entidad es que así fuera. Sobre todo, es sabido que, allí donde existía el comercio, había judíos. ¿Por qué iba a ser Tauste una excepción?. Claro que no podemos afirmar rotundamente que ya había judíos y cristianos en Tauste en el siglo XI, pero resulta más lógico, dadas las circunstancias, quedarnos de momento con el sí en lugar de con el no, en espera de que se pueda avanzar más en este sentido.

Para concluir, haré referencia a lo expresado al principio. Naturalmente que hay que tener exquisito cuidado a la hora de componer y transmitir la historia, no vayamos a llenar los oídos de nuestras gentes con falsas músicas celestiales. Sabemos que lo están haciendo en otras tierras, donde quizá sentirán necesidad de inventar una historia que no tienen o de apropiarse de unos bienes que no les corresponden, ante la indiferencia de aquellos que deberían reclamarlos. Parece que nos basta con creernos el tópico de que los aragoneses somos obstinados o cabezones, para luego no ejercerlo y abandonarnos en la dejadez más absoluta.

Pero tampoco le viene bien a esta tierra nuestra esa otra actitud de negar lo posible sólo por eso, porque sólo es “posible”, negando de esa forma el acceso a un mayor reconocimiento de riqueza de este patrimonio que tenemos, tan abandonado y vapuleado a lo largo del tiempo.

Peor todavía si esa negación viene motivada por una falta de humildad para retractarse de algo que se dijo en su día, sólo porque alguien a quien se considera menos autorizado para opinar sobre estas cuestiones viene ahora diciendo lo contrario. Y mucho peor si el tratamiento que se le da es la total ignorancia, como forma absoluta de desprecio, ejercido desde el alto puesto que se ocupa.

Lo malo de todo esto es que esas actitudes inmovilistas, lejos de resultar inocuas, tienen un efecto dañino, ya que dificulta la puesta en su verdadero valor de nuestro patrimonio y, de todos es sabido el notable potencial que éste supone (o supondrá, tarde o temprano, cuando se sepa gestionar adecuadamente) para el desarrollo, no sólo cultural, sino también turístico y, por tanto, económico, de los pueblos.

Sería una gran satisfacción que, por una vez, todas las partes que pudieran tener algo que ver con estas cuestiones (políticos, historiadores, asociaciones, etc.) abandonaran posturas inmovilistas y se pusieran al servicio del bien común, para mejorarlo, potenciarlo y que podamos divulgar una historia y un patrimonio rico, si entre todos somos capaces de consensuarlo, arrimando el hombro cada uno en lo que podamos, que para eso es nuestro pueblo.