domingo, 28 de junio de 2020

TERRITORIO MUDÉJAR EN ARAGÓN TV

Ya son varias las personas que me han parado por la calle para compartir conmigo su decepción por lo que vieron en el programa de “Unidad móvil” de Aragón TV, en su emisión del pasado viernes. Claro, ¿yo qué les voy a decir? Pues que no, que a mí no me decepcionó, porque la decepción ya me la llevé cuando conocí en primera persona de qué va esta gente.

 “Territorio Mudéjar” nace al amparo de la Diputación de Zaragoza como una asociación de pueblos con patrimonio mudéjar con el “supuesto” objetivo (ya verán por qué entrecomillo lo de “supuesto”) de promover el desarrollo económico y social a partir de su patrimonio cultural, con frases tan bonitas como “miradas innovadoras”, etc. Establece su sede en Tobed, que el pueblo lo merece y tiene una iglesia mudéjar espectacular, pero también podría haber sido cualquier otro, más que nada por aquello de que la gente dice que “qué casualidad, ser el pueblo del presidente de la DPZ”, y se indigna, como es natural.

 Cuando nos enteramos de la naturaleza que decían pretender acerca de sus proyectos, tiempo nos faltó para ponernos en contacto con la Dirección. Nos parecía fantástico que, por fin, en nuestro territorio, se llevaran a cabo iniciativas como esta y, si una de las ideas principales que difundían era aquello de la “mirada innovadora”, qué mejor que comenzar a poner sobre la mesa los argumentos sobre el verdadero origen de esta arquitectura, que no es otro que la continuidad de la que había nacido en el siglo XI en esta misma tierra con unas técnicas importadas del mundo persa. Eso sí que es innovador y no el pobre argumento de que a los aragoneses del siglo XIV les dio por imitar el arte del imperio almohade, enemigo nuestro por aquel entonces, cuya frontera estaba unos 500 Km hacia el sur (la actual Andalucía), en un reino -el nuestro- que ya tenía dos siglos de bagaje cristiano-europeo. ¿A que no tiene sentido? Claro que a nuestros mandamases les gustaba el arte musulmán, pero era porque se lo habían encontrado aquí cuando conquistaron el territorio, supieron aprovecharlo y tuvieron gente en sus dominios para seguir cultivándolo. A esa gente, los moros aragoneses, los llamaba Cervantes en el Quijote “tagarinos” (que viene a ser lo mismo que “zagríes”, porque es la misma raíz), mientras que a los moros granadinos les llamaba “mudéjares”. Una vez más se manifiesta lo dados que somos a adoptar las denominaciones foráneas.

 Entristece escuchar por gentes de Zaragoza que “la Aljafería recuerda a la Alhambra” como si el arte musulmán zaragozano se debiera al del sur de la Península, en lugar de decir que “la Alhambra debe mucho a la Aljafería”, porque realmente fue aquí donde se desarrollaron esas técnicas. A la estructura de alminar compuesto por una torre dentro de otra se la denominó “almohade” cuando, realmente, fue aquí donde se inició un sistema de escalera intramural (la torre de Santa María de Tauste, por ejemplo) que fue evolucionando en el propio territorio y, posteriormente, adoptado por los almohades porque debió de parecerles muy práctico; y así fue como hicieron la Giralda de Sevilla. Por eso, entristece también oír de boca de gente aragonesa que nuestras torres tienen estructura de “alminar almohade”, como también aquello de que las torres octogonales aragonesas están inspiradas en las torres góticas catalanas. Esta última afirmación no la dijeron en el programa, pero es muy propia de esta gente. Con aragoneses así, no necesitamos catalanes que deprecien lo nuestro.

 También diré que me pareció percibir un guiño en cierto comentario acerca de las torres de Teruel como que eran de “segunda generación”, en alusión a este asunto de la estructura interna en las torres construidas a partir de 1300. Quizá se refería, aunque no lo dijo, a que hubo una generación anterior, que fueron estas de la escalera intramural. Pues bien, perdónenme la inmodestia, pero aquí quiero decir ya que quien descubrió este detalle trascendental fue un servidor, el mismo que está escribiendo esto, todo un hallazgo en la torre de Tauste que nos sirvió para estudiar “las tripas” de otras e ir catalogándolas con un criterio más fiable que lo que pueda o no convenir a ciertos historiadores, y escrito quedó en las Actas de las X Jornadas sobre la Historia de Tauste, de la Asociación Cultural “El Patiaz”, allá por el año 2009. Y conste que me encanta eso de la libre circulación de información sin ser necesaria alusión alguna a la autoría cuando la cosa funciona para el mejor fin de todos, pero estos no van de eso: ellos se apropian de lo de los demás (ya lo han hecho con cosas que yo he escrito) pero, luego, su autoría es su autoría.

 No voy a extenderme sobre las carencias, imprecisiones y omisiones de bulto sobre lo que sacaron de Zaragoza capital, pero sobre mi pueblo tengo que decir que Tauste no se merece eso: unas explicaciones dadas por unos jóvenes que parecen no conocer el monumento (lo que dijeron acerca de la buena accesibilidad y buen estado de conservación no es para nota, ni mucho menos, y omitieron lo más relevante, que lo hay y mucho).

 Me dicen que por qué no me llamaron a mí. ¿Cómo iban a llamarme si no les conviene? No pretendemos que nos digan desde el primer día “muy bien, chavales, qué bueno lo vuestro, vamos a reescribir la historia como decís”, pero, como ha dicho en varias ocasiones Marisancho Menjón, qué menos que admitir a debate unos argumentos que parecen bien fundamentados. Ni eso. Ahora sabemos por qué: porque ellos no tienen argumentos para contradecirlos y ven cómo cada vez más gente de prestigio y con mentalidad abierta aceptan sin ningún complejo nuestras teorías mientras ellos se quedan estancados.

 Se mantienen en una fidelidad ciega a las tesis de Gonzalo Borrás sin darse cuenta de que él tuvo el valor de contradecir las de los grandes popes que había habido hasta entonces y la brillantez de llevar el arte mudéjar aragonés a la alta calificación que hoy tiene, cuando antes no pasaba de estar considerado como un estilo menor. Después ya no quiso aceptar públicamente teorías que no comulgaran con lo que él había escrito y así pasaron generaciones de estudiantes que, para salir adelante en la Universidad de Zaragoza, no podían rebatir una sola coma de aquello. Todavía continúan ahí anclados y es una lástima que en la juventud de hoy en día no destaque siquiera una voz inconformista que sea capaz de traer aires nuevos, como hizo en su tiempo el profesor Borrás.

 Tengo la certeza de que “Territorio Mudéjar” ha nacido para satisfacer intereses personales y para luchar por que nada cambie de lo que ya se escribió. Sería presuntuoso por nuestra parte pensar que incluso motivados por la aceptación que en ciertos sectores están teniendo ya nuestras teorías, como reacción a la misma, pero hasta eso cabe. Así no vamos a ningún sitio. La Administración Pública debería invertir el dinero de todos en cosas más útiles que en crear y mantener entidades donde se les ve este plumero. No entiendo muy bien qué pinta el Ayuntamiento de Tauste colaborando con una asociación así, y, encima, como vocal de la junta directiva. Con amigos así no necesitamos enemigos y ausencias llamativas en esa asociación como la de Tarazona dan qué pensar. Es para mirárselo.

miércoles, 10 de julio de 2019

SOBRE LA PROPAGACIÓN DE LA CULTURA ISLÁMICA DENTRO DE LA PENÍNSULA


Es muy frecuente la creencia de que, como los musulmanes entraron en la península ibérica por el sur (año 711), con ellos entró la cultura islámica y esta se fue extendiendo a medida que avanzaban hacia el norte. Realmente, se trata de algo impreciso.
En primer lugar, habría que decir que los musulmanes que llegaron fueron muy pocos en comparación con la población que aquí había. ¿Qué son 50.000 extranjeros en un sustrato de seis millones de población autóctona? (por dar una idea, pero tampoco se me queden con estas cifras como buenas, por favor). Lo que está claro es que debemos abandonar esa idea de que los "moros" españoles eran gente de piel cetrina y renegrida. Eran los descendientes de la población celtíbera de siempre.
Tras la última guerra civil entre las facciones visigodas (nos habían tenido así durante dos siglos y medio y sumidos en un declive lamentable y en la miseria más absoluta después de la caída de Roma), lo que vinieron a llenar aquellas gentes fue el vacío de poder en el que había quedado la antigua Hispania, llamados precisamente por el obispo Oppas de Sevilla para cargarse al rey don Rodrigo.
Otro mito: los árabes no fueron precisamente un pueblo culto, pero el mundo islámico que ellos extendieron sirvió de vehículo para que se propagara la cultura del lugar más avanzado del mundo por aquel entonces: el mundo oriental. El medio por el que se propagó fue principalmente el mar Mediterráneo y llegó hasta Zaragoza a través del Ebro, que entonces era navegable, en una sociedad eminentemente mercantil.
Córdoba llegó a ser la ciudad más esplendorosa de todo Occidente. La arquitectura que desarrolló estaba basada en la de Damasco, que era de donde procedían los Omeyas. Se relaciona a Alandalús con Andalucía pero realmente Alandalús era casi toda la península ibérica. Tan andalusí era Córdoba (Qurtuba) como Zaragoza (Saraqusta). Llegó a su mayor esplendor a finales del siglo X, pero después vino la decadencia y el califato se fue desmoronando. Fue entonces cuando aparecieron los reinos de taifas, esos que tan mala fama tienen ahora y a cuyos monarcas se les llama “reyezuelos”, aunque sobre este calificativo habría que hablar mucho.
Uno de los primeros territorios en independizarse fue Ath Thagr al-'Alà, la Marca Superior, que abarcaba casi todo el valle del Ebro, con una extensión que llegó a ser superior a la del actual Aragón y con Saraqusta como ciudad principal. Atraídos por la liberalidad de sus gobernantes, llegaron a estas tierras personajes de la élite cultural cordobesa que huían de la “fitna”, y también sabios del mundo oriental que traían la cultura del mundo persa. Hablar entonces de Bagdad era como ahora hablar de Nueva York, y el árabe era la lengua “guay”, como ahora lo es el inglés. Los sultanes saraqustíes dieron la espalda a Córdoba y se miraron en Bagdad, a donde se había trasladado el califato. En Ath-Thagr se desarrolló una arquitectura de ladrillo y yeso a imagen y semejanza de la arquitectura persa, donde abundaban los mismos materiales naturales (arcilla y yeso) y el paisaje era tan parecido a este: allí, grandes desiertos con oasis donde florecía la riqueza y la civilización, y aquí un gran desierto (todo el valle medio del Ebro), donde los oasis son lineales, es decir, los valles de los ríos que lo surcan y donde se cultivan ricos vergeles. Aquí hay, por ejemplo, médicos que operan de bocio y de cataratas, cauterizan el cáncer y practican la traqueotomía, mientras la Europa feudal sigue sumida en la oscuridad más absoluta y se quema en hogueras a quien se atreve a desarrollar técnicas curativas que no sean sangrías porque solo Dios puede curar.
En Alandalús se produjo un primer “Renacimento” siglos antes de que surgiera el Renacimiento italiano. Saraqusta vivió un siglo de oro que se vio truncado, primero por la llegada de los almorávides en 1110, y después por la conquista cristiana en 1118. Muchos de sus habitantes emigraron hacia el sur, y lo hicieron con todo su bagaje cultural.
Cuando visitamos el Patio del Yeso de los Reales Alcázares de Sevilla y nos acordamos de la Aljafería, pensamos que cuando hicieron esta tuvieron que copiar de Sevilla, pero hemos de ser conscientes de que la Aljafería se hizo en el siglo XI y ese patio, que es el más antiguo de los Reales Alcázares, en el XII. Buena parte de la arquitectura islámica andaluza debe mucho a la zagrí, la de Ath-Thagr.

domingo, 23 de septiembre de 2018

LA CASA DE LA GABARDILLA: OTRO PASO ATRÁS



El pasado día 20 de septiembre aparecía en el Heraldo de Aragón un artículo sobre las últimas excavaciones arqueológicas en la Casa de la Gabardilla (Monte Alto de Tauste). De los resultados obtenidos cabe destacar el hallazgo de restos cerámicos pertenecientes a distintas épocas y, lo que más llama la atención, la conclusión de descartar la teoría de que hubiera podido tratarse de una construcción islámica. Aunque no lo pone expresamente en el citado artículo, me consta que la datación “segura” que ya aportan es siglos XV-XVI.
Bernabé Cabañero Subiza (Departamento de Historia del Arte, Universidad de Zaragoza, autor de numerosos trabajos sobre el arte islámico en Aragón), en su trabajo titulado “Precedentes musulmanes y primer arte cristiano” (1987), ya dató esta torre en la primera mitad del siglo X, relacionándola con las de Yéquera (en Luna) y Biota. Decía sobre la misma que “han llegado hasta nosotros en buen estado de conservación al menos cuatro hiladas, que son perfectamente visibles en la cara sureste, integradas por sillares dispuestos a tizón de forma cuadrada de unos 45 centímetros de lado, tal como es habitual en la arquitectura militar de la Marca Superior entre los años 850 y 950”. Cabe destacar la capacidad de abstracción del profesor Cabañero. Quizá cualquier otro se lo hubiese pensado dos veces antes de atreverse a datar este edificio en época islámica, cuando aún se suponía que aquí, en Tauste, ni vivía casi nadie ni había casi nada, sin sospechar siquiera que teníamos la importante necrópolis islámica que luego sería descubierta en 2010. Pero tuvo el suficiente ojo clínico para detectar que, entre esas cuatro hiladas de abajo y todo lo de arriba, mediaban varios siglos de diferencia.
Ahora dicen que no se aprecia diferencia constructiva alguna, cuando la “raya” que ya detectó este profesor es más que evidente. Para afirmar ahora que todo fue realizado sin interrupción alguna, podría servirles aquello de que “quisieran dar mayor empaque a la zona de basamento”, pero tal argumento se desvanece cuando descubrimos que en el interior se da la misma circunstancia. O sea, que no vale semejante explicación.
Vaya por delante mi gran respeto hacia la labor de los arqueólogos. Lo mío es la arquitectura.
Siempre insisto en que no se puede datar un edificio solamente por los restos hallados en el mismo. En todo caso, la época a la que estos pertenezcan significará que, para entonces, el edificio ya existía, pero la fecha de construcción del mismo habrá que determinarla, en ausencia de documentación que lo indique de manera inequívoca, por analogías constructivas con otros de cuya datación no exista ninguna duda. De lo contrario podría ocurrir que, cuando dentro de dos mil años -pongamos por caso- venga un arqueólogo a Tauste a estudiar las ruinas de la Casa de la Cámara (suponiendo que esté en ruinas y que todavía existan), sitúe su construcción en el siglo XX por hallar entre las mismas grifería cromada y cascotes de aparatos sanitarios marca Roca.
Hace tres años, ya ocurrió algo similar con las excavaciones en la torre de la Custodia, donde aparecieron los tres primeros peldaños de una escalera muy bien elaborada en obra de yeso y que, como no se encontraron los escombros del resto, se dio en decir que se empezó de obra pero no se continuó y se pondría alguna escalera de palo. Los que aún nos ha tocado construir escaleras con tablero de obra (no de hormigón armado) sabemos que primero se hacía toda la correa (es decir, la rampa sustentante) y, una vez acabada esta, el peldañeado; por tanto, si se formaron esos tres peldaños es porque toda la correa estaba ya construida. ¿No sería más lógico pensar que una edificación tan antigua como esa, en algún momento se arruinase para ser reutilizada tiempo después, para lo cual, todos los escombros serían arrojados ladera abajo? También se le atribuyó cierto uso señorial a esta torre circular de tan solo 5,30 metros de diámetro. En cuanto a su devenir histórico, se atribuyó su construcción a algún noble en el siglo XV y se lanzó la hipótesis de que, durante el siglo siguiente, “la Casa de Ganaderos, muy fuerte en el XVI, fuera la primera interesada en eliminar esa Casa torreada y extender su control sobre el paraje de la Custodia”. Señores míos, la villa de Tauste, desde la Carta de Población de 1138, ejercía el control de estas tierras, con el uso de pastos como destino principal, administrado por la Casa de Ganaderos, sin intromisión de noble o señor alguno, que para eso siempre fue una villa infanzona. Además, ¿para qué habían de destruir los ganaderos una construcción bien hecha que podía servirles de refugio mientras estaban levantando otras para el mismo fin?
Ante la falta de documentación sobre su construcción, ¿qué otros edificios del siglo XV existen para poder relacionar esta construcción por analogías constructivas? ¿Por qué realizaron esa obra con unas técnicas que se habían practicado cinco siglos atrás y no con las propias de su momento?
En 2016 le tocó el turno al yacimiento de la Cruceta (en los tres casos, hablamos de la misma zona geográfica). También se le atribuyó pertenencia a foráneos, en este caso al Hospital de Santa Cristina de Somport, por cierta relación con el castillo de Sora, algo también absurdo por el mismo razonamiento: Sora siempre perteneció a un señor feudal mientras que Tauste solo dependió del propio Rey, y menudos eran los taustanos como para dejarse perder sus privilegios (léase bibliografía al respecto). Además, hoy en día, ese enclave es comunal, lo que significa que nunca ha dejado de serlo, pues, la experiencia demuestra que, cuando algo se ha privatizado en algún momento, ya nunca ha regresado al patrimonio comunal de la villa. Como lo más antiguo que se encontró fue de la época de Jaime I el Conquistador (alguna moneda), pues, ¡hala!, afirmamos que esa construcción militar fue realizada en aquella época, cuando no había ninguna amenaza del exterior de nuestro reino, y nos quedamos tan contentos. Sin embargo, la abandonamos durante la guerra de los Dos Pedros, que entonces sí que nos podíamos ver amenazados por el vecino reino de Castilla. O sea, justo al revés, cuando, a lo mejor, nos podía haber hecho falta.
Se encontró algún resto cerámico islámico pero, como era de mala calidad, se adscribió sin más al siglo XIII, como si en todas las épocas no hubiesen existido artesanos buenos y malos. ¿Había talleres en Aragón, en el siglo XIII, que realizaran este tipo de cerámica en lugar de hacerlo con las técnicas de su propio momento? ¿O es que la trajeron de Granada, por ejemplo, que aún era territorio islámico? ¿A nadie le chirrían semejantes afirmaciones? Cuidadín, que hablamos de una fortaleza militar de más de 1.000 metros cuadrados de superficie. ¿No es más lógico pensar que fuera construida en otra época, abandonada tras siglos de estar en servicio, y reutilizada tiempo después, época a la que pueden pertenecer los enseres ahora allí encontrados, porque lo que pudiese haber quedado de su origen fue desalojado en una necesaria operación de limpieza para su nuevo uso, y de eso aún han podido quedar esos restos cerámicos más antiguos? Quizá si se prospectara toda la ladera que hay bajo ese enclave…
Y volviendo a la Gabardilla, más de lo mismo: se afirma una datación sin nombrar precedentes de otros edificios militares en los que las primeras hiladas de piedra siguen otro formato y otra disposición de sillares dentro de la misma unidad constructiva y de la misma época. Si los hay y los ponen de manifiesto, seré el primero en aplaudir tan brillante deducción, pero permítanme que lo dude porque ya pedí esto mismo para los dos casos anteriores y solo ha habido callada por respuesta.
Además, el arco que describen como de “medio punto”, no lo es tal, sino que es ligeramente apuntado. Pero tan ligeramente que, si fuese claramente apuntado, podríamos datarlo en los siglos XIV-XV, pero es que no lo es y puede ser de cualquier época, y esto está sobre las hiladas que Cabañero dató en el siglo X.
Entre la cerámica encontrada, se han encontrado fragmentos de época romana, luego, para aquel entonces, aquí ya había “vida”. ¿Por qué es tan común en las conclusiones de los investigadores aragoneses aquello que Javier Peña Gonzalvo define con ironía como que “entre Roma y Aragón no hay vida”? Efectivamente, entre el Imperio romano y el reino de Aragón median unos cuantos siglos de oscuridad, pero eso será en Europa -en todo caso-, que, en Alandalús (lo que ahora es España) no, porque hubo un desarrollo muy brillante en todos los aspectos. Recuerdo una conversación con un arqueólogo (no era aragonés) en la que me explicaba lo difícil que es abstraerse uno de todos sus prejuicios, intereses personales o apetencias para dejar que lo que estás descubriendo te lleve a la verdad y no a donde a ti te apetece.
Pero no terminan ahí las incógnitas. Los muros de la Casa tienen aspilleras en su parte alta. Son esas ventanicas que por la parte exterior son muy estrechas (casi como ranuras verticales) y se ensanchan hacia el interior, para poder disparar desde ellas con arcos o ballestas sin que el enemigo te liquide de un flechazo. ¿Por qué hacen estas aspilleras cuando ya existen los arcabuces y, en todo caso, lo que se llevan son las troneras?
No pretendo que todo lo que se encuentre en el término de Tauste sea adscrito a la época islámica (al pan, pan, y al vino, vino), pero parece que seguimos empeñados en echar tierra sobre un pasado de esta tierra tan rico como nuestro (porque no es de nadie más). ¿Qué se pretende ocultar detrás de tantas elucubraciones sin sentido? ¿Hay algún interés en ello? Se me ha dicho que no, pero, perdónenme, después de tanto debate y de tanta letra gastada, ya no me lo creo. Si está absolutamente claro que no es islámico, la verdad debe decirse por encima de todo, pero si existe alguna posibilidad de ello (ya no voy a entrar en que estas posibilidades sean más o menos contundentes) no debe omitirse, como se está haciendo.
La cuestión no es baladí. Cierto es que con esas imprecisiones (por llamarlas de alguna manera) no se deprecia el valor arquitectónico de nuestro patrimonio. Tampoco nos hace falta que nadie nos lo dañe, que ya nos bastamos nosotros solos con nuestra dejadez y la de nuestras administraciones. Pero sí nos devalúan el valor histórico, y ese es muy importante que sea preservado por motivos obvios.
La Asociación Cultural “El Patiaz” viene realizando una labor encomiable desde hace dos décadas, con unos resultados espectaculares en la mayoría de los casos y altamente rentables para Tauste. Convendría que todos los investigadores que se acerquen a ella lo tuvieran en cuenta.

viernes, 11 de noviembre de 2016

EL HOMENAJE A AGUSTÍN SANMIGUEL


AGUSTÍN SANMIGUEL

Durante los pasados días 4 y 5 de noviembre, se han celebrado en Calatayud unas jornadas con motivo del 15º aniversario de la declaración de la arquitectura mudéjar aragonesa como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. En las mismas, se ha aprovechado para homenajear a Agustín Sanmiguel Mateo, fallecido en 2009, por su dedicación y entrega a poner en valor este rico patrimonio. Hace cinco años, escribí un artículo sobre él en el que, entre otras cosas, decía:
Lamentablemente, no tuve el privilegio de conocerle personalmente, pero es mucho lo que me han hablado de él José Miguel Pinilla y Javier Peña. Falleció hace dos años. Efectivamente, tal y como dice el autor del artículo (me refería a un artículo publicado en Heraldo de Aragón por aquellas fechas), fue un bilbilitano (“calatayubí”, como hubiese dicho él) defensor del patrimonio histórico, espíritu inquieto e investigador certero, algo que, en esta tierra nuestra, tan canalla a veces y tan admirable otras, es tarea de gigantes y cabezudos, porque hace falta ser muy gigante (intelectualmente, se entiende) para tener la lucidez que tuvo aquel hombre en el desarrollo de toda su obra, y muy cabezudo, para estar erre que erre, convencido de lo que decía, ante unas instituciones dirigidas por personajes que, en la mayoría de los casos, el mayor aprecio que le hacían era no hacerle aprecio, que es el peor desprecio que se puede hacer a una persona.
Las jornadas han estado muy bien, con un rico contenido y, desde luego, el homenaje tan merecido que se le ha rendido a este personaje también quedó muy emotivo y sincero. Sin embargo, salvo la intervención del arquitecto Javier Peña Gonzalvo, me queda la desazón de que se volvió a pecar de “más de lo mismo”. Trataré de explicarme.
Indudablemente, la temática principal era el mudéjar de la comarca de Calatayud, pero nadie más que Peña habló del ingente trabajo que Agustín dedicó a destacar que una parte de ese patrimonio no fue realizado en época cristiana, sino que es nada menos que el legado andalusí que iba a servir como precedente de la arquitectura mudéjar, encontrándose catalogado erróneamente dentro de la misma. Algo muy relevante y que la pone en un nivel de merecimiento muy especial, teoría que siempre se ha topado con el desprecio de ciertos personajes. Agustín Sanmiguel fue alguien importante, no solo por dinamizar el mudéjar en la región de Calatayud –entre otras muchas cosas-, sino también –y aún más trascendental- por la brillante forma de sistematización que introdujo, abriendo el nuevo campo de la arquitectura islámica de ladrillo, que Javier Peña denominó -ya entonces- como “zagrí” (de Zagr-Alandalús o Aragón andalusí).
Agustín Sanmiguel, en su libro “Torres de ascendencia islámica en las comarcas de Calatayud y Daroca” (una de sus obras más importantes y, por cierto, más alabadas en estas jornadas), dedica un extenso apartado a lo que él llama “torres-alminares” y “torres-atalaya” (casi doscientas páginas, nada menos). Él ya puso de manifiesto la influencia oriental en nuestra arquitectura de ascendencia islámica y afirmaba que, al contrario de lo comúnmente admitido, “almorávides y almohades deben mucho en lo artístico al reino saraqustí”. Sin embargo, en estas jornadas, daba la sensación de que todo ese contenido no hubiese existido nunca.
Destacaba yo en aquel post de hace cinco años que “describe las torres de manera magistral, tanto su estructura como su decoración, algo que, más o menos, se puede encontrar en publicaciones de otros autores, pero, además, establece su relación con otras torres islámicas de Oriente y Occidente. Es admirable la sencillez con que expone sus argumentos, con qué respeto parte siempre de las fuentes académicas, a veces para ratificar lo que las mismas dicen, aunque siempre aportando algo nuevo, producto de su gran capacidad de observación y de síntesis, pero otras para llegar a conclusiones totalmente contrarias. Y con qué elegancia, sin omitir un solo ápice de los argumentos “oficiales” (según los cuales, en Aragón no queda nada del arte andalusí, salvo el Palacio de la Aljafería, y lo demás es todo mudéjar, construido tras la “Reconquista” cristiana), con una honestidad exquisita, va señalando detalles incoherentes con los mismos, de forma que el lector se da cuenta de que esos argumentos van quedando minados poco a poco, hasta quedar prácticamente desmoronados. Ahí entra él, con su tono prudente y humilde, a decir, como el que no quiere la cosa, algo así como ¿y no será que, en realidad, se trata de un edificio de época anterior, un alminar de época islámica?, y ahí es donde el lector, si ha seguido atentamente todo el entramado del asunto, con dibujos y fotografías incluidos, encuentra sosiego pensando “claro, si es que no puede ser otra cosa”.
En el marco de estas jornadas, Javier Peña (que, como decía antes, fue el único que hizo alusión a esta importante faceta de las investigaciones de Agustín Sanmiguel) también se lamentó de que, conforme transcurre el tiempo desde la muerte del personaje, todo esto va quedando en el olvido y que, precisamente en su ciudad (Calatayud), si en algún tiempo y gracias a su labor encomiable se tuvieron en cuenta estas singularidades de nuestro patrimonio, tristemente se ha vuelto ya al "todo mudéjar", es decir, al discurso de siempre en las explicaciones que se ofrecen a las visitas turísticas (“para complacencia de algunos de los que hoy aquí te escuchan, Javier”, pensé yo en aquel momento, sentado entre el público, sin entender esa visceralidad contra todo lo que no haya sido cristiano por muy aragonés que haya sido).
En el Heraldo de Aragón del domingo día 6 aparecía un artículo dedicado a estas jornadas y al homenaje a Agustín Sanmiguel donde se hablaba de “monumentos construidos en la España cristiana después de la Reconquista” y “circunstancias sociales, políticas y económicas que hicieron posible desde el siglo XII que albañiles musulmanes construyeran iglesias cristianas”, dejando totalmente al margen aquello que precisamente jamás debería dejarse de lado y por lo que tanto luchó Agustín Sanmiguel.

Como decía Labordeta (gran amigo suyo que fue, por cierto), “esta tierra es Aragón”.