jueves, 28 de junio de 2012

CARLOS AURENSANZ Y LOS BANU QASI

Conocí su primer libro por casualidad. Había publicado por aquellos días en este blog unos artículos sobre los Banu Qasi y mi buen amigo Manolo se presentó un día en casa con ese libro en la mano. “Toma y léelo, a ver qué te parece –me dijo-, que lo vi el otro día en El Corte Inglés, me acordé de tu blog y lo compré”.

Esa misma noche empecé a devorarlo y me encantó. Una historia fascinante situada en esta misma tierra que nosotros ahora habitamos, y, además, muy bien contada. Hay qué ver lo bien que controla este hombre los tiempos, esa armonía que tiene que haber entre el tiempo que uno invierte en leer un pasaje y la duración real del mismo, descripciones que te recrean en el ambiente, pero sin abusar, para pasar inmediatamente a la narrativa, cómo te mantiene en vilo desde el principio hasta el final. Después, me meto a leer la crítica y veo que una de las cosas que más le alaban es la rigurosidad histórica, ésa que muchos sacrifican o dejan al margen para hacer más entretenida la novela y abusan de catalogarla como “histórica”. Pero a Carlos no le hace falta recurrir a imprecisiones para escribir una gran obra sin salirse del rigor propio de un hombre de ciencias, como es él. De profesión, veterinario, y hasta de eso se sirve magistralmente para introducir alguna curiosidad sobre el conocimiento de los animales, tan habituales entonces en la vida de las personas, y de los que ahora tantas cosas desconocemos.

Pero, claro, tan preciso él que, en toda una historia de idas y venidas entre ciudades como Zaragoza, Tudela, Ejea, Borja, Tarazona, Caparroso, Alfaro, Arnedo, Pamplona, Toledo, Córdoba, etc., todo ello en el siglo IX, no sale Tauste para nada. ¿Cómo iba a salir, si oficialmente nunca había existido?. Sentí la necesidad de contactar con él para contarle lo de nuestro cementerio andalusí, que demuestra que Tauste, en aquella época, era ya una población asentada y de cierta envergadura, existente desde antes de la llegada del Islam a estas tierras del Conde Casio. Le localicé en facebook y le pedí amistad con poca esperanza de que me respondiera. “Sí, a ti te va a responder –me dije yo-, como si no tuviera otras cosas que atender el mozo”, pues estaba en plena recta ascendente del éxito de su primer libro “Banu Qasi. Los Hijos de Casio”, y recién sacado el segundo, “Banu Qasi. La Guerra de al-Ándalus”, con gran aceptación ya desde el principio. Pues miren ustedes que al ratico va y me admite como amigo del face, lo cual aprovecho para mandarle un mensaje privado contándole lo que yo quería, y cual es mi sorpresa cuando recibo un mensaje suyo, esta vez ya a mi propio correo, agradeciéndome la información y prometiéndome que en el tercer libro (es una trilogía) hará lo posible por tenerlo en cuenta.

Ni qué decir tiene que me alegré muchísimo. Le propuse conocernos personalmente, a lo que él aceptó enseguida. La cita fue en su ciudad, Tudela. Acudí con mi amigo José Miguel Pinilla y no podéis imaginaros lo que puede dar de sí una charla de dos horas con este hombre en la terraza de la cafetería Diamante, en la Plaza de los Fueros. Podré parecer adulador y chaquetero si me esfuerzo en decir que es un tío encantador, llano, ameno, asequible, etc., pero prometo que todas estas cualidades las lleva cumplidamente y con toda naturalidad. Comenzamos la charla, cómo no, hablando de sus libros y contándole cómo ahora vas a Tudela y ves la ciudad con otros ojos, pues localizas enseguida muchos escenarios de su historia de doce siglos atrás. Como detalle de su sencillez, aportaré un dato: a los veinte minutos de conversación nos propuso aparcar el tema de su trabajo, que lo que él quería era que le contáramos cosas. Se mostró muy interesado por nuestra visión de la arquitectura islámica en Aragón, corroborando muchos detalles con los conocimientos históricos que él había adquirido en el largo proceso de investigación que le había llevado a lanzarse a la aventura literaria.

En el tono de confianza y desenfado que alcanzó la conversación, llegué a sugerirle el planteamiento de un best seller, tipo “La Catedral del Mar” o “Los Pilares de la Tierra” (“Los Pilares de la Tierra Tahustí”, como dice mi amigo extremeño José Manuel Alonso), con la construcción de nuestro alminar como argumento de fondo, después de concluida la trilogía. “¿Quién sabe?”, pensé. A este hombre no le falta madera, y, desde luego, tiene mucha más que el tal Ildefonso Falcones (aunque las comparaciones sean odiosas, pero lean los Banu Qasi y verán, además de apasionante, todo absolutamente creíble, no como en otros que, como ya están consagrados, parece que no se les cuestiona nada). A lo mejor hasta nos pone a Tauste ya definitivamente en el mapa. Piensen en el montón de visitas turísticas que ahora tiene la Iglesia de Santa María del Mar de Barcelona a cuenta de la novelica de marras, o, más chocante todavía, la catedral de Vitoria, que, aun sin nombrarla Ken Follett en “Un mundo sin fin”, dijo que se refería a ésa y para qué quieren más los vitorianos.

Dentro del tono de broma, Carlos me respondió algo así como que “pues no digo que no”. Puede ser una fantasía, una realidad o ni lo uno ni lo otro, pero lo que sí le auguramos a nuestro Carlos Aurensanz es un seguro y merecido éxito con sus novelas, que ya lo está teniendo.

De momento sabemos que ya ha empezado a escribir el tercer libro, que se va a titular “Banu Qasi. La Hora del Califa”, del que ya hay una gran expectación y que verá la luz en un año, aproximadamente.

El día menos pensado le tendremos en Tauste para enseñarle las tripas de nuestro alminar y el Tahust del siglo XI, tal y como nos tiene prometido.



domingo, 10 de junio de 2012

EL ALMINAR DE TAHUST EN GOOGLE EARTH

Hace meses que tenía que haber publicado este post, pero, entre unas cosas y otras, lo fui dejando y cayó en el olvido. Mea culpa.

Todos sabéis que Google Earth es una herramienta muy entretenida, que le permite a uno desplazarse de forma virtual y sencilla por todo el planeta y ver, a vista de pájaro, en 3D los edificios más importantes del mundo.
Tecleando Tauste, se desciende hasta ver nuestro pueblo, junto al oasis lineal que forman los ríos Arba y Ebro, en medio del desierto. Acercándose más, ya se divisa el trazado urbano, aunque de forma borrosa.

Pues bien, como decía, desde hace ya unos meses, nuestra torre zagrí figura entre todos esos edificios del mundo modelados en 3D para poder ser visitados con esta divertida herramienta y darse una vuelta alrededor del mismo como si fuera un pájaro o pilotara un helicóptero.

La gentileza se la debemos a un valenciano que se llama José Beltrán Carbonell. No somos familia, a pesar del apellido (el mío es con una sola “ele” al final), y creo que no tiene ninguna vinculación con Tauste, por lo que el detalle es aún más de agradecer. Me mandó en su día un correo manifestándome que era seguidor de este blog y que ello le había motivado a llevar a cabo la modelación del “fantástico alminar” (lo entrecomillo porque así es lo calificaba él en su escrito).

Le respondí privadamente ya en su día para agradecerle semejante detalle para con nuestro pueblo, pero merecía aquí una mención especial y aquí va, que, aunque por mi parte no deje de ser una excusa por la tardanza, como suele decirse: “nunca es tarde si la dicha es buena”.

Muchas gracias, José. Espero que te veamos algún día por aquí y poder mostrarte también el interior del alminar. Seguro que te fascinará más todavía y, para nosotros, será un placer.

viernes, 4 de mayo de 2012

LOS HUESOS ERAN DE PLÁSTICO

El otro día, en un acto público (se trataba de la presentación de un libro), oí decir a un historiador algo así como que ellos –los historiadores- hacen Historia a partir del estudio de documentos, mientras que otros la hacen a partir de “otras cosas”. Dicho así, el comentario puede parecer inocuo, pero si uno lo escucha de la forma en que lo dijo, recalcando al final que “nosotros los historiadores, no, sino que siempre nos basamos en documentos”, ya no lo es tanto. Aparte de que el comentario viniera o no al caso (algo forzado estuvo y, por tanto, alguna intención llevaba), está claro que el mensaje hay que interpretarlo en la línea de que “sólo deberían considerarse válidas las interpretaciones de hechos pasados elaboradas por los historiadores”, precisamente por eso, porque se basan en algo tan sólido como la interpretación de los documentos históricos, labor, por supuesto, nada fácil y que requiere una alta cualificación. A mí, que pertenezco a otro colectivo, me parece totalmente legítima la defensa contra cualquier intrusismo, pero, en este caso, lamentablemente, hay otros matices.
Los historiadores han escrito cosas como que Tauste, hasta la llegada de Alfonso I el Batallador, no habría pasado de ser un “lugar fortificado musulmán sin identidad de ciudad”, vamos, algo así como una pequeña fortaleza y cuatro casuchas mal puestas en Barrio Nuevo. Ahora sabemos que ya en el siglo VIII había un cementerio suficientemente consolidado y que, a lo largo de los siglos, alcanzó una gran extensión… ¿en un lugar sin identidad de ciudad?. También se han escrito delicias como que la torre de Santa María fue construida junto con la iglesia. Ahora sabemos que es anterior. ¿A quién se le ocurre hacer primero el campanario y después la iglesia?. Bueno, pues estas cosas las sabemos por evidencias reales y palpables, no por documentos.
No es cierto que los historiadores sólo saquen conclusiones a partir de lo que pone en los documentos. Si no, que nos expliquen ahora de qué documentos han sacado esas teorías que ahora se desmoronan. Quizá habría quedado más sincero decir que “los historiadores somos los únicos legitimados para inventarnos la historia como más nos guste”.
Pero no saquemos las cosas de quicio. No sería justo menospreciar a nadie por haberse equivocado, sean historiadores, arquitectos o lo que sean, que todos somos humanos. Incluso podemos comprender y admirar a esos historiadores que, en un momento dado, se han arriesgado a dar unas conclusiones en base al mejor razonamiento que en cada momento les ha podido asistir, que para todo hay que tener valor, y, más todavía, si se hace con la mejor intención. Pero, si luego se descubre que había error en esos resultados, cuánto mejor harían en reconocerlo sin tapujos, y ya no digamos si, incluso, llegaran a interesarse por ello y a poner su saber y su entusiasmo a disposición de la nueva causa, en lugar de despreciar la labor de otros y enquistarse en el inmovilismo de sus teorías, que más bien parecen querer imponerlas como dogmas. Y eso ya, señores, no es por ahí. Eso ya se llama prepotencia.
No pretendemos usurpar el trabajo de nadie, pero tampoco estamos por admitir que gentes de filosofía y letras nieguen la capacidad de los profesionales de la arquitectura a la hora de “leer” los edificios: la relación entre los mismos (en este caso, torre e iglesia), interpretación de las grietas, materiales, relación de precedencia entre unos elementos constructivos y otros, composición volumétrica, equilibrios de fuerzas, orientaciones, técnicas edificatorias, coherencias e incoherencias constructivas, etc. De igual manera que, si se ha hallado un importante cementerio islámico en Tauste, es porque hubo una población en consonancia y no porque tuvieran el capricho  los musulmanitos de Zaragoza o de Ejea –verbigracia- de traer a enterrar a sus muertecitos a este lugar, en medio de la nada. Por favor.
Por otra parte, hace unas semanas pudimos escuchar una conferencia en la que se hablaba de nuestro pueblo como espacio fronterizo. Es muy respetable que al ponente no le interese para nada el pasado andalusí de Tauste y que el motivo de su charla estuviera centrado en la circunstancia fronteriza entre los reinos de Aragón y Navarra. Pero, si así era, ¿qué interés había en comenzar la exposición con el pasado islámico de la Península, sin nombrar siquiera a Tauste, como si no hubiera existido, conocedor como era de los últimos hallazgos?. ¿Por qué dijo que el primer documento donde aparece Tauste es de 1105, cuando sabe que hay otros anteriores, como el de 1086, en el que se habla de esta “población musulmana”?. Si en algún momento de la Historia ha sido especialmente relevante la condición fronteriza del valle medio del Ebro fue durante aquellos cuatro siglos, entre los mundos musulmán y cristiano, entre Oriente y Occidente, que, indudablemente, labró un carácter, una idiosincrasia y una cultura que luego trajo mucha cola.
Ciertamente, son actitudes que decepcionan, porque, omitir cosas así, cuando se es consciente del gran reto al que se enfrenta “El Patiaz” y las grandes dificultades que le esperan, no es algo inocente. No aprovechar la gran audiencia que allí había (autoridades políticas y personas relevantes del mundo de la cultura y de los medios informativos), para siquiera nombrarlo, es la manera más eficaz de echar tierra encima, porque la masa está acostumbrada a oír lo de siempre, cuesta mucho conseguir que calen las novedades y basta con echar el mismo discurso de siempre para que todo vuelva a quedar como estaba. Más bien pareció aprovechar el hecho de que allí había una nutrida audiencia (incluidas personas relevantes, como digo) para darle un corte de mangas a nuestro pasado andalusí, omitiéndolo en el contexto donde le correspondía de manera tan significativa y que bien podía haberse ahorrado.
Se trata del mismo rodillo aplastante que vienen empleando las autoridades de Historia de la Universidad de Zaragoza a lo largo de las últimas décadas: dar la callada por respuesta, que no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.
Pero, en fin, más de lo mismo de lo que exponía en el artículo anterior (pulsar en “Los otros españoles”). Al final, poco a poco, con tesón, con perseverancia, a pesar de todo, porque no nos motiva otra cosa que el reconocimiento del verdadero valor de nuestro patrimonio, las cosas van saliendo.
Sinceramente, para terminar, fue más de agradecer el caso de otra persona que recientemente fue entrevistada en la radio. Yo no la oí, pero me dijeron que había hablado sobre la torre de Santa María de Tauste, explicando que había sido construida por los mudéjares ya como campanario, al servicio de los cristianos, pero que había unos arquitectos que sostenían que pudo ser un alminar, para terminar concluyendo que él, personalmente, prefería pensar que hubiera sido construida por los cristianos. Muy respetable, claro que sí, y, como decía, por lo menos es de agradecer su mención a las nuevas consideraciones, sobre todo, teniendo en cuenta el sentimiento sincero que manifestó acerca del tema. Mi sentimiento, en cambio, es que, a mí, lo que me ilusiona es pensar que, religiones aparte, fueron taustanos de dos siglos antes los que la levantaron, y no precisamente imitando lo que hacían los musulmanes de Andalucía, sino creando una arquitectura propia que luego serviría de modelo para buena parte del mundo occidental. Y a los que tuvieron la desfachatez de excluirla en la Expo de Zaragoza, que les den.
Como suele ocurrir en nuestro querido Aragón, los mejores amigos siempre los tenemos en casa. A veces me dan ganas de decir que no, que los huesos que encontramos en la avenida Obispo Conget eran de plástico, pero que los científicos del CSIC de Madrid que los analizaron por el método del Carbono 14 no se debieron de dar cuenta y pensaron que eran milenarios. Después, también tendré que invertarme cómo se hace una torre campanario con las hiladas rejuntadas ya desde su base para después ocultarlas con la pared de la iglesia, y unas ventanas tan estrechicas que luego hay que romperlas para poner las campanas.

viernes, 20 de abril de 2012

LOS OTROS ESPAÑOLES

Varios autores cuentan en “Los otros españoles 19 Pliegos de Encuentro Islamo-Cristiano” que, en la fachada de la Biblioteca Nacional de Madrid (paseo Recoletos), se encuentran representados unos cuantos personajes seleccionados como la flor y nata de la cultura española. Así, tenemos las estatuas de san Isidoro de Sevilla, Alfonso X el Sabio, Nebrija, Luis Vives, Lope de Vega y Cervantes, y, representados en medallones sobre la propia fachada, las imágenes de Calderón de la Barca, fray Luis de León, Juan de Mariana, Quevedo, Garcilaso de la Vega, Diego Hurtado de Mendoza, Ana Montes, santa Teresa de Jesús, Antonio Agustín, Tirso de Molina y Nicolás Antonio. No podemos entrar a criticar si sobran o faltan personajes pues es imposible establecer un criterio irrevocable para seleccionar tan pocas personalidades de entre las muchas ilustres que han habido en España, aunque, de momento, huele bastante a castellanismo, como toda la historia que se nos ha contado en la escuela (preferencia de lo castellano sobre los otros reinos o estados que hubo en esta península). Pero hay algo muy evidente en el criterio de selección de esos personajes. Resulta que el más antiguo de ellos es Isidoro de Sevilla, que murió en 636 y, el que le sigue en fecha es Alfonso X el Sabio, que murió en 1284. Los demás son ya posteriores. Entre esos dos personajes existe un paréntesis de seis siglos y medio. ¿Qué pasa, que en ese gran periodo de tiempo esta piel de toro no dio ninguna cabecica digna de destacar?

Hablamos de una época en la que España fue el centro cultural más importante de Occidente. Que desde Córdoba, Toledo y Zaragoza se irradió la cultura clásica hacia el resto de Europa siglos antes de producirse el Renacimiento. Se niega la identidad española a muchos hijos ilustres de esta tierra, en todos los campos del saber, como si se tuviera miedo de lo que hubo en Alandalús o se sintiera horror por nuestra historia. Esta tierra produjo una legión de sabios y científicos, españoles todos ellos, como Ben Quzmán (literato cordobés), Averroes (pensador cordobés), Ibn Hayyan (también cordobés, el más grande historiador de toda la Edad Media Hispánica, tanto árabe como cristiana, hasta llegar a Ibn Jaldun y Alfonso X el Sabio), Ibn Al-Arabí (filósofo murciano), Ibn Masarra (filósofo cordobés), Ibn Abbad (místico rondeño), Ibn Sa’id Al-Andalusí (filósofo almeriense que convierte a Toledo en uno de los primeros núcleos intelectuales del mundo, en el siglo XI), Ibn Tufayl (pensador granadino), Ibn Al-Baytar (botánico malagueño), Muhammad Al-Gafiqí (oftalmólogo cordobés), Abul Qasim Al-Zahrauí (cirujano cordobés del siglo XI, quien practicaba la traqueotomía, cauterizaba el cáncer, operaba de bocio, etc., del que se imprimieron sus obras durante el Renacimiento europeo y fue objeto de culto, menos en España), Azarquiel (astrónomo toledano), Maslama Al-Mayrití (filósofo y astrónomo madrileño del siglo X, el “Euclides” de España, de quien, mientras en Europa se admiraba su obra, en España la Inquisición del siglo XV la anatemizaba), Yahya Al-Gazal (poeta jienense), Hasday Ben Shaprut (médico judío cordobés), Yequtiel ben Isaac (poeta judío zaragozano del siglo XI), Abd Allah ibn Ahmad as-Saraqustí y Ali ibn Ahmad ibn Daud (matemáticos y astrónomos zaragozanos del siglo XI), Ibrahim ibn Idris Al-Tuyibí (matemático y astrónomo calatayubí), Yusef ibn Hasday (intelectual judío zaragozano), Ibn as-Saffar as-Saraqustí y Abú abd as-Samad as-Saraqustí (poetas zaragozanos), Alí al-Kirmaní (matemático, filósofo y médico cordobés, que desarrolló gran parte de su obra en Zaragoza), Avempace (gran filósofo zaragozano que desarrolló el pensamiento de Aristóteles), Ibn Paquda (escritor, poeta y filósofo judío zaragozano), Al-Yazzar Al-Saraqusti (poeta zaragozano del siglo XI), Ibn Buqlaris (médico zaragozano judío, autor de un importante tratado de farmacología), Levi ben Yacub ben at-Tabban (poeta y filólogo judío zaragozano)... y un largo etcétera.

La exclusión de todo este elenco de personajes ilustres españoles, que debería llenarnos de orgullo como los que se encuentran en la fachada de la Biblioteca Nacional, tiene sus raíces en la intransigencia cerril y la enfermiza unidad excluyente iniciada por el cardenal Cisneros con la quema masiva de libros escritos en lengua árabe, en la plaza de Bib-Rambla de Granada. Como diría el poeta alemán Heinrich Heine, allí donde queman libros, acaban quemando hombres, y así fue. Se confundió “unidad” con “uniformidad” y se llevó a cabo esa pretendida “unidad” (cuyos verdaderos motivos habría que buscarlos más en el afán de apropiarse de lo ajeno que en una auténtica vocación de crear un gran país) mediante la anulación del otro, aun por los métodos más crueles.

No se trata de pintar como un mundo idílico aquel de la convivencia entre las tres culturas hasta que llegaron los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros, pero sí que debemos aprender a distinguir entre andalusíes (musulmanes españoles) y musulmanes extranjeros que, en diferentes momentos de la historia, invadieron esta tierra con sus ejércitos, tratando de imponer su fanatismo e intolerancia religiosa. Se les mete en el mismo saco para confundirles en lo maligno, intencionadamente, quizá para echar tierra sobre muchas barbaridades cometidas con aquellos, con los españoles -con los nuestros-, de las cuales hace ya cuatro siglos. Esto se comprende fácilmente si pensamos que hubo una larga época en la que ser musulmán en España era algo tan natural por haber nacido en este país como lo es ahora ser cristiano por la misma razón. Eso no significa que aquéllos fueran menos españoles que nosotros, cuando tenían generaciones y generaciones de antepasados, todas ellas nativas de la misma tierra.

El caso es que, desde entonces, se impuso una implacable campaña educativa por la cual se excluía de la condición de español todo lo que no fuera cristiano, consiguiendo de esa forma que llegáramos a considerarlo como extranjero sin cuestionarlo siquiera, cuando, realmente, era tan español como todo lo demás. Desde luego, ni era marroquí, ni argelino, ni tunecino, ni nada por el estilo. Así les fue a los pobres moriscos expulsados en 1610 tras más de un siglo de conversión forzosa al cristianismo (en Aragón más del 20% de la población, muchos de ellos ya cristianos convencidos), que, cuando llegaron a las costas del Magreb, fueron cruelmente recibidos por los habitantes de allí, para los cuales, los recién llegados, no eran “hermanos musulmanes” sino “cristianos españoles”, de tez tan blanca como la nuestra.

El resultado fue que se pusieron todos esos siglos entre paréntesis y se borraron todos esos nombres del álbum familiar. Una auténtica traición a la Historia. Se “reconquistó” la tierra, sí, pero no la cultura, y han tenido que ser plumas extranjeras las que nos escribieran la Historia de Alandalús, entre otras cosas, porque nuestros historiadores, además de poseer una actitud visceral contra lo árabe (mentalidad adquirida por esa educación impuesta a partir de entonces), carecían, en general, de unos mínimos conocimientos de la lengua y de la cultura árabes, necesarios para poder acercarse a ellos, carencia que, al parecer, persiste en la actualidad. Obras de algunos de estos genios universales hay que leerlas en inglés o en francés, porque no se han traducido todavía al español.

No podemos valorar lo andalusí porque apenas lo conocemos, y no lo podemos conocer porque nos lo niegan deliberadamente, como vienen haciendo con la arquitectura zagrí, ésta que se desarrolló en Aragón en el siglo XI, que es nuestra y sólo nuestra.

viernes, 6 de abril de 2012

CHARLA EN AZUARA




Ayer, día de Jueves Santo, fuimos a Azuara Javier Peña, José Miguel Pinilla y yo, invitados por la Asociación Cultural “Zauril”, para dar una charla sobre el origen de la arquitectura mudéjar en Aragón y las particularidades del patrimonio mudéjar y zagrí de esa localidad, de la que ya escribí un artículo con motivo de una visita que hicimos en enero de este año.

Todo lo que pudiera expresar sería poco sobre las buenas atenciones de que fuimos objeto por parte de los azuarinos y, muy especialmente, por los miembros “zauriles”. En cuanto al éxito o fracaso de esa charla no las teníamos todas: Jueves Santo, 4 de la tarde y, además, partido de fútbol, que siempre es un serio e implacable competidor para este tipo de eventos. Lugar: Salón de Plenos del Ayuntamiento.


A las cuatro menos diez, con el salón todavía casi vacío de personas, considerábamos como éxito rotundo una afluencia de treinta personas, dadas las circunstancias expuestas, para un pueblo de unos 700 habitantes. Pues bien, esa cifra se duplicó, para asombro y satisfacción nuestra y de los organizadores. Incluso vimos a algún taustano que se había desplazado expresamente hasta allí para escucharnos, detalle entrañable y muy de agradecer.


Empezamos a las cuatro y cuarto. Ya saben, problemas técnicos de última hora con el proyector, el ordenador portátil, el cable de conexión, la pantalla, etc., aparte de esos diez minutos de cortesía que se suelen dar para los que llegan con la hora más ajustada. Nos habíamos planteado no durar más de una hora con nuestra exposición, para no cansar demasiado al público, pero se nos fue la mano y nos fuimos a media hora más. Yo me encontraba encantado y gratamente sorprendido viendo que casi nadie abandonaba el salón, no sólo hasta el final de la exposición, sino que, al finalizar la misma y comenzar el apartado de preguntas, la intervención por parte del público asistente resultó muy nutrida e interesante, poniendo de manifiesto el alto nivel y el gran interés demostrado. Todo ello, a pesar de que ya se acercaba la hora de los actos propios del Jueves Santo.


Terminada la charla, nos llevaron a ver un certamen de fotografía sobre el arte mudéjar, donde tuve también la grata sorpresa de ver, entre todas las fotografías allí expuestas, tres de la torre e iglesia de Santa María de Tauste, cuya autora era Carla Carcas, a quien también hay que agradecer la aportación que ello supone para dar a conocer de nuestro patrimonio en otras localidades.

Desde aquí, mis palabras de agradecimiento al pueblo de Azuara y, muy especialmente, a los miembros de la Asocación Cultural “Zauril”.

jueves, 15 de marzo de 2012

UNA DE MOROS Y CRISTIANOS

Esta vez voy a contar una batallita de ésas que le gustan a mi amigo José Manuel.

Corría el año 1064. Aragón era un pequeño territorio situado allá arriba, en los Pirineos, regido por el rey Sancho Ramírez. Ocupando buena parte de la Marca Superior de Alandalús (Valle del Ebro), estaba el reino de Saraqusta, cuyo monarca era el zaragozano Abú Yafar Ahmad I ibn Sulaymán, de la dinastía de los Banu Hud.

El papa Alejandro II había impulsado una cruzada transpirenaica, en el marco político creado tras una serie de enlaces matrimoniales entre reinos peninsulares cristianos y casas condales francesas. Las gentes de un medio tan agreste como el Pirineo ambicionaban las riquezas del Valle del Ebro y, bajo la coordinación de Sancho Ramírez, se montó un gran ejército en el que, además de sus propias fuerzas militares, figuraban caballeros franceses y catalanes, entre ellos el obispo de Vich y el conde Ermengol III de Urgel, yerno del rey aragonés.


El ejército cruzado-aragonés se dirigió contra Barbastro, importante ciudad comercial de Zagr-Alandalús, que se encontraba bajo la jurisdicción del señor de Lérida, Yusuf al-Muzaffar, hermano de nuestro Ahmad de Zaragoza. Tras cuarenta días de terrible asedio, tomaron la ciudad, ejecutaron a muchos de sus habitantes y se apropiaron de un gran botín. Llegó a decir un cronista que “nunca habían actuado así contra los musulmanes”.


Visto desde la perspectiva de hoy en día, nos podrá parecer irrelevante que un ejército europeo se adueñe de Barbastro, pero entonces no era así. El éxito de los cristianos entusiasmó de manera importante al espíritu cruzado europeo, tanto por el factor del ideal religioso como por el interés económico, pero, sobre todo, por la sugestión que producía en la Europa de aquellos tiempos la cultura superior de la España musulmana. Boissonnade describía el feudalismo francés como algo rudo, interesado y ambicioso, que buscaba su compensación en las conquistas contra el Islam.


Se tiene constancia del gusto de los atacantes por la vida refinada de Alandalús a través del relato de un comerciante judío que acudió a Barbastro a pagar el rescate de la hija de un personaje musulmán, cautiva por uno de los jefes cristianos. Contaba que éste había arabizado sus vestidos y costumbres, se jactaba de las riquezas logradas, se complacía en el canto andalusí y hasta había llegado a chapurrear árabe.


Pero les duró poco la fiesta. Yusuf al-Muzaffar recurrió a su hermano, el rey de Saraqusta, y éste, a su vez, a todo Alandalús, para recuperar Barbastro. En abril de 1065 partió de la Almozara un gran ejército, con el rey Ahmad I a la cabeza, compuesto por “gentes de la frontera” (es decir, de su propio territorio), más los refuerzos enviados por los amigos soberanos del resto de Alandalús, todo ello con gran alboroto de fanfarrias y chirimías, que se ve que a eso ya eran aficionados desde muy antiguo. Sitiaron Barbastro y dicen que seis mil arqueros cubrieron a los zapadores zaragozanos mientras éstos socavaban las murallas de la ciudad y las apuntalaban con maderos, para luego prenderles fuego y derrumbarlas. De esa forma, consiguieron reconquistar Barbastro, el 19 de abril de 1065.


Ahmad I regresó triunfal a Zaragoza y, desde entonces, recibió el sobrenombre de “Al-Muqtadir Billáh” (Poderoso gracias a Dios). Fue quien mandó construir el palacio más rico de todos los construidos en la Península a lo largo del siglo XI y que recibió el nombre de “al-yafariya”(Aljafería), de su nombre Yafar.


Podrá parecer que todo esto lo cuento exagerando la gloria de los musulmanes zagríes, pero he de advertir que esta historia la he extraído de un libro titulado “Aragón musulmán”, cuya autora es María Jesús Viguera, la cual no creo que pueda ser sospechosa de ponderar tales cosas, cuando trata de "reyes" a los monarcas de un reino tan pequeño como lo era Aragón en aquellos tiempos, pero llama "régulos" (reyezuelos) a los que reinaban en estas tierras nuestras.

Cabe suponer, lógicamente, que, entre los reclutados para tal empresa militar, habría taustanos (cómo no, siendo Tahust una población importante de aquel reino, no se librarían, seguro). También hay que decir que se trata de una de las pocas acciones bélicas en las que los bandos combatientes se dividen claramente entre cristianos y musulmanes, pues siempre estaban a la greña tanto los moros entre sí, como los cristianos entre sí, como los unos contra los otros, y se aliaban de la forma que más podía convenirles en cada momento, sin distinciones de religión.

Durante el reinado de Ahmad I al-Muqtadir, la taifa de Saraqusta alcanzó su máximo esplendor. En ese largo periodo de tiempo (1046-1081) tuvo que realizarse buena parte de la arquitectura zagrí que hoy conocemos. La fecha más probable para la construcción del alminar de Tauste entra dentro de ese arco.


Era habitual celebrar las grandes victorias mediante la construcción de monumentos. Si en algún lugar se levantó alguno en conmemoración de aquella batalla tuvo que ser en Zaragoza, lógicamente, pero tampoco hay por qué pensarlo así, de manera excluyente. El gran tamaño del alminar de Tauste tiene su explicación en el uso de atalaya, como puesto de vigilancia de las rutas comerciales de los ríos Arba y Ebro y contacto visual con otros enclaves estratégicos. Pero esa riqueza arquitectónica que además posee parece indicar algo más que todo eso: una demostración del poder hudí frente a los cristianos del Norte, algo así como “aquí estoy yo”. Todavía hoy, por aquí, se la llama “la bien plantada”.

¿Tendrá algo que ver nuestra torre con la reconquista de Barbastro por Al-Muqtadir?
Nunca lo sabremos.

domingo, 4 de marzo de 2012

LOS BANU QASI (3)

Hace un par de meses que acabé de leer la novela “Banu Qasi, los hijos de Casio”, de Carlos Aurensanz. Tengo que decir que me encantó. Goza de una crítica estupenda, sobre todo en lo referente al rigor histórico. Se ve que el autor se ha trabajado bien un amplio proceso de investigación para situar convenientemente a los personajes de su novela en el contexto histórico en que les tocó vivir. Naturalmente, en toda esa fascinante historia del siglo IX, de ires y venires entre Tudela y Zaragoza, Ejea, Tarazona, Alfaro, Calahorra, Pamplona, …, Toledo, Córdoba, etc., no aparece Tauste para nada. No podemos culpar de ello a su autor. Como decía, él se ha empapado bien de todos los datos documentales que ha investigado y, en ellos, no aparece Tauste, de donde lo lógico es deducir que Tauste no existía.


Sin embargo, sabemos que sí. Ahí están los personajes que vivieron en nuestro pueblo en aquella fascinante etapa de la Marca Superior de Alandalús. Podrá no aparecer en las fuentes escritas, pero nadie puede negar que donde hay un cementerio de considerables dimensiones y elevada densidad de enterramientos es porque había una población importante, y ése es el caso de Tauste. Aparece un “Autais” en las fuentes, localizado por Antonio Ubieto, quien dice que bien podría tratarse de Tauste. ¿Quién sabe?.

Esperemos que llegue al conocimiento de Carlos Aurensanz para que, si le apetece, pueda hacer justicia a nuestro pueblo en alguna novela posterior, que nunca es tarde, y más para una pluma tan privilegiada como la suya. Una especie de “Pilares de la Tierra”, pero con la construcción del alminar de Tahust o qué sé yo. Sería un puntazo.´


Ahora tengo ganas de hincarle el diente a su segundo libro, “Banu Qasi, la guerra de Al Ándalus”, que dicen que es buenísimo también.


La verdad es que me ha pillado en medio de toda esta curiosidad despertada por el hallazgo de nuestros paisanos de aquella época, cuando todos pensábamos que serían del siglo XI, como muy antiguos. Posiblemente, aquel buen mozo cuya tumba fue calificada como la islámica más antigua de Aragón, fuera un cristiano convertido al Islam, contemporáneo de aquel conde Casio que dio origen a todo ese linaje de los Banu Qasi. Ahí es nada. Y me han hecho reflexionar ciertos aspectos que el otro día comentaba con José Miguel Pinilla.

Él me hablaba del reflejo curioso de lo que Navarra es en la actualidad, respecto del origen que tuvo, producto de la síntesis entre los territorios vascones del Norte y la Ribera del Ebro, al Sur de esa comunidad. Para un navarro que se precie, tiene que ser muy sugerente descubrir el origen de su personalidad histórica como el resultado de una gran complicidad entre los vascones del Norte y los habitantes de la Ribera, cristianos los primeros (Iñigo Arista, primer rey de Pamplona) y musulmanes los segundos (los Banu Qasi), pero hermanos de sangre, donde la diferencia de religión no fue obstáculo para mantener una estrecha relación y defender unos intereses comunes, pues los vascones sirvieron de protección a los Banu Qasi contra posibles agresiones de los francos, y éstos a los primeros contra posibles agresiones del mundo islámico, lo que hizo posible el nacimiento del reino de Pamplona (luego Navarra), por un lado, y el alto nivel de independencia de toda esta parte del Valle del Ebro respecto del resto de Al-Andalús.

A partir de aquí, uno va reflexionando y se da cuenta de las similitudes con la situación actual. Es curioso ver cómo después de seis siglos de frontera, entre los siglos XII y XVIII, entre los reinos de Aragón y Navarra, donde ahí estaba Tauste, expuesto a todos los vapuleos que le pudieran venir como consecuencia de encontrarse en primera línea, esa muga se desdibuja y queda borrada casi por completo, salvo las desigualdades que derivan de una diferente legislación por pertenecer a distintas comunidades autónomas. Pero, por encima de ello, lo verdaderamente palpable es la estrecha relación entre todos estos pueblos. Pensemos, por ejemplo, que tenemos mucho más que ver con las gentes de Fustiñana, Cortes o Tudela, por decir algo, que con las de Sádaba, Luesia o Sos del Rey Católico, por decir algo, también.

Aparte de la similitud en el paisaje y en el medio de vida agrícola, cuántos jóvenes de aquí –hasta hace pocos años- pasarían de ir a Huesca para las fiestas de San Lorenzo, pero ningún año se perderían las de San Fermín, en Pamplona, y, ya no digamos, las de Tudela. Y eso, entre Tauste y Tudela, que entre Tarazona y Tudela, por nombrar a otra ciudad aragonesa en la muga, ya no digamos.


Aspectos tan evidentes como que aquí vengan a tocar el Dance los dulzaineros de Estella desde tiempos ha, que se toque como marcha en nuestro Rosario de Cristal algo tan vasco como es el himno de San Ignacio de Loyola y lo sintamos tan nuestro, la similitud de ciertas partes del Dance Tauste con otras danzas de la Ribera y la posible procedencia vascona de algunas de ellas, el gusto aquí por la jota navarra y, al otro lado de esa muga, por la jota aragonesa, etc. etc., le hacen pensar a uno en lo desdibujada que está esa muga para lo que fue durante nada menos que seis siglos y lo mucho que ya ha caído en el olvido, afortunadamente, y le hacen evocar aquellos tiempos en los que la condición fronteriza entre dos mundos tan opuestos, como el islámico y el cristiano, hizo que sus gentes forjaran unas estructuras sociales y una forma de relacionarse que ahora, doce siglos después, y a pesar de esos seis siglos de paréntesis entre medio, todavía perdura.