viernes, 20 de abril de 2012

LOS OTROS ESPAÑOLES

Varios autores cuentan en “Los otros españoles 19 Pliegos de Encuentro Islamo-Cristiano” que, en la fachada de la Biblioteca Nacional de Madrid (paseo Recoletos), se encuentran representados unos cuantos personajes seleccionados como la flor y nata de la cultura española. Así, tenemos las estatuas de san Isidoro de Sevilla, Alfonso X el Sabio, Nebrija, Luis Vives, Lope de Vega y Cervantes, y, representados en medallones sobre la propia fachada, las imágenes de Calderón de la Barca, fray Luis de León, Juan de Mariana, Quevedo, Garcilaso de la Vega, Diego Hurtado de Mendoza, Ana Montes, santa Teresa de Jesús, Antonio Agustín, Tirso de Molina y Nicolás Antonio. No podemos entrar a criticar si sobran o faltan personajes pues es imposible establecer un criterio irrevocable para seleccionar tan pocas personalidades de entre las muchas ilustres que han habido en España, aunque, de momento, huele bastante a castellanismo, como toda la historia que se nos ha contado en la escuela (preferencia de lo castellano sobre los otros reinos o estados que hubo en esta península). Pero hay algo muy evidente en el criterio de selección de esos personajes. Resulta que el más antiguo de ellos es Isidoro de Sevilla, que murió en 636 y, el que le sigue en fecha es Alfonso X el Sabio, que murió en 1284. Los demás son ya posteriores. Entre esos dos personajes existe un paréntesis de seis siglos y medio. ¿Qué pasa, que en ese gran periodo de tiempo esta piel de toro no dio ninguna cabecica digna de destacar?

Hablamos de una época en la que España fue el centro cultural más importante de Occidente. Que desde Córdoba, Toledo y Zaragoza se irradió la cultura clásica hacia el resto de Europa siglos antes de producirse el Renacimiento. Se niega la identidad española a muchos hijos ilustres de esta tierra, en todos los campos del saber, como si se tuviera miedo de lo que hubo en Alandalús o se sintiera horror por nuestra historia. Esta tierra produjo una legión de sabios y científicos, españoles todos ellos, como Ben Quzmán (literato cordobés), Averroes (pensador cordobés), Ibn Hayyan (también cordobés, el más grande historiador de toda la Edad Media Hispánica, tanto árabe como cristiana, hasta llegar a Ibn Jaldun y Alfonso X el Sabio), Ibn Al-Arabí (filósofo murciano), Ibn Masarra (filósofo cordobés), Ibn Abbad (místico rondeño), Ibn Sa’id Al-Andalusí (filósofo almeriense que convierte a Toledo en uno de los primeros núcleos intelectuales del mundo, en el siglo XI), Ibn Tufayl (pensador granadino), Ibn Al-Baytar (botánico malagueño), Muhammad Al-Gafiqí (oftalmólogo cordobés), Abul Qasim Al-Zahrauí (cirujano cordobés del siglo XI, quien practicaba la traqueotomía, cauterizaba el cáncer, operaba de bocio, etc., del que se imprimieron sus obras durante el Renacimiento europeo y fue objeto de culto, menos en España), Azarquiel (astrónomo toledano), Maslama Al-Mayrití (filósofo y astrónomo madrileño del siglo X, el “Euclides” de España, de quien, mientras en Europa se admiraba su obra, en España la Inquisición del siglo XV la anatemizaba), Yahya Al-Gazal (poeta jienense), Hasday Ben Shaprut (médico judío cordobés), Yequtiel ben Isaac (poeta judío zaragozano del siglo XI), Abd Allah ibn Ahmad as-Saraqustí y Ali ibn Ahmad ibn Daud (matemáticos y astrónomos zaragozanos del siglo XI), Ibrahim ibn Idris Al-Tuyibí (matemático y astrónomo calatayubí), Yusef ibn Hasday (intelectual judío zaragozano), Ibn as-Saffar as-Saraqustí y Abú abd as-Samad as-Saraqustí (poetas zaragozanos), Alí al-Kirmaní (matemático, filósofo y médico cordobés, que desarrolló gran parte de su obra en Zaragoza), Avempace (gran filósofo zaragozano que desarrolló el pensamiento de Aristóteles), Ibn Paquda (escritor, poeta y filósofo judío zaragozano), Al-Yazzar Al-Saraqusti (poeta zaragozano del siglo XI), Ibn Buqlaris (médico zaragozano judío, autor de un importante tratado de farmacología), Levi ben Yacub ben at-Tabban (poeta y filólogo judío zaragozano)... y un largo etcétera.

La exclusión de todo este elenco de personajes ilustres españoles, que debería llenarnos de orgullo como los que se encuentran en la fachada de la Biblioteca Nacional, tiene sus raíces en la intransigencia cerril y la enfermiza unidad excluyente iniciada por el cardenal Cisneros con la quema masiva de libros escritos en lengua árabe, en la plaza de Bib-Rambla de Granada. Como diría el poeta alemán Heinrich Heine, allí donde queman libros, acaban quemando hombres, y así fue. Se confundió “unidad” con “uniformidad” y se llevó a cabo esa pretendida “unidad” (cuyos verdaderos motivos habría que buscarlos más en el afán de apropiarse de lo ajeno que en una auténtica vocación de crear un gran país) mediante la anulación del otro, aun por los métodos más crueles.

No se trata de pintar como un mundo idílico aquel de la convivencia entre las tres culturas hasta que llegaron los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros, pero sí que debemos aprender a distinguir entre andalusíes (musulmanes españoles) y musulmanes extranjeros que, en diferentes momentos de la historia, invadieron esta tierra con sus ejércitos, tratando de imponer su fanatismo e intolerancia religiosa. Se les mete en el mismo saco para confundirles en lo maligno, intencionadamente, quizá para echar tierra sobre muchas barbaridades cometidas con aquellos, con los españoles -con los nuestros-, de las cuales hace ya cuatro siglos. Esto se comprende fácilmente si pensamos que hubo una larga época en la que ser musulmán en España era algo tan natural por haber nacido en este país como lo es ahora ser cristiano por la misma razón. Eso no significa que aquéllos fueran menos españoles que nosotros, cuando tenían generaciones y generaciones de antepasados, todas ellas nativas de la misma tierra.

El caso es que, desde entonces, se impuso una implacable campaña educativa por la cual se excluía de la condición de español todo lo que no fuera cristiano, consiguiendo de esa forma que llegáramos a considerarlo como extranjero sin cuestionarlo siquiera, cuando, realmente, era tan español como todo lo demás. Desde luego, ni era marroquí, ni argelino, ni tunecino, ni nada por el estilo. Así les fue a los pobres moriscos expulsados en 1610 tras más de un siglo de conversión forzosa al cristianismo (en Aragón más del 20% de la población, muchos de ellos ya cristianos convencidos), que, cuando llegaron a las costas del Magreb, fueron cruelmente recibidos por los habitantes de allí, para los cuales, los recién llegados, no eran “hermanos musulmanes” sino “cristianos españoles”, de tez tan blanca como la nuestra.

El resultado fue que se pusieron todos esos siglos entre paréntesis y se borraron todos esos nombres del álbum familiar. Una auténtica traición a la Historia. Se “reconquistó” la tierra, sí, pero no la cultura, y han tenido que ser plumas extranjeras las que nos escribieran la Historia de Alandalús, entre otras cosas, porque nuestros historiadores, además de poseer una actitud visceral contra lo árabe (mentalidad adquirida por esa educación impuesta a partir de entonces), carecían, en general, de unos mínimos conocimientos de la lengua y de la cultura árabes, necesarios para poder acercarse a ellos, carencia que, al parecer, persiste en la actualidad. Obras de algunos de estos genios universales hay que leerlas en inglés o en francés, porque no se han traducido todavía al español.

No podemos valorar lo andalusí porque apenas lo conocemos, y no lo podemos conocer porque nos lo niegan deliberadamente, como vienen haciendo con la arquitectura zagrí, ésta que se desarrolló en Aragón en el siglo XI, que es nuestra y sólo nuestra.

viernes, 6 de abril de 2012

CHARLA EN AZUARA




Ayer, día de Jueves Santo, fuimos a Azuara Javier Peña, José Miguel Pinilla y yo, invitados por la Asociación Cultural “Zauril”, para dar una charla sobre el origen de la arquitectura mudéjar en Aragón y las particularidades del patrimonio mudéjar y zagrí de esa localidad, de la que ya escribí un artículo con motivo de una visita que hicimos en enero de este año.

Todo lo que pudiera expresar sería poco sobre las buenas atenciones de que fuimos objeto por parte de los azuarinos y, muy especialmente, por los miembros “zauriles”. En cuanto al éxito o fracaso de esa charla no las teníamos todas: Jueves Santo, 4 de la tarde y, además, partido de fútbol, que siempre es un serio e implacable competidor para este tipo de eventos. Lugar: Salón de Plenos del Ayuntamiento.


A las cuatro menos diez, con el salón todavía casi vacío de personas, considerábamos como éxito rotundo una afluencia de treinta personas, dadas las circunstancias expuestas, para un pueblo de unos 700 habitantes. Pues bien, esa cifra se duplicó, para asombro y satisfacción nuestra y de los organizadores. Incluso vimos a algún taustano que se había desplazado expresamente hasta allí para escucharnos, detalle entrañable y muy de agradecer.


Empezamos a las cuatro y cuarto. Ya saben, problemas técnicos de última hora con el proyector, el ordenador portátil, el cable de conexión, la pantalla, etc., aparte de esos diez minutos de cortesía que se suelen dar para los que llegan con la hora más ajustada. Nos habíamos planteado no durar más de una hora con nuestra exposición, para no cansar demasiado al público, pero se nos fue la mano y nos fuimos a media hora más. Yo me encontraba encantado y gratamente sorprendido viendo que casi nadie abandonaba el salón, no sólo hasta el final de la exposición, sino que, al finalizar la misma y comenzar el apartado de preguntas, la intervención por parte del público asistente resultó muy nutrida e interesante, poniendo de manifiesto el alto nivel y el gran interés demostrado. Todo ello, a pesar de que ya se acercaba la hora de los actos propios del Jueves Santo.


Terminada la charla, nos llevaron a ver un certamen de fotografía sobre el arte mudéjar, donde tuve también la grata sorpresa de ver, entre todas las fotografías allí expuestas, tres de la torre e iglesia de Santa María de Tauste, cuya autora era Carla Carcas, a quien también hay que agradecer la aportación que ello supone para dar a conocer de nuestro patrimonio en otras localidades.

Desde aquí, mis palabras de agradecimiento al pueblo de Azuara y, muy especialmente, a los miembros de la Asocación Cultural “Zauril”.

jueves, 15 de marzo de 2012

UNA DE MOROS Y CRISTIANOS

Esta vez voy a contar una batallita de ésas que le gustan a mi amigo José Manuel.

Corría el año 1064. Aragón era un pequeño territorio situado allá arriba, en los Pirineos, regido por el rey Sancho Ramírez. Ocupando buena parte de la Marca Superior de Alandalús (Valle del Ebro), estaba el reino de Saraqusta, cuyo monarca era el zaragozano Abú Yafar Ahmad I ibn Sulaymán, de la dinastía de los Banu Hud.

El papa Alejandro II había impulsado una cruzada transpirenaica, en el marco político creado tras una serie de enlaces matrimoniales entre reinos peninsulares cristianos y casas condales francesas. Las gentes de un medio tan agreste como el Pirineo ambicionaban las riquezas del Valle del Ebro y, bajo la coordinación de Sancho Ramírez, se montó un gran ejército en el que, además de sus propias fuerzas militares, figuraban caballeros franceses y catalanes, entre ellos el obispo de Vich y el conde Ermengol III de Urgel, yerno del rey aragonés.


El ejército cruzado-aragonés se dirigió contra Barbastro, importante ciudad comercial de Zagr-Alandalús, que se encontraba bajo la jurisdicción del señor de Lérida, Yusuf al-Muzaffar, hermano de nuestro Ahmad de Zaragoza. Tras cuarenta días de terrible asedio, tomaron la ciudad, ejecutaron a muchos de sus habitantes y se apropiaron de un gran botín. Llegó a decir un cronista que “nunca habían actuado así contra los musulmanes”.


Visto desde la perspectiva de hoy en día, nos podrá parecer irrelevante que un ejército europeo se adueñe de Barbastro, pero entonces no era así. El éxito de los cristianos entusiasmó de manera importante al espíritu cruzado europeo, tanto por el factor del ideal religioso como por el interés económico, pero, sobre todo, por la sugestión que producía en la Europa de aquellos tiempos la cultura superior de la España musulmana. Boissonnade describía el feudalismo francés como algo rudo, interesado y ambicioso, que buscaba su compensación en las conquistas contra el Islam.


Se tiene constancia del gusto de los atacantes por la vida refinada de Alandalús a través del relato de un comerciante judío que acudió a Barbastro a pagar el rescate de la hija de un personaje musulmán, cautiva por uno de los jefes cristianos. Contaba que éste había arabizado sus vestidos y costumbres, se jactaba de las riquezas logradas, se complacía en el canto andalusí y hasta había llegado a chapurrear árabe.


Pero les duró poco la fiesta. Yusuf al-Muzaffar recurrió a su hermano, el rey de Saraqusta, y éste, a su vez, a todo Alandalús, para recuperar Barbastro. En abril de 1065 partió de la Almozara un gran ejército, con el rey Ahmad I a la cabeza, compuesto por “gentes de la frontera” (es decir, de su propio territorio), más los refuerzos enviados por los amigos soberanos del resto de Alandalús, todo ello con gran alboroto de fanfarrias y chirimías, que se ve que a eso ya eran aficionados desde muy antiguo. Sitiaron Barbastro y dicen que seis mil arqueros cubrieron a los zapadores zaragozanos mientras éstos socavaban las murallas de la ciudad y las apuntalaban con maderos, para luego prenderles fuego y derrumbarlas. De esa forma, consiguieron reconquistar Barbastro, el 19 de abril de 1065.


Ahmad I regresó triunfal a Zaragoza y, desde entonces, recibió el sobrenombre de “Al-Muqtadir Billáh” (Poderoso gracias a Dios). Fue quien mandó construir el palacio más rico de todos los construidos en la Península a lo largo del siglo XI y que recibió el nombre de “al-yafariya”(Aljafería), de su nombre Yafar.


Podrá parecer que todo esto lo cuento exagerando la gloria de los musulmanes zagríes, pero he de advertir que esta historia la he extraído de un libro titulado “Aragón musulmán”, cuya autora es María Jesús Viguera, la cual no creo que pueda ser sospechosa de ponderar tales cosas, cuando trata de "reyes" a los monarcas de un reino tan pequeño como lo era Aragón en aquellos tiempos, pero llama "régulos" (reyezuelos) a los que reinaban en estas tierras nuestras.

Cabe suponer, lógicamente, que, entre los reclutados para tal empresa militar, habría taustanos (cómo no, siendo Tahust una población importante de aquel reino, no se librarían, seguro). También hay que decir que se trata de una de las pocas acciones bélicas en las que los bandos combatientes se dividen claramente entre cristianos y musulmanes, pues siempre estaban a la greña tanto los moros entre sí, como los cristianos entre sí, como los unos contra los otros, y se aliaban de la forma que más podía convenirles en cada momento, sin distinciones de religión.

Durante el reinado de Ahmad I al-Muqtadir, la taifa de Saraqusta alcanzó su máximo esplendor. En ese largo periodo de tiempo (1046-1081) tuvo que realizarse buena parte de la arquitectura zagrí que hoy conocemos. La fecha más probable para la construcción del alminar de Tauste entra dentro de ese arco.


Era habitual celebrar las grandes victorias mediante la construcción de monumentos. Si en algún lugar se levantó alguno en conmemoración de aquella batalla tuvo que ser en Zaragoza, lógicamente, pero tampoco hay por qué pensarlo así, de manera excluyente. El gran tamaño del alminar de Tauste tiene su explicación en el uso de atalaya, como puesto de vigilancia de las rutas comerciales de los ríos Arba y Ebro y contacto visual con otros enclaves estratégicos. Pero esa riqueza arquitectónica que además posee parece indicar algo más que todo eso: una demostración del poder hudí frente a los cristianos del Norte, algo así como “aquí estoy yo”. Todavía hoy, por aquí, se la llama “la bien plantada”.

¿Tendrá algo que ver nuestra torre con la reconquista de Barbastro por Al-Muqtadir?
Nunca lo sabremos.

domingo, 4 de marzo de 2012

LOS BANU QASI (3)

Hace un par de meses que acabé de leer la novela “Banu Qasi, los hijos de Casio”, de Carlos Aurensanz. Tengo que decir que me encantó. Goza de una crítica estupenda, sobre todo en lo referente al rigor histórico. Se ve que el autor se ha trabajado bien un amplio proceso de investigación para situar convenientemente a los personajes de su novela en el contexto histórico en que les tocó vivir. Naturalmente, en toda esa fascinante historia del siglo IX, de ires y venires entre Tudela y Zaragoza, Ejea, Tarazona, Alfaro, Calahorra, Pamplona, …, Toledo, Córdoba, etc., no aparece Tauste para nada. No podemos culpar de ello a su autor. Como decía, él se ha empapado bien de todos los datos documentales que ha investigado y, en ellos, no aparece Tauste, de donde lo lógico es deducir que Tauste no existía.


Sin embargo, sabemos que sí. Ahí están los personajes que vivieron en nuestro pueblo en aquella fascinante etapa de la Marca Superior de Alandalús. Podrá no aparecer en las fuentes escritas, pero nadie puede negar que donde hay un cementerio de considerables dimensiones y elevada densidad de enterramientos es porque había una población importante, y ése es el caso de Tauste. Aparece un “Autais” en las fuentes, localizado por Antonio Ubieto, quien dice que bien podría tratarse de Tauste. ¿Quién sabe?.

Esperemos que llegue al conocimiento de Carlos Aurensanz para que, si le apetece, pueda hacer justicia a nuestro pueblo en alguna novela posterior, que nunca es tarde, y más para una pluma tan privilegiada como la suya. Una especie de “Pilares de la Tierra”, pero con la construcción del alminar de Tahust o qué sé yo. Sería un puntazo.´


Ahora tengo ganas de hincarle el diente a su segundo libro, “Banu Qasi, la guerra de Al Ándalus”, que dicen que es buenísimo también.


La verdad es que me ha pillado en medio de toda esta curiosidad despertada por el hallazgo de nuestros paisanos de aquella época, cuando todos pensábamos que serían del siglo XI, como muy antiguos. Posiblemente, aquel buen mozo cuya tumba fue calificada como la islámica más antigua de Aragón, fuera un cristiano convertido al Islam, contemporáneo de aquel conde Casio que dio origen a todo ese linaje de los Banu Qasi. Ahí es nada. Y me han hecho reflexionar ciertos aspectos que el otro día comentaba con José Miguel Pinilla.

Él me hablaba del reflejo curioso de lo que Navarra es en la actualidad, respecto del origen que tuvo, producto de la síntesis entre los territorios vascones del Norte y la Ribera del Ebro, al Sur de esa comunidad. Para un navarro que se precie, tiene que ser muy sugerente descubrir el origen de su personalidad histórica como el resultado de una gran complicidad entre los vascones del Norte y los habitantes de la Ribera, cristianos los primeros (Iñigo Arista, primer rey de Pamplona) y musulmanes los segundos (los Banu Qasi), pero hermanos de sangre, donde la diferencia de religión no fue obstáculo para mantener una estrecha relación y defender unos intereses comunes, pues los vascones sirvieron de protección a los Banu Qasi contra posibles agresiones de los francos, y éstos a los primeros contra posibles agresiones del mundo islámico, lo que hizo posible el nacimiento del reino de Pamplona (luego Navarra), por un lado, y el alto nivel de independencia de toda esta parte del Valle del Ebro respecto del resto de Al-Andalús.

A partir de aquí, uno va reflexionando y se da cuenta de las similitudes con la situación actual. Es curioso ver cómo después de seis siglos de frontera, entre los siglos XII y XVIII, entre los reinos de Aragón y Navarra, donde ahí estaba Tauste, expuesto a todos los vapuleos que le pudieran venir como consecuencia de encontrarse en primera línea, esa muga se desdibuja y queda borrada casi por completo, salvo las desigualdades que derivan de una diferente legislación por pertenecer a distintas comunidades autónomas. Pero, por encima de ello, lo verdaderamente palpable es la estrecha relación entre todos estos pueblos. Pensemos, por ejemplo, que tenemos mucho más que ver con las gentes de Fustiñana, Cortes o Tudela, por decir algo, que con las de Sádaba, Luesia o Sos del Rey Católico, por decir algo, también.

Aparte de la similitud en el paisaje y en el medio de vida agrícola, cuántos jóvenes de aquí –hasta hace pocos años- pasarían de ir a Huesca para las fiestas de San Lorenzo, pero ningún año se perderían las de San Fermín, en Pamplona, y, ya no digamos, las de Tudela. Y eso, entre Tauste y Tudela, que entre Tarazona y Tudela, por nombrar a otra ciudad aragonesa en la muga, ya no digamos.


Aspectos tan evidentes como que aquí vengan a tocar el Dance los dulzaineros de Estella desde tiempos ha, que se toque como marcha en nuestro Rosario de Cristal algo tan vasco como es el himno de San Ignacio de Loyola y lo sintamos tan nuestro, la similitud de ciertas partes del Dance Tauste con otras danzas de la Ribera y la posible procedencia vascona de algunas de ellas, el gusto aquí por la jota navarra y, al otro lado de esa muga, por la jota aragonesa, etc. etc., le hacen pensar a uno en lo desdibujada que está esa muga para lo que fue durante nada menos que seis siglos y lo mucho que ya ha caído en el olvido, afortunadamente, y le hacen evocar aquellos tiempos en los que la condición fronteriza entre dos mundos tan opuestos, como el islámico y el cristiano, hizo que sus gentes forjaran unas estructuras sociales y una forma de relacionarse que ahora, doce siglos después, y a pesar de esos seis siglos de paréntesis entre medio, todavía perdura.

sábado, 4 de febrero de 2012

CARTAS CONMOVEDORAS

Esto de Internet y los correos electrónicos tiene cierto riesgo de inconfidencialidad. Por eso mi amigo Cuadrado, el de Palencia, no quiere comunicarse conmigo por este medio y me dice que, si quiero intercambio epistolar con él, que me fastidie, que escriba en papel y que me gaste en sobres y sellos. A ver si le escribo un día de estos, porque le tengo muy abandonado, al pobre.

El caso es que me ha llegado, por estos caminos inescrutables de los mundos siderales, el contenido de una carta escrita por José Angel (luego les diré quién es), dirigida a Javier Peña (los seguidores habituales de este blog ya saben quién es), así como la respuesta de éste. Me ha parecido conmovedor y digno de ser dado a conocer. Son de esas epístolas que salen a la luz cuando han sido escritas por gentes de cierta relevancia y que llevan años enterrados. Sin embargo, en este caso, os aseguro que los dos están muy vivos y pienso que es una pena arriesgarme a que esa salida a la luz no llegara nunca a tener lugar y que la humanidad (o siquiera una pequeñísima parte de la misma) se lo perdiera.

José Ángel Crespo es de Azuara, autor de un libro tremendamente humano y entrañable titulado “Azuara. Volver a vivir”, compuesto por 309 páginas de formato A4, literatura amena y fotografías curiosísimas. Azuarino hasta la médula, demuestra en esa misiva su agradecimiento por la visita de unas personas que quedan impresionadas ante el patrimonio de su pueblo, algo que no es habitual en esta árida tierra poblada por áridas gentes, esculpidas por el cierzo (“duros por fuera y tiernos por dentro, el alma de piedra y el corazón de cristal”, como canta Ángel Petisme). Describe la grandeza de Azuara en otros tiempos, lo que fue, lo que pudo ser y lo que ha sido, con el desencanto grabado en su alma, para terminar mostrando su agradecimiento hacia nuestro Javier, por aportarle siquiera un poco de bálsamo en sus heridas e ilusión ante el futuro.

Pero no menos conmovedora es la respuesta de Javier, donde manifiesta cómo un hombre de ciudad como es él puede sentir –y siente- admiración por los que son de pueblo, hasta llegar a la envidia (sana, pero envidia), cuando los de pueblo parece que siempre nos hemos tenido a menos ante los de ciudad. Cómo admira la naturalidad con que José Ángel emplea sin complejos el vocabulario aragonés de su tierra porque lo ha mamado desde pequeño, y cómo él tiene que esforzarse (y le gusta hacerlo) para meter en uso expresiones de nuestros antepasados que van quedando en el olvido porque se las ha tachado de pueblerinas e incultas, perdiendo así un patrimonio entrañable en beneficio de otro extraño, que es el castellano considerado como “correcto”. Con su gran conocimiento e intuición, plantea hipótesis novedosas sobre el trazado urbano de Azuara en la época zagrí, rompe el tópico de las callejas tortuosas y caóticas en el mundo islámico (¿alguien sabía que la planta de Bagdad era un círculo perfecto?), así como curiosidades toponímicas, como que Albarracín tenía en árabe un nombre muy cristiano y, luego, en cristiano, un nombre muy árabe. Curioso, ¿no?.


La guinda la pone al final, donde se trasluce, aunque no lo diga expresamente, que, por ser de ciudad, no puede renunciar a tener un pueblo a donde enraizarse, y para eso se aferra a Gelsa, el pueblo de su madre. Pero tiene su limitación y ésa sí que la expresa: esa raíz de su familia en el Valle del Ebro no es indefinida en el tiempo, pues sus antepasados tuvieron que venir desde el Alto Aragón para ocupar el lugar de los expulsados (como dice él, “¿a Túnez”), verdaderos fundadores y autóctonos de “su” pueblo.


El caso es que me apetece publicar esas cartas para que podáis disfrutarlas, pero no sé cómo. No debo hacerlo sin consultarles a ellos, los propietarios intelectuales de las mismas, porque sería una falta de respeto a su intimidad imperdonable. Y si les consulto, conociéndoles, seguro que me van a decir que me deje de tonterías, porque ellos, cuando escribieron estas cosas, seguro que no pensaban en otro lector que su destinatario inmediato.


Y el caso es que me parece una pena que vosotros os lo perdáis.


Azuara, 16 de enero de 2012
Hola Javier.
Primeramente decirte que fue un verdadero placer disfrutar de vuestra agradable e instructiva compañía por nuestro pueblo de Azuara.
La verdad que aprendí un montón de cosas nuevas, y lo que es más importante, me habéis transmitido fuerza para seguir mi particular lucha azuarina.
Digo esto porque, a veces, tengo la sensación de vivir y de habitar en un lugar sin pasado. Es como si a la mayoría de las gentes de nuestro pueblo se les hubiese olvidado de dónde venimos, lo que hace que la lucha se desarrolle en la más absoluta soledad, y esto suele ser bastante duro.
Cuando Azuara pertenecía a la Sesma de la Trasierra, nuestra villa era la segunda población más importante de la Comunidad de Aldeas de Daroca, que si no me equivoco, la formaban 114 poblaciones.
Inicialmente los cimientos territoriales de la Comunidad los formaron los pueblos de realengo adscritos en 1142 a la villa de Daroca, y Azuara por lo visto lo estaba.
Sólo había una población por delante nuestro, y ésa era Cariñena. Hubiésemos sido la tercera si la villa de Daroca no hubiese quedado excluida de la Comunidad. Habría que apuntar que durante muchos años estuvimos a la cabeza del sector agrícola, obteniendo máximas producciones de azafrán y cereales. En aquella época Azuara, era una población muy activa y con un considerable peso demográfico, factores éstos que fortalecieron nuestra economía, nuestra cultura popular, y que, además, dieron importantes cargos a los azuarinos: escribanos, notarios, procuradores, asistentes, etc etc.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces y cuan grande ha sido la pérdida. El presente es el que es, somos lo que somos, y vamos como sin rumbo, perdidos entre la indiferencia y el olvido. No es que quiera ser pesimista, ni destructor, simplemente me limito a ser realista y me identifico con la frase: "un pueblo sin pasado es un pueblo sin presente ni futuro".
Muy a mi pesar, Azuara hoy es un pueblo decadente, sin identidad y sin apenas capacidad de gestionar y dinamizar el rico patrimonio que posee. En fin, una verdadera pena.
Para terminar decirte que he leído tu artículo del Heraldo y me parece fascinante. A pesar de no estar introducido en ese mundillo, he de decirte que me apasionan estos temas. De manera que sólo me queda felicitarte por esa teoría tan bien fundamentada.
Un abrazo Javier. Tienes todo mi respeto y admiración, la verdad que eres la hostia consagrada.
José Ángel Crespo.


Zaragoza, 23 de enero de 2012
Hola. Ha pasado una semana desde tu correo, pero el tiempo pasa volando. Creo que exageras, todo lo más, sin consagrar.
Cada uno tiene lo suyo. A mí me tocó cómo hablabas castellano de Aragón con naturalidad, y yo, que soy poco aficionado a la poesía, lo que hojeé de tu libro me gustaba. Estoy seguro de que no hay nadie del pueblo que no flipe al ver a su familia o amigos tal y como eran hace décadas. Yo, que soy de Zaragoza, no puedo tener ese tipo de cosas.
Me sublevo cuando por decir “enronas” (tú decías “enrunas”) en lugar de “escombros”, o “rafe” en lugar de “alero”, me digan que hablo mal. Lo hago porque quiero y tengo voluntad de hacerlo. Por desgracia no puedo hablar como mi abuelo de Gelsa aunque si puedo encasqueto un “a tú t'aguardo, chiquer”, “ya no cal que vayas” o “¿no sientes que te llaman?”.
Bueno, que hay gente tan cutre que no sabe que tú distingues si te diriges para que te entienda un aragonés o un forano.
No sé cuándo llegará, pero llegará. Me refiero a escribir (o elucubrar si prefieres) sobre el pasado andalusí-zagrí de Azuara. Bueno, que hay dos cosas importantes. Una la de la ermita de San José, que ya os conté. Y la otra es la del recinto amurallado. Ésta me mosquea bastante porque no tiene sentido en el contexto del Aragón cristiano. ¿Cuándo, por qué y para qué se hicieron unas murallas tan tremendas entre el siglo XIII y el XV?. En cambio, en época zagrí parece que tiene más sentido. En primer lugar, la forma tan regular es muy apropiada para esta época (no creerse lo que dicen de lo tortuoso e irregular del urbanismo árabe, pues la planta de Bagdad era un círculo perfecto y Barbastro, rectangular, como Azuara). La pertenencia de Azuara a Daroca y no a Belchite me abre nuevas perspectivas. Porque imagino que la división administrativa del Aragón cristiano en parte responde a la herencia zagrí. Yo, hasta ahora, imaginaba a Azuara en el distrito -iqlim, creo- de Balsir/d, osea, Belchite. Pero debió estar en el de Daruqa o en el de Jiloca, donde estaba la ciudad de GALWADA, no identificada. Y en Azuara tenéis la leyenda de que es la antigua ciudad de... no recuerdo. Debería haberse llamado en árabe Balsid, ya que está a los pies de la entonces abandonada -pero parcialmente visible- ciudad de Belik/gio/m, pero Belchite había robado el nombre y se lo llevó. O los nuevos pobladores le dieron un nombre nuevo y parte de sus habitantes fundaron en el actual Belchite y pusieron el nombre.
Debo aclarar que el baile de nombres no es raro. En Aragón, Kelse luego Celsa, abandonó el nombre por los bereberes Malila (los mismos de Melilla) y hoy es Velilla. Algunos fundarían Gelsa con el antiguo nombre y fueron todos expulsados ¿a Túnez? en 1610. Los antepasados de mi madre llegaron desde el Alto Aragón a ocupar su lugar. Albarracín, otro caso, viene de la última familia beréber que la gobernó, los Banu Razin. Pero, en cambio, en época andalusí se llamaba Santa-Mariyya asc-Scarqiyya (para diferenciarla de Faro, Santa-Mariyya al-Garbiyya). O sea que en árabe tenía un nombre bien cristiano y en castellano tiene un nombre bien moro.
Bueno, estoy agotao (tengo catarro). A ver si la próxima vez escribo con algo concreto y lo podéis colgar del blog.
Javier.

miércoles, 1 de febrero de 2012

XIII JORNADAS SOBRE LA HISTORIA DE TAUSTE

Entrevista de la presidenta de El Patiaz, Teresa Ansó, en SER Cinco Villas, el 31 de enero.
¡Vaya presidenta de lujo!

Pinchar aquí:
http://www.elpatiaz.es/descargas/Tere_Jornadas_2012.mp3



lunes, 23 de enero de 2012

ALMINAR DE ALAGÓN



Imagen que aparece en un artículo titulado "Vivir en Alagón", Heraldo de Aragón, 22/01/2012.

Lo de "almenar", está claro que se trata de un error de escritura. Lo importante es que ya va saliendo, sin complejos, que es un ALMINAR ZAGRÍ DEL SIGLO XI y no una TORRE MUDÉJAR DEL SIGLO XIV.

Lo de "Alquiler con opción a compra", no hagáis caso, que no se refiere a la torre, sino un anuncio que aparece en la misma página.