viernes, 26 de febrero de 2010

TRANSFORMACION DE LA MEZQUITA EN IGLESIA

En el artículo anterior planteábamos una visión de cómo pudo ser la mezquita de Tahust, con su alminar y su sahn. Decíamos que, cuando los cristianos procedentes del Pirineo y del Sur de Francia colonizaran estas tierras, consagrarían la mezquita para iglesia y, de esta forma, la estuvieron utilizando para este fin, hasta que tuvieron posibilidades económicas y decidieron construir un nuevo templo más acorde con las exigencias litúrgicas y las modas de la época.

No está claro el momento en que este hecho se produce. El profesor Borrás, en su libro “Arte mudéjar aragonés” establece, para el inicio de las obras, la fecha de 1284 o posterior, basándose en la analogía entre la iglesia de Santa María de Tauste y San Pablo de Zaragoza, por un documento de Jordán de Asso que hace alusión al inicio de esta última. Sin embargo, parece no tener en cuenta que el ábside de San Pablo es poligonal tanto al exterior como al interior, mientras que el de Tauste es también poligonal al exterior, pero semicircular al interior (aunque casi no lo podamos apreciar, ya que se encuentra en buena parte oculto tras el retablo mayor). Esta diferencia, que al parecer algunos historiadores la han pasado por alto como si tal cosa, es muy significativa, pues los ábsides semicirculares suelen ser románicos. Es decir, que resulta muy lógico pensar que, mientras San Pablo se construye en época plenamente gótica, parece ser que Santa María pudo empezarse unas cuantas décadas antes, bajo la influencia de los últimos coletazos del arte románico. Esto, además de explicar de forma razonable el porqué del ábside semicircular, casaría perfectamente con otra noticia que parece haber llevado de cabeza a más de alguno.

Antes de la quema de documentos del archivo municipal de 1934, el profesor y arquitecto D. Francisco Íñiguez estuvo en Tauste y tuvo en sus manos un pergamino de dimensiones 35x23 cm, por el cual, el Monasterio de San Juan de la Peña, y en su nombre, el abad Iñigo, cedía a la villa de Tauste las primicias y diezmos que de ella cobraba, por concesión de D. Alfonso el Batallador, para que atienda “a la terminación de las obras de la torre e iglesia, campanas y vestiduras, y en consideración al mucho aprecio que a la villa dispensó D. Alonso, de grata memoria”. Dicho documento estaba fechado en 1243 y lo mencionaba Íñiguez en un brillante trabajo sobre torres mudéjares aragonesas, fechado en 1937.

Digo que esta noticia parece haber llevado de cabeza a más de alguno porque no es compatible con la fecha dada por Borrás, el cual se basa en analogías formales y artísticas, parece ser, en este caso, entre ambas iglesias mencionadas. Sin embargo, no resulta fácil aceptar que una figura de la trascendencia del profesor Borrás omita una explicación razonable para una diferencia tan manifiesta como la que hay entre estos dos ábsides, pareciendo más bien empeñado en sostener a toda costa que en Aragón no existe nada mudéjar anterior a las postimetrías del siglo XIII, así como que tampoco tenemos ninguna edificación de época islámica que no sean el Palacio de la Aljafería y cuatro castillos en ruinas dispersados por ahí.

Dado el alto reconocimiento del profesor Borrás, resulta comprensible que nadie haya cuestionado sus interpretaciones. Se ha llegado incluso a dudar de la capacidad del profesor Íñiguez para interpretar este tipo de documentos, duda no exenta de razón, pues posiblemente no era su especialidad. Dicen los expertos que en aquella época no era habitual precisar hasta el punto de decir que atendieran “a la terminación de las obras de…” sino que era más probable que la expresión fuera “atender a las obras de…”. Lo lamentable es que dicho documento fue destruido y no puede comprobarse, por lo que al pobre Íñiguez (que al parecer, era hombre docto y prudente donde los hubiera) hasta se le acusa de haber forzado la interpretación de los documentos para adecuarla a su antojo. El caso es que, con lo de Tauste, dadas las circunstancias, ya duda uno de si no será la otra parte la que verdaderamente fuerza la interpretación para adecuarla a su antojo, cargando el mochuelo al que ya no puede defenderse (¿seré malpensado yo?).

Otra cosa bien distinta es que el tal documento se refiriera a la Iglesia de San Miguel (San Antón), posibilidad interesantísima que lanzó la doctora en Historia Ana Isabel Lapeña en su charla del 12 de febrero, dentro de las XI Jornadas sobre la Historia de Tauste.

Sea como fuere, la explicación que voy a dar aquí acerca de cómo Tauste pasa de tener la antigua mezquita a construir una nueva iglesia, la baso en coherencia con las fechas de Íñiguez y no con las de Borrás. No obstante, el proceso constructivo, no dejaría de ser el mismo. Lo que viene a continuación está basado en los datos que aporta Agustín Sanmiguel en su libro “Torres de ascendencia islámica en las comarcas de Calatayud y Daroca”, perfectamente extrapolable a nuestra villa.

Las obras comenzarían por adosar el ábside poligonal de cinco lados que hoy conocemos al muro de la qibla, ya con la altura definitiva que tenían pensada para el nuevo templo, es decir, más alto que la mezquita. Esto sería en las primeras décadas del siglo XIII. Está claro que pensaron ya en no superar la altura de los primeros paños decorativos que tiene la torre, con el fin de no ocultarlos. Esto también ha inducido a algún error de interpretación, pues se ha pensado por ello que la torre y la iglesia se concibieron a la vez. Sin embargo, si esto hubiera sido así, no se hubieran molestado en rejuntar tan finamente todo el paramento de la torre que luego habría de quedar oculto por la pared de los pies de la iglesia.





Construido el ábside, rompen el muro de la quibla e incorporan ese nuevo espacio a la cabecera de la “iglesia” (que todavía era la antigua mezquita). El sahn ya desaparecería, pues ya no tenía ninguna utilidad funcional, quedando solamente del mismo, como vestigio oculto, el algibe enterrado que proporcionaba el agua para la fuente de abluciones.

Las obras continúan con la construcción de los dos tramos siguientes, cubiertos cada uno de ellos por bóvedas de crucería, sujetando los empujes de las mismas mediante contrafuertes que, en la mitad aproximada inferior, quedan al interior de la iglesia, formando capillas laterales poco profundas entre los mismos, y en el resto de la altura, quedan vistos al exterior, ya que, a partir de ese nivel, esas capillicas se cubren con unos tejadillos y los muros se desplazan hacia adentro, continuando la verticalidad de las caras interiores de los contrafuertes.

Aquí quiero destacar el ingenio de aquellos alarifes y su alta cualificación. Se trataba de mudéjares, es decir, musulmanes que siguieron viviendo en sus tierras sometidos al dominio cristiano. Seguramente vendrían de algún pueblo vecino, pues no hay noticias de población mudéjar ni morisca en Tauste después de la conquista cristiana, en la que, como ya hemos dicho en alguna ocasión, los que no murieran serían expulsados o esclavizados. Los alarifes mudéjares eran muy valorados por los cristianos por su alta cualificación profesional, muy superior a la de los cristianos. En Tauste, sólo tenemos que comparar la calidad constructiva de la iglesia de Santa María con la de San Antón. Apunto lo del ingenio pues la forma de levantar estos muros desplazados a mitad de altura supone un desequilibrio “inteligente” (como si se quisieran caer hacia adentro) que luego va a servir para contrarrestar los empujes que transmitirán las bóvedas hacia afuera.

No se observa ninguna cesura constructiva hasta que llegamos al tercer y último tramo, donde el sistema cambia. Es aquí donde resulta lógico establecer el momento de una interrupción de las obras por motivos de disponibilidad económica, tan habituales, sobre todo, en aquella época. De esta manera, podemos suponer con bastante fundamento que años antes de 1243 el estado en que había quedado la iglesia es el del dibujo que se acompaña. Por un lado, el antiguo alminar (que iba a servir como campanario, rompiendo los ventanales), y por otro, la iglesia formada por el ábside y los dos primeros tramos. Está claro que tenían pensado terminarla con el tercer tramo que ya alcanzaría a la torre, así como dotar a la misma de campanas. Esto explica la frase del abad Íñigo mencionada al principio “…terminación de las obras de la torre e iglesia, campanas y vestiduras…”, abad que lo fue –dicho sea de paso- entre los años 1229 y 1248.


Quiere esto decir que el Monasterio de San Juan de La Peña, que era de donde dependía el Priorato de Tauste, a la vista de las grandes dificultades para terminar las obras (en la torre también faltarían ciertos acondicionamientos), “perdona” a la villa esos diezmos para que los destine a este fin. De esa forma es como Tauste puede terminar su iglesia mudéjar, construyendo el último tramo, que ya no tendrá capillas laterales como los dos anteriores, sino que los cerramientos son verticales hasta arriba, sin desplazamiento alguno, ensanchando de esta forma la nave en este tramo final.

El dibujo que acompaño a continuación representa la iglesia mudéjar terminada, con la torre que ya existía desde nada menos que dos siglos antes, vista desde Barrio Nuevo. Para llegar al estado en que la conocemos hoy tendríamos que avanzar hasta principios del siglo XVIII, que es cuando se construye la capilla de la Virgen de Sancho Abarca, llegando hasta “pisar” con la cabecera de la misma sobre la bóveda del algibe mencionado y cerrando la puerta que durante cuatro siglos había sido la habitual, señalada en el dibujo con una flecha, pasando así, a partir de entonces, a utilizar la de enfrente, que es la actual, y que entonces sería la que daba salida al cementerio (en la actual plaza de Santa María).




Ahora comprendemos por qué, siendo una iglesia medieval, no está orientada como tal, es decir, hacia el este, sino hacia el sureste (en dirección a La Meca). Su construcción vino condicionada ya desde el principio por la existencia de otro edificio anterior que había sido una mezquita. También la orientación de las caras de la torre delata tal circunstancia, así como la rotura de sus ventanales para alojar las campanas.
El día 19 de este mes, me pareció fascinante la intervención de Ana Isabel Lapeña en Aragón Radio, en la que habló de nuestra torre “hereje”, por contener en sus paños decorativos la Profesión de Fe del Islam (“no hay más Dios que Dios y Mahoma es su profeta”). También en la versión que acabo de contar sobre la construcción de la Iglesia de Santa María puede encontrarse un matiz perverso: ¿alguien se ha dado cuenta de que el lugar sagrado sigue siendo el mismo?. Es decir, en el mismo lugar donde antes, supuestamente, estuvo el mihrab musulmán, ahora está el altar cristiano. Me decía un amigo: “¿te das cuenta de que, cada vez que celebramos un funeral en Tauste, colocamos a nuestro difunto dentro del mihrab?”. ¿Y qué? –le contesté yo-. Ratifica la idea del ecumenismo entre todas las religiones.

domingo, 14 de febrero de 2010

¿CÓMO ERA LA MEZQUITA DE TAHUST?


Habituados, como estamos, a contemplar la torre de Santa María como algo inseparable de la Iglesia Parroquial, no podemos evitar la tentación de preguntarnos cómo pudo ser el otro conjunto anterior al que, con toda probabilidad, perteneció. La verdad es que no resulta fácil imaginársela junto a otro edificio distinto de la iglesia actual, formando otro conjunto arquitectónico también armonioso. Naturalmente, me estoy refiriendo a la mezquita.

Efectivamente, cuando los cristianos tomaron Tahust a principios del siglo XII (posiblemente en 1121, tres años después que Zaragoza y once después que Ejea), aquí encontrarían una hermosa mezquita con su alminar, todo ello construido en ladrillo. La mezquita se reaprovecharía como templo cristiano, bajo la advocación de la Virgen María, y el gran alminar como campanario. Transcurrido más de un siglo, en el que la mayor actividad constructora se llevó a cabo en la realización de la iglesia de San Miguel (San Antón), decidieron que la “iglesia” de Santa María se les quedaba oscura y baja de techos, por lo que decidieron derribarla y construir la iglesia que hoy conocemos, pero siempre manteniendo la imponente torre.

¿Cómo sería aquella mezquita?. La verdad es que, salvo algún hallazgo de capitel de alabastro ricamente labrado, no tenemos datos. Los restos arqueológicos que hubiera bajo el suelo de la iglesia nos hubieran podido servir para reconstruir virtualmente la mezquita de Tahust, pero fueron destruidos en la reforma de los años 60 del siglo pasado. Era yo muy pequeño y aún guardo en la retina la imagen impactante de los tractores labrando el suelo de la iglesia con sus aperos agrícolas.

Sólo nos queda hacernos una idea aproximada a partir del conocimiento que hoy tenemos de lo que es una mezquita.

Para empezar, estableceremos la diferencia espacial entre una iglesia y una mezquita. En las iglesias cristianas medievales, el ábside se orienta hacia el Este, es decir, hacia el sol naciente. Los fieles rezan mirando hacia un punto determinado, que es donde se encuentra el sacerdote, es decir, el altar donde se celebra el Santo Sacrificio. Ello origina la creación de unas naves alargadas, con unos techos altos que buscan la espiritualidad del espacio. Sin embargo, en la religión islámica, esto se concibe de otra manera. Los fieles no miran a un punto concreto, pues su relación con Dios no se produce a través de un oficiante, sino de forma directa. Dirigen su oración en dirección a La Meca (dirección Sureste). Por ello, el muro más importante del oratorio es el llamado muro de la qibla, que es el que determina esa dirección. En éste, se abre un nicho llamado “mihrab” que simboliza la Puerta del Paraíso. No hay imágenes a las que adorar. Pero, insisto, las miradas de los fieles no van dirigidas hacia ese nicho, sino que cada uno de ellos mira frontalmente hacia la qibla. Esto ocasiona la creación de templos con planta de salón, es decir, no longitudinales como las naves de las iglesias cristianas, sino más bien cuadrados o incluso predominando la dirección de la anchura respecto de la profundidad. Aquí lo que importa es la cabida de la mayor gente posible alineada en hileras paralelas a la qibla. La altura, al contrario que en los templos cristianos, no importa, pues la grandeza, la sensación de infinitud, se proyecta, no hacia arriba, sino hacia el horizonte, mucho más allá del muro de la qibla, donde se encuentra la Kaaba, la mezquita sagrada de La Meca.


Así pues, en Tahust podemos imaginar una construcción de menor altura que la actual iglesia, pero de mayor anchura. Debió tener unas dimensiones considerables, dado el gran tamaño del alminar, para dar cabida a toda la población en la oración de mediodía de los viernes que acudía a la llamada del muecín. Normalmente, en todas las mezquitas de cierta importancia existe, previamente a la entrada de la sala de oración, un patio descubierto o “sahn”, donde suele estar la fuente de abluciones, en la que los fieles realizan un ritual de lavado como acto de purificación antes de entrar a rezar. En Tauste, bajo la plaza del Dance y junto a la capilla de la Virgen de Sancho Abarca, se conserva un algibe subterráneo excavado en la roca, con el techo abovedado en forma ojival, que bien pudo ser el que servía para el abastecimiento de dicha fuente.

Respecto al alminar, era habitual que éste fuera exento, separado de la sala de oración, y, en todo caso, recogido por el cerramiento del sahn.

Partiendo, pues, de estas premisas, realicé estos dibujos esquemáticos que aquí expongo, con la advertencia de que sólo es la recreación de una de muchas posibilidades:

- El tamaño está planteado a partir de la planta que ahora ocupan los dos primeros tramos de la iglesia.

- La geometría de la cubierta pudo ser así o bien un tejado a dos aguas, tres naves paralelas, etc.

- El cerramiento del shan pudo llevar ese trazado o cualquier otro y estar compuesto de un único muro o ser un cerramiento porticado, a modo de claustro. De cualquier forma, salvo el misterioso origen de ese algibe, no tenemos ninguna pista de ello.

- El mihrab podía se una hornacina, si el muro de la qibla era de gran espesor, o sobresalir hacia el exterior, como aquí se representa. Solía estar profusamente decorado. La imagen que aquí se acompaña corresponde al de la mezquita de Córdoba. El del oratorio de la Aljafería (mucho más cercano a nosotros) es muy parecido.




He preferido dejar el dibujos así de esquemático para que cada uno imagine libremente. La decoración del alminar, ya la conocemos todos. En cuanto a la mezquita, imaginemos una cubierta de teja árabe y unos muros de ladrillo con arcos apuntados y alguna decoración como las de la torre. Las flechas indican la posible situación de las puertas de entrada.

En la actualidad, la vista más habitual y la gran mayoría de las fotografías que se divulgan de la iglesia con la torre se hacen desde la plaza de Santa María, pero pensemos que antes no sería así, pues la vista cotidiana sería desde la parte de la medina (actual Barrio Nuevo). Por ese motivo, he realizado la perspectiva desde ese ángulo.

sábado, 16 de enero de 2010

EL CEMENTERIO ZAGRÍ II

Agradezco mucho las palabras de ánimo de mi querido seguidor anónimo (espero poder saber algún día de quién se trata), así como de mi amiga Ana, en sus comentarios sobre el cementerio zagrí de Tahust. Pero seamos realistas.

La existencia de dicho cementerio es un secreto a voces. Lo sabe muchísima gente y no voy a dar nombres ni datos para no poner en compromiso a nadie; aunque, con tanta gente como ya lo sabe (al parecer, desde hace más tiempo de lo que yo pensaba), igual sería.

Lo que ocurre en este país es que si en un solar de tu propiedad aparecen restos arqueológicos cuando estás iniciando alguna construcción, lo que tienes que hacer es callártelo y darte prisa, porque si se enteran los de Patrimonio, la has cagado. Tendrás que paralizar las obras, pagar de tu bolsillo un estudio arqueológico y luego atenerte a las consecuencias, porque si los señores sabios estiman que aquello es "la leche", posiblemente te quedarás sin poder hacer la obra que pensabas, sin el dinero que te habrás gastado y hasta sin tu finca…, y perdona por Dios. Vamos, que te entrará una risa que tú no veas. Lo habrás perdido todo, pero te lo habrás pasado muy bien.

Lo lógico sería que, si el hallazgo es de interés público, fuera “lo público” quien lo costeara, y no tú. De forma que, paradójicamente, si en tu finca existe algo de valor histórico, para ti, en lugar de encontrar un “valor”, habrás encontrado una ruina, como no andes listo.

Así son las leyes que tenemos, desgraciadamente. Además, según esas leyes, si omites tu obligación de notificarlo a las autoridades oportunas, estás incurriendo en un delito, pero es esa misma ley la que, dado lo que hay, te obliga a delinquir en ese caso concreto. Hasta dónde puede llegar la vileza de la propia Administración que, hasta podríamos conocer casos en los que, sabiendo dónde puede haber restos interesantes, en lugar de tomar la iniciativa de oficio y mover ficha directamente, como tendría que ser, los muy “………” (póngase el calificativo a gusto del lector), se quedan al acecho, a ver si la mueve el propietario (que no siempre es un acaudalado, que también puede ser una persona humilde), para decirle: “¡Aaahhh, te hemos pilladooo…!". Y en ese caso, a lo mejor, no sólo no te sales pagando todo lo pagable y lo impagable, sino que además, te puede caer una multa de cojones, con perdón.

Y todo esto, ¿para qué?.

Pues mira. Si el hallazgo es algo romano, por ejemplo, aquello será "la hostia en verso". Vamos, algo muy valioso. Date por jodido, porque, cuanto más valioso consideren el hallazgo, por más jodido te puedes dar. Si es algo moro, ya no tanto, porque lo moro está muy desprestigiado y parece que aquí hay que echarle tierra para que no se vea. Con un poco de suerte, si sólo encuentran huesos (como con toda seguridad será caso), los estudiarán, los fotografiarán, se los llevarán y “ya puede usted continuar con sus obras”, pero te habrá costado una pasta gansa.

Sigamos con el “ytodoestoparaqué”. Pues para nada. Así de claro, PA-RA-NA-DA. Pondré un ejemplo demostrativo:

Según la historia oficial, Zaragoza en el siglo XI era la capital de la Marca Superior de al-Andalus, con una población comprendida entre 18.000 y 20.000 habitantes (25.000, según los más optimistas). De aquella ciudad, no queda otro resto visible que el Palacio de la Aljafería. En los años 80, el arquitecto Javier Peña, tras un trabajo de investigación realizado por él mismo y otras personas, llegó a la conclusión de que el casco urbano de aquella ciudad se extendía mucho más allá de lo contemplado hasta entonces, concluyendo que Saraqusta pudo tener los 50.000 habitantes (o más) de que hablaba cierto historiador musulmán (al-Udri, geógrafo e historiador del siglo XI).

El dato, a pesar de que fue publicado en algún medio, fue despreciado e ignorado. Pocos años después, apareció un importante arrabal musulmán bajo el Paseo Independencia, que demostraba las previsiones de Javier Peña, y se volvió a enronar. Pero Zaragoza sigue, a efectos oficiales, con sus 20.000 habitantes en el siglo XI. Aquí nadie reconsidera nada si no es el Papa quien lo dice (digo el Papa como podría haber dicho el Rey o la Cátedra del Copón con Ruedas). Y si no es el Papa quien lo ha dicho, o el Rey, o el Catedrático del Copón con Ruedas, el que se haya atrevido a hacer tal afirmación es un pelanas y que le den.

Recomiendo, a todo esto, la lectura de un artículo de Javier Peña sobre la Seo de Zaragoza (no tiene desperdicio) y que termina al final de la siguiente manera:

Aragón posee un tesoro incalculable, que debería ser Patrimonio de la Humanidad y foco de interés mundial, en un conjunto de edificios islámicos de ladrillo, la mayoría de ellos construidos en el siglo XI, y encabezados por la Parroquieta y la torre de la Magdalena de Zaragoza. Estos edificios, cuyo precedente hay que buscarlo en la arquitectura del mundo persa, darían origen, lógicamente a la arquitectura mudéjar, y también a la islámica del resto de Al-Andalús y del Magreb de los siglos XII y XIII, siendo ejemplos destacados la Giralda de Sevilla y la Kutubiyya de Marraquex”.

Y en Tauste, ¿qué pasaría?.Analicémoslo.

Aquí dijo la Autoridad Competente que nuestra torre e iglesia de Santa María constituyen una unidad de proyecto y que ambas están hechas a partir de 1284, siendo anterior a ellas la construcción de la iglesia de San Antón.

Ahora, alguien que no es de la Autoridad Competente pone de manifiesto nada menos que ocho razones para no admitir esa afirmación, algunas con pruebas físicas evidentes, llegando a la conclusión de que la fecha más probable para la construcción de la torre es el siglo XI, como alminar de la mezquita tahustí. No voy a entrar de nuevo en todo ese razonamiento, pero quiero llamar la atención sobre algo: todas esas razones son interpretables de diferentes formas (de acuerdo), y después de haber explicado la primera de ellas concluyes que no es suficiente razón para tirar por tierra la historia oficial. Después de haber expuesto la segunda, puedes concluir con lo mismo. Y así, después de haber expuesto la tercera y la cuarta. Pero cuando ya has explicado la quinta y ves que aquí no se reconsidera nada, ya te empiezas a mosquear, y cuando ya has contado las tres restantes y ves que ná de ná, que el Papa sigue siendo el Papa, el Rey es el Rey, y el Copón con Ruedas el Copón con Ruedas, ya te vas dando cuenta de lo que hay.

Tenemos un grave inconveniente: que no tenemos documentos que acrediten que Tauste pudo ser algo importante en aquella época. Es cierto. Resulta rarísimo que aquí, en medio de un valle importante donde hubo un trasiego de gentes y de actividad notables, no quede constancia de que hubiera una población considerable con un alminar de esa categoría, lo cual lleva a los más prudentes a quedarse, si no con la versión oficial (creo que se desmorona por sí sola), al menos con la duda. Pero no olvidemos que eso mismo ocurre con otros pueblos que pasan totalmente desapercibidos en la historia (como Zuera o Binéfar, por ejemplo) y nadie niega su antigüedad. No vayamos a pensar que la gente siempre ha descrito la arquitectura de las ciudades. Escribían sobre lo que les interesaba, pasando por alto cosas que a nosotros nos hubieran parecido llamativas. Ahí está el ejemplo del viajero Marco Polo, que hace unas descripciones detalladas de botánica, pero casi nada de arquitectura.

En fin. Volviendo a nuestra tierra, si mañana se descubre que dentro de esa torre barroca de la Seo (pulsad y leedlo, que es muy bueno) está nada menos que el alminar de la mezquita aljama de Saraqusta (octogonal, como nuestra torre), no vayáis a pensar que se va a reconocer que en Zaragoza hay algo más del siglo XI que no sea la Aljafería (y ésta, porque no les queda otro remedio). Y por muchos argumentos constructivos y palpables que demuestren que la Parroquieta de San Miguel (en la esquina de la Seo) es una construcción de aquélla época, así como la torre de San Pablo o la Magdalena, y tantas otras, aquí nada cambiará.

Parece lógico pensar que si se estudiara este cementerio “oculto” y se llegara a la conclusión de que es islámico, con unas dimensiones tan grandes como para justificar un núcleo de población importante (puede ser, al menos, una hectárea y media), debería cambiar la apreciación de Tauste en el siglo XI y reconocer que verdaderamente existió y tuvo grandeza, que no es una fantasía y que, si no hay escritos sobre ello, es porque han desaparecido, como tantos otros.

Pues no, desengañémonos. Aquí nunca prosperará nada de esto. Unos dicen que todo se debe a que esto se llama “Tauste” en vez de “Ejea” o cualquier otro nombre. Otros que no, que se debe a que se llama “Aragón” en lugar de “Cataluña” o de cualquier otra forma.

Yo no lo sé, pero voy a poner un ejemplo comparativo, para los que dicen que “pa qué, que vaya tontadas y que de esto no se come”:

Dos pueblos de nuestra comarca: los llamaré “A” y “B”, para no herir sensibilidades (cada uno ya puede imaginar). Los dos tenían hace unas décadas un patrimonio histórico nada envidiable, el uno respecto del otro. Si acaso, “A” más que “B”. “A” poseía un castillo medieval que fue derribado para construir con sus piedras una cooperativa agrícola (forma inteligente de dar de sí a unas piedras que allí no servían para nada). Mientras, “B” llevó a cabo un esfuerzo continuado de recuperación de su patrimonio; hoy "B" es un pueblo cuidado, al que da gusto visitar y en el cual, el turismo constituye una de las principales fuentes de ingreso.

En “A”, muchas de las gentes que vivían de aquella agricultura, tuvieron que emigrar finalmente a las grandes ciudades Es un pueblo descuidado en lo referente a su patrimonio, aunque hay en él personas muy loables (justo es reconocerlo) que tratan de defenderlo como pueden, pero les falta medios para remediar la desidia de tantos años.

¿Aprenderemos algún día?

sábado, 9 de enero de 2010

EL CEMENTERIO ZAGRÍ

Después del último artículo sobre alminares zagríes y alminares almohades, en el que desarrollaba análisis de tipo constructivo, esta vez voy a tratar un asunto más “poético” o, al menos, más humano, para que los amigos que tienen la paciencia de seguir este blog no se me quejen por el esfuerzo que les supone seguir el hilo de los argumentos, cuando éstos son de tipo técnico.

Así es que, aunque hace ya más de dos meses de la festividad de Todos los Santos, esta vez voy a hablar de cementerios.

Preguntas como:
-¿Cómo pudo ser el cementerio musulmán de Tahust en el siglo XI?.
-¿Dónde se encontraría?.
-¿Cuál era la forma de los enterramientos?
-¿Qué representaba para aquellas gentes?.
-¿Qué repercusión tenía en la vida social?, etc.
Son cuestiones que voy a tratar de desarrollar a lo largo de este artículo.

En las ciudades medievales cristianas, muertos y vivos se amontonaban dentro del recinto murado, al estar los cementerios dentro de las iglesias o en el entorno de las mismas. Parece ser que los ricos eran enterrados en el interior de los templos (se supone que para estar más cerca de Dios) y los pobres en el exterior. En Tauste, se sabe que el cementerio cristiano estaba en la Iglesia de Santa María (también se encontraron abundantes enterramientos en San Antón). Esto fue así hasta que, a principios del siglo XIX, el gobierno español dictó una norma por la que los cementerios debían sacarse fuera de los pueblos y ciudades, por motivos evidentes de salubridad. Es entonces cuando, en nuestro pueblo, se construye el “cementerio viejo” que muchos conocimos en lo que ahora es el parque de Santa Bárbara, siendo éste el cementerio construido fuera del casco urbano más antiguo que se conoce en Tauste.

Así pues, nos encontramos con que, en la época medieval, en Tauste tuvo que haber tres cementerios:

-El cristiano, ubicado en la Iglesia de Santa María.
-El judío, supuestamente situado en la zona del Camino del Indio (según Miguel Angel Motis).
-¿Y el cementerio musulmán?.

Sabemos que los musulmanes siempre han tenido la costumbre de situar los cementerios fuera de las ciudades, pero pegados a las murallas de las mismas, generalmente ubicados junto al camino principal que llegaba a esa ciudad, de forma que lo primero con que el viajero tropezaba al llegar a las inmediaciones de una agrupación urbana islámica era con la ciudad de los muertos, tradición que habían copiado de los romanos. Lo registra Cervantes, al referir que Crisóstomo, el pastor estudiante, «mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro». Parece ser que la intención era poner la ciudad bajo la protección de sus difuntos, como guardianes que impidieran la entrada de ningún mal en el interior de sus murallas.

Al cementerio se le llamaba en Occidente en lengua arábiga “maqbara” (en plural, “maqâbir”). Su fundación constituía un acto generoso, grato a los ojos de Allah. El que la hacía gozaba de beneficios en la otra vida, lo mismo que si hubiera edificado una mezquita, excavado un pozo o reparado un puente.

El cadí (qâdî) y el almotacén (al-muhtasib) eran los encargados en cada ciudad de velar por los cementerios y disponer alguno o algunos nuevos en caso de acrecentamiento de población o epidemia; de demoler las construcciones levantadas abusivamente en su área y de cuidar que no se cometiesen en ellos actos inmorales e impropios a la debida cortesía del lugar.

Cementerio de la ciudad de Fez. Marruecos

En contraste con los cementerios romanos y de acuerdo con la austeridad y el sentido igualitario del Islam, en las necrópolis de al-Andalus no había grandes monumentos funerarios ni mausoleos ostentosos que perpetuasen la memoria de los enterrados, pues, si a la vanidad en vida se la considerada como un defecto execrable, la vanidad póstuma era ya la más pueril e injustificada de todas. Sin embargo, era frecuente la existencia en los cementerios de una o más cúpulas (qubbas) que albergaban los restos de ilustres letrados, ascetas, taumaturgos o varones señalados por sus conocimientos y vida dedicada al Islam, en torno a las cuales se enterraban las gentes para beneficiarse de la influencia espiritual que de ellos irradiaba.

Los cadáveres solían ser enterrados de costado, con la cabeza a mediodía y el rostro hacia la ciudad de La Meca. Las sepulturas de las gentes más humildes se hacían notar con una piedra tosca, sin labrar, hincada en la cabecera, sin letrero alguno. Si se trataba de personas de algún relieve social o económico, las tumbas y la memoria de los que en ellas yacían, acostumbraba señalarse de varias formas:

a) Por dos estelas, gruesas losas rectangulares de piedra o mármol hincadas verticalmente y orientadas teóricamente hacia la ciudad de Meca, una a la cabecera y otra más pequeña a los pies, conforme al rito funerario que exige dos «testigos» limitando la sepultura del creyente.

b) Por una estela muy alargada, de piedra o mármol, de poca altura y sección triangular, sobre un plinto más o menos elevado, rectangular, colocada en el eje longitudinal de la tumba, casi siempre sobre varias gradas o escalones de mampostería o ladrillo. Se las designa con el nombre dialectal marroquí de rnqâbriya.

c) Por un cipo o fuste cilíndrico hincado en la cabecera de la tumba.

d) Por una o dos pequeñas estelas discoidales de cerámica vidriada, clavadas a la cabecera y a los pies de la fosa.

Hay, además, ejemplares esporádicos. Fuera de la clasificación quedan también las lápidas con escritura incisa, casi siempre toscas losas irregulares, de medios beréberes y rurales y formas muy variadas.

En cuanto a la vida en torno a las tumbas, ni tan mezclados con la vida urbana como los cementerios cristianos hasta los comienzos del siglo XIX, ni tan apartados de ella como los actuales -la civilización moderna huye de los muertos, los aleja y frecuenta lo menos posible-, los cementerios islámicos quedaban integrados en el flujo y reflujo cotidiano de la ciudad. El recuerdo de los desaparecidos permanecía siempre presente entre sus familiares y amigos.

Tras el sepelio de una persona venerada, por su rango, sabiduría o buenas obras, las gentes acudían con frecuencia a su sepulcro. Los viernes, sobre todo después del salat al-yümu'a, en la mezquita mayor, los caminos que conducían a los cementerios estaban concurridos por una muchedumbre de ambos sexos, que en ellos se mezclaban. Entre las tumbas, a veces, se levantaban tiendas, en las que las mujeres permanecían largo rato con el pretexto de huir de las miradas indiscretas, buen incentivo para acrecentar el deseo y el vicio de conquistadores y libertinos que, en busca de buenas fortunas, acostumbraban ir a las necrópolis para seducir a las mujeres que las frecuentaban. Esas tiendas, a veces (sobre todo en verano), cuando a la hora de la siesta estaban desiertos los caminos, se convertían en lupanares. Además de los mozos, estacionados los días de fiesta en los caminos, entre las tumbas, para acechar el paso de las mujeres, también acudían vendedores a contemplar los rostros descubiertos de las enlutadas, relatores de cuentos e historias, decidores de la buenaventura y músicos. En suma, los cementerios de al-Andalus eran escenarios en los que rebosaba extramuros la vida, comprimida en las angosturas urbanas; la vida humana con su mezcla eterna de espiritualidad y de concupiscencias y pasiones.

La palabra maqbara se castellanizó bajo la forma «macáber» (origen de la palabra “macabro”).
En la gran cantidad de piedras labradas -estelas y bordillos de las fosas- y ladrillos de los cementerios islámicos, vieron los conquistadores providencial y económica cantera para levantar edificios, sobre todo iglesias, destinados a satisfacer nuevas necesidades.
Un caso especialmente anecdótico es el de Huesca. En septiembre de 1273 cedía Jaime I al convento de Predicadores (Santo Domingo) de esta ciudad las piedras existentes en el «fosal» de los sarracenos para construir su iglesia. A consecuencia de la reclamación de los moros mudéjares, desde Murcia, el 6 de febrero del año siguiente, el monarca donaba a la aljama islámica de Huesca dicho cementerio, en el que no debía de enterrarse desde algún tiempo atrás, pues dice se lo da «para que podáis hacer campo y trabajarlo y roturarlo para provecho de vuestra mezquita y lo que allí se críe sea para el servicio de ella». Por privilegio posterior, extendido en Alcira el 2 de marzo de 1275, Jaime I concedía las lápidas de la Almecora, «cementerio antiguo de los sarracenos», para la fábrica de la catedral (ad opus operis Ecclesie oscensis).

Así pues, volviendo a Tauste, atendiendo a indicios materiales encontrados a lo largo de los últimos años, el cementerio musulmán tendría una extensión importante y se encontraría en el lado Sur del casco urbano, junto al camino de Zaragoza, que, naturalmente, era éste el camino principal que llegaba hasta esta ciudad. El viajero que venía, dejaba el cementerio en el lado derecho del camino, para adentrarse en el arrabal por el trazado aproximado que ahora siguen las calles Santa Ana y Zaragoza, hasta llegar a la medina (centro urbano), a la cual se accedía por la puerta de la muralla que debía de estar en la actual esquina de Berroy.

sábado, 19 de diciembre de 2009

ALMINARES ZAGRIES Y ALMINARES ALMOHADES

Hace ya algunas semanas, en un artículo que titulé “Alminar o campanario”, hice algunas comparaciones entre la torre de Tauste y la Giralda de Sevilla, con la advertencia final de que, por si a alguno se le ocurría pensar en una posible presuntuosidad por mi parte al hacer un símil entre nuestra “humilde torre mudéjar de pueblo” y el gran alminar almohade conocido como la Giralda de Sevilla, otro día contaría otra cosa al respecto.

Pues bien, ese día ya ha llegado y me dispongo a ello.

Resulta que, según la versión “oficial” que nos han vendido, nuestra torre tiene estructura de alminar almohade, es decir, formada por dos torres, una dentro de la otra, por entre las cuales se desarrolla la rampa de escalera. Nos dan una cronología de 1184 para la Giralda y 1284 para la torre “mudéjar” de Tauste (nótese que pongo comillas en lo de “mudéjar”).

Efectivamente, subes por la escalera de nuestra torre y observas que a tu derecha se encuentra el muro que da al exterior y a tu izquierda el que te separa de las sucesivas estancias interiores que hay dentro de la torre, una sobre otra. Eso te da la sensación de que te encuentras entre dos torres: la exterior o torre propiamente dicha, y la interior o contratorre. Bajo tus pies tienes unos peldaños construidos en ladrillo (como toda la torre) y sobre tu cabeza una sucesión ascendente de hiladas de ladrillo que van sobresaliendo hasta cerrarse en el centro, formando así un techo triangular de múltiples esquinas. Pero de lo que no somos conscientes es de que sobre ese techo no se encuentra directamente el peldañeado del tramo de arriba, como pudiera parecer, sino que encima de esas hiladas voladas que conforman nuestro techo, la fábrica de la torre continúa, dando lugar a un gran macizo de obra, sobre el cual, cuando llega el desarrollo de la escalera a su altura correspondiente, se formará el peldañeado de ese tramo de encima. Es decir, no se corresponde para nada con esa descripción de “alminar almohade formado por dos torres concéntricas y espacio hueco entre las mismas, donde se encuentra la rampa de escalera”, sino que en realidad es una sola torre “agujereada” de forma helicoidal, y es por este agujero por donde circulamos cuando subimos por esa escalera. Acompaño un dibujo de planta y sección que corresponde a la torre de San Pedro en Alagón (no es la de Tauste, pero sirve de igual forma para ilustrar esta explicación, pues, aun de menor tamaño, tiene la misma estructura que la nuestra).


Tengo que hacer notar que, en el caso de Tauste (de igual forma que en Alagón, San Pablo de Zaragoza y otras), la pared que separa el hueco de escalera de las estancias interiores es de pequeño espesor (apenas un ladrillo) y sería insuficiente siquiera para soportar los empujes que le transmiten las bóvedas que conforman dichas estancias. La gran masa se acumula en la zona central del macizo (entre cada rampa y la de encima correspondiente) y en la parte de muro que queda al exterior del hueco de escalera.

Se trata de una solución muy inteligente, pensada para llevar a cabo la construcción sin grandes medios auxiliares de andamios, cimbras, apuntalamientos, encofrados, etc., pues, a medida que el hueco de la escalera iba alcanzando la altura deseada (poco más que la de una persona), iban cerrando la obra por el método descrito de aproximación de hiladas y así continuaban su obra maciza hacia arriba. Para hacer eso, con unos sencillos caballetes de madera les bastaba para llegar a la altura del techo, colocaban sus hiladas voladas de ladrillo con yeso “al aire”, sin ningún encofrado previo, y después trabajaban desde encima de la propia obra. Pero no solamente el sistema era inteligente por el ahorro de medios auxiliares, sino porque, además, al situar la escalera muy cerca del núcleo central, a costa de reducir al mínimo el grosor del muro interior, consigue concentrar toda la masa posible en torno al perímetro exterior (optimización del momento de inercia de la sección), característica que confiere al conjunto de la torre una maximización de resistencia frente a solicitaciones de fuertes vientos o, si fuera el caso, de acciones sísmicas. Por otra parte, la concentración de cargas permanentes entre rampas de escaleras implica una importante componente vertical que confiere una gran estabilidad de cara a la acción del viento, ya que ésta se manifiesta como una fuerza horizontal. Naturalmente, no podemos pensar que aquellas gentes conocieran ya conceptos físicos actuales como el del momento de inercia, pero está claro que los manejaban magistralmente de manera empírica.

No es difícil comprender que este sistema de construcción requiere de una gran habilidad artesanal y dominio espacial permanente, todo ello, repito, en aras del importante ahorro de empleo de medios auxiliares.

Realmente, tenemos que situar esta construcción en la segunda mitad del siglo XI, como producto de una cultura que llega a nuestra península desde el mundo persa y se desarrolla precisamente en el valle medio del Ebro, todo ello posibilitado por la corriente de progreso que aquí se está viviendo, circunstancia que no se da en esa misma época en otros lugares de al-Andalus. Años después, un poderoso ejército de integristas islámicos invadirá la Península Ibérica (los almohades), pero serán vencidos en la batalla de las Navas deTolosa (año 1212) y la frontera quedará establecida a muchos kilómetros al sur de nuestras tierras. Para entonces, esto hace ya un siglo que es de dominio cristiano y muchos de los musulmanes que aquí vivían han emigrado hacia el sur, llevando allí su sabiduría y sus costumbres. Los almohades son un pueblo fanático y guerrero, que no destaca precisamente por su cultura; más bien, se limitan a adoptar las técnicas que encuentran en cada lugar que van conquistando. De esta forma, es más lógico pensar que es la cultura zagrí la que enriquece a al-Andalus y no la pobre cultura almohade (si se puede hablar de ella) la que se importa en lo que ya desde hace un siglo pertenece al reino de Aragón.

Naturalmente, se exporta desde aquí el concepto de esos viejos alminares que han quedado en el territorio perdido, a los que subes a través de una escalera que circula dando vueltas entre dos paredes, en contraposición a esas otras torres huecas mucho más elementales, que siempre tienen la escalera mal resuelta, mediante huecos mal apañados y tramos incómodos de escalerillas de palo. De esa forma surge el concepto de “alminar almohade”, cuyo máximo exponente por su grandeza y elegancia, no sólo de al-Andalus, sino de todo el Imperio Almohade, es el alminar de la mezquita-aljama de Sevilla, hoy conocido por el nombre de la Giralda.

Para entonces, las técnicas constructivas en occidente ya se encuentran más avanzadas. La pericia artesanal va dando paso a la utilización de cimbras y otros medios auxiliares que permiten la realización de obras más “airosas”. Una vez montado todo el mecano auxiliar, resulta más fácil la ejecución de la obra. Por hacer una comparación con la construcción actual: hasta hace pocos años las correas de escalera las realizaba el maestro albañil, colocando rasilla tras rasilla, “al aire”, sin más que pegarlas con pasta de yeso por el canto, trabajo que requería gran maestría. En la actualidad, al disponer de más medios, entableramos lo que será el fondo de esa correa, formando así un encofrado, el cual, posteriormente, no tiene más que ser llenado de hormigón para obtener la losa de escalera, trabajo que ya no requiere apenas habilidad.

De esa forma, construyen en Sevilla (ahora sí) una torre interior con muros de considerable espesor, para que sea, ya de por sí, autoportante. Eso posibilita levantarla hasta la altura que se desee, para después ir subiendo por fuera la torre exterior a la vez que se van construyendo las bóvedas sobre las que se apoyarán las rampas de subida. Para comprender la explicación, puede verse la figura que se acompaña.


Estas bóvedas son de crucería y se construyen sobre un mecano de encofrado que se va reutilizando tramo a tramo. Cada uno de estos tramos es horizontal y consta de cuatro bovedillas en línea (numeradas en el dibujo del 1 al 4), la primera de ellas formando salto respecto del tramo perpendicular anterior, y las otras tres, enfrentadas con la pared correspondiente a la torre interior. De esta forma resulta una construcción en la que verdaderamente son dos muros (los dos con un espesor considerable), pero con unas bóvedas ligeras. Las rampas se forman después, mediante rellenos ligeros (cascotes cerámicos e incluso vasijas) y un pavimento inclinado de ladrillo (en La Giralda no son peldaños, sino rampas).

Espero haber explicado lo mejor posible la diferencia constructiva entre lo que se denomina “estructura de alminar almohade” y lo que podemos llamar “estructura de alminar zagrí”, precedente claro del anterior, todo ello salvando las distancias en cuanto a diferencia de tamaño entre las dos torres que he tomado como modelo, que son la torre de San Pedro de Alagón (modesto alminar, si lo comparamos con el de Tauste o el de San Pablo de Zaragoza), y el de Sevilla, que es el más grandioso y espectacular de toda la época almohade en el mundo occidental. Por ello y para paliar el posible efecto de engaño, he incluido unas figurillas humanas en uno y en otro, que dan idea de la escala y de las proporciones.

Por si todo esto ha resultado demasiado “rollo” (cosa que no dudo, lo reconozco, sobre todo para los lectores ajenos al mundo de la arquitectura), extraigo a continuación las dos conclusiones fundamentales:

1.- La torre de Tauste es un alminar zagrí y no una torre mudéjar, cuya técnica constructiva, junto con la otros alminares de nuestro entorno, es pionera en la Península Ibérica.

2.- Son los alminares almohades (dada la escasez de conocimientos de aquel pueblo guerrero) los que se inspiran en los zagríes y no al revés, por ser éstos de clara precedencia.

A propósito de esto, como nota anecdótica y prueba del error al que estamos acostumbrados a cometer de forma sistemática, las personas que visiten el Patio del Yeso en los Reales Alcázares de Sevilla (un patio precioso, al que recomiendo su visita) podrán salir con la percepción, si antes han visitado la Aljafería de Zaragoza, de que ésta está inspirada en aquél. Pues no. Vean las fechas: el Patio del Yeso de los Reales Alcázares fue construido un siglo más tarde.
P.S. Perdón por la escasa definición de los dibujos. Pueden verse mejor pinchando sobre ellos.

sábado, 28 de noviembre de 2009

LOS VALLES DEL EBRO Y DEL GUADALQUIVIR

Hoy quiero contar una historia que nos transmitió Javier Peña hace unas semanas, en la cual establecía un interesante comparativo entre el valle del Ebro y el del Guadalquivir.

Debo aclarar que su relato se produjo en una conversación entre amigos, con la advertencia, por su parte, de que sólo se trata de una hipótesis, la cual habría que investigar y documentar más ampliamente para poder ser reconocida como algo solvente. Lo cierto es que al resto de participantes de aquella improvisada conversación nos pareció algo muy interesante y pintoresco y le animamos a que lo relatara en su blog, ya que la falta de estudios más profundos al respecto no está reñida con la publicación de un pequeño adelanto al respecto, con la prudente advertencia, por supuesto, de la provisionalidad de esas conclusiones. Desde luego, los razonamientos y todo el hilo conductor de los mismos nos parecían muy bien justificados.

Como quiera que va pasando el tiempo y parece que Javier no se decide a escribir su versión sobre este tema, voy a atreverme a hacerlo yo, porque creo que es algo digno de compartir con las personas que, con más o menos entusiasmo, vienen siguiendo nuestra labor “pro-zagrí”, aun sin pedirle permiso, que, si se enfada, ya se le pasará.

El razonamiento de nuestro amigo Javier venía a explicar el por qué de la diferencia paisajística actual entre los valles del Ebro y del Guadalquivir, aun tratándose de dos entornos que guardaron similitudes importantes en época islámica.

En efecto, cuando la cultura islámica se impuso en nuestra península, allá por siglo VIII, aquellas gentes aprovecharon los sistemas de regadíos que habían dejado los romanos, perfeccionándolos y ampliándolos, desarrollando a lo largo de los ríos una especie de oasis lineales en medio del gran paisaje estepario, aprovechando, sobre todo, las aguas de los afluentes, las cuales eran más fáciles de controlar que las de los ríos principales (en nuestro caso, el Ebro, y en el otro, el Gualdalquivir). Ello posibilitó la proliferación de ricas vegas y, por tanto, una alta densidad de población (para aquella época) que en nada tenía que ver con la despoblación y la miseria de otros lugares, como por ejemplo, la meseta castellana.

Comentaba que, cuando los cristianos aragoneses conquistaron el valle del Ebro, a principios del siglo XII, a los pobladores musulmanes de estas tierras se les permitió quedarse a vivir en su entorno, pudiendo conservar su religión y su modo de vida. En aquel entonces, Zaragoza era una ciudad próspera de unos 50.000 habitantes, como correspondía a una ciudad media del mundo musulmán (que era el más avanzado en aquella época), dotada de escuelas, hospitales, alcantarillado público, bibliotecas y otros servicios, totalmente impensables en cualquier ciudad del mundo cristiano. En ella vivían, además de gentes que se ganaban el sustento en la agricultura y la ganadería, otras muchas del sector terciario, es decir, artesanos, comerciantes, etc, amén de profesionales de todas las disciplinas (médicos, filósofos, poetas, músicos, astrónomos, etc). Con la llegada de los cristianos, este sector vio gravemente disminuida su capacidad de negocio, puesto que la ciudad y su entorno dejaban de ser el medio propicio donde poder sobrevivir con el ejercicio de sus actividades. Además, se daba la circunstancia de que estas gentes eran las que poseían cierto nivel económico, por lo que emigraron a otras tierras que seguían gobernadas por musulmanes, principalmente a Levante. Ello produjo un despoblamiento atroz de la ciudad, que vio reducida su población al 10%, aproximadamente. Zaragoza se ”ruralizó”, pasando a ser una ciudad al estilo europeo de aquella época: la poca población que permaneció tuvo que compartir su hábitat, en inferioridad de condiciones, con los nuevos colonos venidos de los Pirineos y del Sur de Francia (ostentando éstos la hegemonía,) la agricultura y la ganadería pasaron a ser casi los únicos medios de vida, se abandonaron y desaparecieron las bibliotecas, hospitales, servicios urbanos (como ejemplo de ello, recordar que los excrementos se arrojaban a la calle hasta tiempos cercanos a nuestros días), etc.

Pero este declive catastrófico no sólo afectó a la capital del reino, sino que también –aunque en menor medida- lo hizo al medio rural donde sus gentes, al no tener posibilidad de recoger sus pertenencias y emigrar a otras tierras musulmanas, tuvo que quedarse, amparados por la promesa del Rey Alfonso (y sucesores del mismo) de garantizarles unos mínimos derechos. De esta forma, constituyeron una masa de población que se llamó “mudéjar”, hasta el año 1526, cuando, bajo el reinado de Carlos I fueron obligados a bautizarse y pasaron a denominarse “moriscos”. Esta conversión al cristianismo fue falsa en muchos casos, manteniendo clandestinamente sus prácticas religiosas.

El valle del Guadalquivir corrió una suerte parecida casi un siglo y medio más tarde, pero duró poco tiempo. A diferencia de los aragoneses, los castellanos sometieron a la población mudéjar a continuos abusos, humillaciones y vejaciones, lo cual provocó revueltas por parte de esa población a los pocos años de haber sido conquistados aquellos territorios. Como consecuencia de las mismas, los castellanos no se anduvieron con contemplaciones y les echaron (a los que no habían muerto o esclavizado). El resultado fue el abandono de aquellas vegas, siendo colonizado el territorio por gentes llegadas de Castilla, cuyo modo de vida era principalmente la ganadería y una agricultura cerealista de secano. Tanto es así, que en muchos lugares era habitual que el secano llegara hasta las mismas orillas de los ríos.

Otro dato más de la represión ejercida por los castellanos sobre la población mudéjar es que ésta fue obligada a bautizarse y convertirse al cristianismo ya en el año 1502. Es el reinado de los Reyes Católicos, pero mientras Isabel de Castilla obliga a sus súbditos musulmanes a bautizarse, Fernando mantiene los derechos de los suyos en Aragón. Por fin, en 1526 (como ya queda dicho anteriormente) los mudéjares aragoneses son obligados a bautizarse, cuando el rey de Aragón ya es el mismo personaje que el de Castilla (entonces Carlos I de España y V de Alemania) y la política castellana gana peso sobre la aragonesa porque al poder del rey le convienen más las leyes absolutistas castellanas que las costumbres y el derecho aragonés, todo ello a pesar de seguir siendo países independientes. Finalmente fueron expulsados en 1610, por el rey Felipe II (Felipe III de Castilla).

Es decir, fueron los castellanos los que expulsaron a los mudéjares del valle del Guadalquivir, que ya era territorio perteneciente al reino de Castilla. Fueron ellos los que obligaron a convertirse al cristianismo a los mudéjares de sus dominios. Pero también fueron ellos, de alguna manera, los que forzaron la misma medida para con los mudéjares aragoneses, 24 años más tarde, y definitivamente fueron ellos los que decretaron su expulsión a partir de 1609, tanto en Castilla como en Aragón (aquí en 1610), en contra del criterio y de los deseos de toda la población aragonesa, incluyendo a la nobleza, porque constituía una fuente de riqueza y el mantenimiento de unas explotaciones agrícolas a las que ellos, como nadie, sabían sacarles provecho, además de un sector de servicios artesanos (cestería, alfarería, etc.) que principalmente era ejercido por esa población morisca.

En Aragón provocó la ruina, no sólo de aquellos pobres desgraciados (casi el 20% de la población), sino de muchos pueblos y lugares del reino. Sin embargo, los cinco siglos de convivencia transcurridos desde la conquista cristiana hasta la expulsión habían supuesto un intenso intercambio de técnicas, conocimientos y costumbres, que posibilitó la continuidad de su aportación al progreso en estas tierras. No fue así en Andalucía, pues como ya queda dicho anteriormente, tal convivencia no fue posible.

Quizá hay que buscar ahí una de las posibles causas del latifundismo en aquellas tierras, donde el predominio del secano facilita la existencia de grandes propiedades bajo un mismo dueño, mientras que el regadío favorece la proliferación de parcelaciones más familiares.


Como siempre, Javier no da puntada sin hilo. Me pareció una versión interesante y sugerente. Aquí queda contado.

viernes, 13 de noviembre de 2009

JERÓNIMO MÜNZER

Estuve hace unos días en Toledo y tengo que reconocer que es toda una experiencia sumergirse uno en aquellas callejuelas, en aquella ciudad que fue la capital del imperio más poderoso del mundo en la época de Carlos I. La ciudad de las tres culturas: la cristiana, la judía y la musulmana, donde, se supone, convivían pacíficamente, como en tantas otras ciudades de España. Lo de pacíficamente, ¡hombre!, sus altercadillos tendrían, pero también los ha habido siempre aun después de haber expulsado a moros y judíos, quedando sola la clase dominante.

Uno va paseando por aquellas calles, dejándose sugestionar por todo ese poso de historia que se respira y trata de hacer el esfuerzo de trasladarse mentalmente a cinco siglos atrás, imaginándose el ambiente en aquel lugar.

Naturalmente, el que España fuera el país más poderoso de la Tierra no significa que eso se reflejara en sus gentes, pues no dejaba de ser un país social y económicamente atrasado, donde la autoridad se apoyaba en el fanatismo religioso para poner trabas a un progreso tenido por peligroso desde el punto de vista político.

Recapacitaba sobre el hecho de la convivencia y, tratando de imaginar allí a esas “otras gentes” (moros y judíos), me los figuraba diferentes a los cristianos, es decir, a los “nuestros”, como si de otra raza se tratase, porque siempre nos lo han hecho ver así, y hacía extensible esta reflexión a nuestro entorno, concretamente, a Tauste y Zaragoza.

Resulta especialmente interesante la crónica de un viajero alemán llamado Jerónimo Münzer. Este hombre estuvo en Zaragoza allá por el año 1493. Los judíos ya habían sido expulsados de España, pero permanecía la población musulmana, la cual, en aquel entonces (la época de los Reyes Católicos), aun conservaba el derecho a ejercer su religión. Pues bien, hay dos cosas destacables de la crónica de aquel ilustre viajero:

1ª.- Manifiesta que le llama especialmente la atención el hecho de que, en Zaragoza, los musulmanes son generalmente personas de tez blanca. Se ve que él esperaría distinguirlos por su aspecto renegrido, ojos oscuros, cabellos negros, etc. (como los magrebíes), viendo, sin embargo, entre ellos, incluso gente rubia y de ojos claros.

2ª.- Se extraña, cuando visita la catedral de la Seo, de que allí hay una capilla dedicada a la Virgen, ante la cual, cuando pasan los moros, se humillan con mucha reverencia. El buen hombre no encuentra explicación posible a este hecho.

Pues bien, la primera extrañeza que apunto tiene su explicación en que la población musulmana de estas tierras no era descendiente de gentes extranjeras venidas de África o de Asia, sino mayormente de la propia población hispánica que, con la entrada de los musulmanes en la Península en 711, se habían convertido a esa religión, sencillamente porque les convenía más social y económicamente. Cuando viene Alfonso I el Batallador, a principios del siglo XII, termina con el gobierno musulmán y establece el poder cristiano, eso sí, permitiendo a los habitantes de estas tierras (musulmanes en su mayoría, pero blancos como nosotros) seguir viviendo en estas tierras y mantener su propio culto. Aun así, en el caso de Tauste, por los motivos que fuera, hubo batalla cruenta y los pocos supervivientes que quedaran serían ejecutados, expulsados o esclavizados, pasando a ser nuestro pueblo colonizado por franceses, en su mayoría. Sí señores, nosotros descendemos de aquellos franceses y no de aquellos que habían sido taustanos (o tahustíes) desde siglos inmemoriales.

En cuanto a la segunda extrañeza, tiene una explicación curiosísima: todos sabemos que, con la llegada de los cristianos, la mezquita-aljama de Saraqusta se aprovecha para el culto cristiano, hasta que se transforma en la catedral que hoy conocemos. En aquella mezquita (como en todas del mundo), había un muro (la qibla) que señalaba la dirección hacia donde dirigir la oración, en el que se encontraba el mihrab o nicho que representa la Puerta del Paraíso. La fundación y fijación de esta qibla y mihrab se atribuye al tabí (hombre santo del Islam) Hanas as-San’ani y está documentado que fue la primera mezquita fundada en todo al-Andalus (antes que la de Córdoba), así como que Zaragoza fue durante años lugar de peregrinación del Islam, pues venían gentes desde lugares lejanos para venerar la tumba del tabí. A lo que iba: el famoso mihrab se destinó a esa capilla dedicada a la Virgen María y, no es que los musulmanes tuvieran intención alguna de adorar a la Virgen, sino que lo que reverenciaban era el mihrab fundado por aquel hombre legendario.

Para terminar, por si alguien se queda con ganas de conocer algo más acerca de lo que fue de aquellas gentes, sugiero echar un vistazo a un artículo (es corto y entretenido) escrito por José Luis Corral y que se titula “El destino de los musulmanes aragoneses”.