lunes, 31 de agosto de 2009

ORIGEN DE LAS TORRES OCTOGONALES EN AL-ANDALUS





Hoy quiero llamar especialmente la atención acerca de un delicioso artículo escrito por Javier Peña en su blog sobre el Aragón Andalusí, titulado “La Alcazaba de Calatayud. Cronología” y dedicado a Agustín Sanmiguel, recientemente fallecido, gran investigador sobre estos temas.

Digo “delicioso”, porque nos abre una puerta muy sugerente en el camino de encontrar los verdaderos orígenes de nuestra arquitectura zagrí, ésa que algunos historiadores siempre se han empeñado en negar, dentro de todo el patrimonio mudéjar, negando lo innegable y alterando el orden lógico de las cosas.

Se trata de un hallazgo de ésos que al principio puede parecer insignificante, pero que indica un rastro que, bien seguido, indudablemente conducirá a conclusiones ricas y esclarecedoras.

Esta vez se trata de Calatayud. Por cierto, ¿sabíais que fue esa ciudad la primera que fundaron los musulmanes en la Península Ibérica y que la mezquita de Zaragoza también fue la primera?. Mira por donde, las dos en Aragón (Zagr-al-Andalus), y nosotros siempre pensando que eso de lo moro era algo que nos vino después de haberse desarrollado en Andalucía.

Pues resulta que nuestro amigo arquitecto Javier, trabajando en un proyecto de restauración de la alcazaba de Calatayud, ha descubierto (algún historiador ya había detectado algo, pero, por no saber darle explicación arquitectónica, lo había dejado de lado) los restos de una torre más antigua que el resto, dentro del conjunto fortificado.

Siempre se había dicho que todo ese conjunto databa del siglo IX. Ahora, Javier Peña demuestra que verdaderamente de esa época sólo es esa “torre camuflada”, apoyado en otras evidencias del casco urbano de Calatayud (relación con el castillo de Doña Martina) y razonando que no tenía sentido hacer semejante fortificación en una ciudad no fronteriza. Lógicamente, es después, en el siglo XI, cuando Zagr-al-Andalus, con Mundir I al frente y capital en Saraqusta, proclama su independencia (año 1.018) respecto al poder de Córdoba, y Calatayud, ciudad arropada hasta entonces por kilómetros y kilómetros a la redonda de dominio musulmán, queda en la frontera con el reino de Toledo (también musulmán, por supuesto, pero ya es otro estado).

De esta forma tan lógica, Javier nos explica que es en esta época cuando se construye el conjunto fortificado de Calatayud. Esta vez, no podrán acusarle los historiadores de adelantar la cronología, porque la retrasa nada menos que siglo y medio. Resulta ser aquí donde por primera vez se construyen unas torres octogonales, aunque no en ladrillo, sino en tapial de yeso. Con mucha probabilidad, Javier Peña ha encontrado en Calatayud el verdadero origen del alminar octogonal, mientras todos nos habíamos creído que esa tipología de torre venía del gótico levantino. Probablemente, ahora habrá que llegar a la conclusión de que no, que, en todo caso, será el gótico levantino el que provenga de lo nuestro.

La coincidencia en el tiempo y en un mismo reino de estas nuevas formas (las octogonales de Calatayud) con la tecnología irania venida desde Persia (estructuras de ladrillo y yeso), da como resultado esta tipología tan soberbia de alminares octogonales, de la cual tenemos en Tauste uno de los exponentes más destacados.

Nos queda mucho por investigar, acerca de cómo y por qué pudo llegar a construirse aquí semejante obra, en un pueblo situado en la margen izquierda del Ebro, junto al río Arba, apartado de todo el esplendor moruno de los valles de los ríos Queiles, Huecha, Jalón, Jiloca y Huerva (ciudades como Tarazona, Borja o Calatayud). Sólo cabe encontrar la explicación a través de Zaragoza y las rutas comerciales que se establecieran con los reinos del norte. ¿Qué relación administrativa tan fuerte hubo de tener nuestro pueblo con la capital del gran reino zagrí?.

También Javier Peña ha venido a desmantelar con su brillante sagacidad la teoría de distinción entre torres de estructura islámica (torre y contra-torre, con la escalera circulando entre ambas) y torres de estructura cristiana (huecas, divididas, en todo caso, por estancias superpuestas). Resulta que estas torres octogonales de Calatayud son huecas y están cubiertas con bóveda de cañón, lo que demuestra que este sistema ya era utilizado en la arquitectura andalusí (concretamente “zagrí”, en este caso), en el siglo XI. Este hallazgo resulta ser igualmente de suma importancia, pues abre la posibilidad de incluir en la arquitectura zagrí torres de estructura hueca (por ejemplo, la de Longares) cuando antes estaba totalmente vedado por ese argumento que ahora resulta ser inconsistente.

Pero no os voy a cansar más. Os recomiendo una visita por el blog de Aragón Andalusí y veréis su explicación de primera mano, relacionando además, con sumo conocimiento, datos históricos de Oriente con los de nuestra tierra. De paso, leéis un artículo sobre “La etimología de Azagra”, que es cortico y no tiene desperdicio.

martes, 18 de agosto de 2009

REACCIONES ENCONTRADAS



Quede claro que lo que menos pretendía yo con mi último artículo sobre el estado de la torre de Tauste y la peña desprendida era provocar un debate político. Nada más lejos del objetivo de este blog.

He de decir que todo ha sido una provocación de Julio (ejeano y buen amigo, con el que tengo en mi haber muchas horas de discusión) y, claro, ha habido personas que han entrado al trapo, lo cual, por otra parte, me parece muy bien. Para eso tengo configurado el blog de manera que cualquiera pueda entrar, sin restricciones, incluso anónimamente, y escribir lo que le venga en gana. Libertad de expresión ante todo. Sin embargo, me gustaría puntualizar que los comentarios anónimos, por muy bien fundamentados que estén, gozarían de mayor consideración si llevaran nombre y apellidos. Ahí, a pecho descubierto.

Quisiera dar por zanjado este debate político que nunca quise empezar (tampoco me arrepiento de nada, que quede claro), con mi humilde aportación al respecto.

Cierto es que Ejea viene disfrutando desde hace años de una cantera de políticos bien situados a nivel autonómico que han sabido barrer para casa, lo cual es condenable cuando parte de lo que se llevan no les corresponde y es a costa de privar a otros de lo que les hubiera pertenecido. En cuanto a las posturas victimistas de los políticos taustanos, no soy conocedor de tal circunstancia. En todo caso, si las ha habido, habrán sido consecuencia de esa sensación de rabia e impotencia que produce el hecho de que cuando pides algo que te pertenece y se te niega, para dárselo a otro que posee una situación de mayor influencia, sólo te queda el derecho al pataleo, y eso fastidia mucho.

Encuentro fundamento en eso que dicen de que “hay que saber pedir con gracia” y sin miedo a que te lo concedan, aunque ello suponga tener que ponerse a trabajar para llevar a cabo los proyectos. Si están, es para eso, para trabajar por su pueblo, que bastante mérito tienen por estar ahí, donde hagas lo que hagas, siempre serás criticado, donde casi nadie queremos estar, en un sistema de partidos políticos gobernados por camarillas de poder, donde el que es eficiente no puede medrar porque se encuentra con el que está por encima, que tiene mejores influencias y le dice “dónde vas, chaval, que estaba yo antes”. Sería fácil establecer un sistema de elecciones de listas abiertas, donde al pueblo se le diera la oportunidad de elegir a las personas por las que verdaderamente quisiera verse representado (por lo menos, en las municipales, y de ahí que emanaran todas las demás), pero eso supondría un acto de generosidad por parte de los que ostentan esos poderes fácticos que no están dispuestos a permitir, sencillamente porque se les acabaría el chollo. Es curioso: tras la muerte de Franco, España era un hervidero social y los herederos del franquismo, poseedores del poder absoluto, tuvieron el “acto de generosidad” de votar “sí” a la Ley de Reforma Política, a sabiendas de que al día siguiente se iban todos a casita, dejando el poder en manos de unos partidos políticos que se erigían en representantes del pueblo, con un montón de dificultades por delante que supuso crear un sistema democrático defectuoso, pero que, al fin y al cabo, era un gran paso adelante. Ahora, treinta años más tarde, seguimos anclados en esta fraudulenta democracia, donde el poder es manipulado por unos pocos de los que cabría esperar un comportamiento más democrático que de aquéllos de hace treinta y pico años, pero todo lo contrario, pues se aferran a ese poder como a un clavo ardiendo, en lugar de facilitar que sea verdaderamente el pueblo, mediante un sistema electoral digno, quien ponga a cada uno en su sitio; donde unos tienen más derechos o menos en función de la tierra donde viven y donde, curiosamente, los más desfavorecidos seguimos siendo los más incondicionales al sistema, mientras los otros ejercen su más insaciable egoísmo. Pero, al contrario de lo que ocurrió en aquellos finales de los 70, ahora nadie dice nada al respecto, nadie cuestiona el sistema, porque si alguien se mueve, ya no sale en la foto. Y digo yo: “¿no es más fácil reivindicar ahora que en aquellos tiempos, sin miedo a que te fusilen?”. Pues, no. Estamos apalancados en una inconmovible y aletargada resignación.

País… (que decía Forges).

Pues eso ocurre a nivel nacional, autonómico y ¿comarcal?. Personalmente, no sé qué pinta Tauste en la Comarca de Cinco Villas, con Ejea como un mal hermano mayor. Mejor nos hubiéramos quedado en la Ribera Alta, que son los pueblos con los que realmente siempre hemos tenido una buena e intensa relación. Por eso, hay que reconocer su valor a nuestros políticos locales, porque, la verdad, hay que tenerlo para estar ahí. Curiosamente, si con alguien he pretendido ser duro en mi artículo, más que con ellos, es con el pueblo en general (donde me incluyo yo el primero), pero nadie se ha quejado. Léase el último párrafo donde denuncio la apatía general del pueblo, como causa de la dejadez en que nos encontramos. Criticamos muy a nuestras anchas en nuestras tertulias privadas las cosas que no funcionan en Tauste, pero no tenemos la entereza de manifestarnos donde legítimamente esta pseudo-democracia nos facilita el foro adecuado, que son los Plenos Municipales. “Sí, aura voy a ir yo allí, a haceme a malquerer; paiso están ellos, y si no, que no estén”. Mientras tanto, a los plenos, tan sólo van Noeli Barceló y el siño Angel el Chugo. Lo sé porque me lo han contado, porque yo tampoco voy (ved que me pongo el primero).

¿No podríamos ir a los plenos, participar de las cosas públicas que directamente nos afectan, sin acritud, exponer las cuestiones correctamente, hacer que nuestros ediles se sientan arropados, que no tengan esa sensación de no saber para quién trabajan, que se sientan motivados (y controlados, por supuesto, que tampoco es malo), que vean al pueblo, que sepan sus necesidades, etc.?.

Allí es donde de verdad deberíamos expresarnos, insisto, tranquila y correctamente, que la exigencia no debe estar reñida con la armonía.

Pero no. Y ya que nadie se ha picado por la acusación de apatía que hice, dejadme que vaya un punto más allá en la provocación: ¿qué calificativo merece un pueblo que no es capaz de defender, ya no sólo lo suyo, sino también el legado que va a dejar a sus hijos?. Porque a todos nos gustaría dejar a nuestros hijos el mejor pueblo donde desarrollar su vida. ¿O no?.

lunes, 10 de agosto de 2009

Y AHORA, ¿QUÉ PASA CON LA TORRE?





Parece ser que, tras las últimas declaraciones provenientes del Ayuntamiento acerca del estado de la peña próxima a la base de la torre de Santa María y el artículo aparecido en el Heraldo de Aragón del domingo 9 de agosto, planea de nuevo la sombra del abandono.

No tengo la menor duda de que los argumentos esgrimidos están basados en un reciente informe geotécnico. Al parecer, los geólogos han vuelto a informar que nuestra torre no corre peligro. Así será, que para eso son especialistas en terrenos, pero tampoco tengo ninguna duda de que esas informaciones se están utilizando de manera inapropiada, tratando de justificar una posible vuelta a la pasividad ante este importante problema.

Una cosa es que los expertos aseguren que, del estudio del estado actual, se deduzca que la peña es estable, que sus fracturas no alcanzan todavía la zona de seguridad de la base de la torre y que, por tanto, ésta no corre ningún peligro, y otra bien diferente es interpretar que aquí sigue sin pasar nada. De todos es sabido que nuestro terreno se compone de yesos y arcillas, materiales altamente alterables por el agua y la intemperie. Por tanto, no cabe concebirse que ese talud pueda permanecer en ese estado de forma indefinida, ya que el deterioro paulatino del frente abierto será algo inexorable.

De todas formas, además de lo evidente de esta afirmación, tampoco es de recibo tener esa afrenta en el centro de nuestro pueblo, aunque sólo sea por dignidad.

De ninguna manera cabe admitir que lo único urgente que necesita la peña es un saneamiento en su frente y una consolidación en la cueva, concluyendo que no precisa un muro de contención (tan sólo admite, en el citado artículo, una edificación para un uso sin determinar, pero no como algo necesario), ya que tal afirmación viene a dar a entender por “sanemiento” el concepto de limpieza y poco más, con lo que el deterioro progresivo sería imparable, con el grave riesgo que poco a poco iría implicando para la estabilidad de la torre. “Saneamiento”, en este caso, ha de entenderse (ateniéndonos al Diccionario de la R.A.E.) por “reparar, remediar, afianzar, dar condiciones de salubridad, preservar de la humedad”. Esto sólo se consigue mediante la construcción de un muro de contención que proteja al frente de la peña de la intemperie, previa consolidación de la cueva. Otra cosa es que ese muro de contención necesite unas dimensiones y una cimentación desorbitadas para garantizar las mínimas condiciones de estabilidad -dado el gran desnivel que tiene que salvar- y que sea una solución más inteligente amparar dicho muro mediante una construcción (aunque sólo sea en estructura), ya que en ese caso el dimensionamiento del muro sería algo mucho más sencillo y, por tanto, mucho más económico. Ello supondría invertir en una estructura de coste superior al planteamiento de “sólo muro de contención”, pero, al menos, ahí quedaría un volumen de edificación aprovechable con vistas a futuro, mientras que lo gastado en un muro de esas magnitudes no tendría más aprovechamiento que el de contener y proteger la peña.

Ya sé que por parte del Ayuntamiento de ninguna manera se ha dicho que sólo se vaya a hacer una limpieza del frente de la peña y a rellenar la cueva, pero después de atravesar por un periodo tan largo de pasividad en este asunto, al recibir estas noticias, se le ponen a uno los pelos de punta. No olvidemos que bastante tiempo después del derrumbamiento (no recuerdo exactamente cuánto), dos profesores de la UNESCO visitaron nuestro pueblo para comprobar el estado de ese lugar y dieron una charla en la Casa de Cultura. Expusieron su punto de vista con total corrección, totalmente respetuosos y sin inmiscuirse en asuntos técnicos que pudieran quedar fuera de su especialidad. Tan sólo, en este sentido, dijeron que no era concebible que aquello estuviera así después del tiempo transcurrido, sin que el Ayuntamiento hubiera emprendido ya las acciones necesarias para proteger la torre, explicando la alta responsabilidad que resulta de la declaración de “Patrimonio de la Humanidad”. Desde el público, alguien, en representación del Ayuntamiento, les tachó de “imprudentes” (o algo similar, y algo más), por poner en entredicho la irreprochable actitud de la corporación municipal, ya que el equipo de geólogos había informado que no había ningún peligro. Ninguno de los allí presentes tuvimos el valor ni la decencia de salvar la cara de aquellas personas que se habían dignado a visitar Tauste para examinar un problema nuestro.

Continuó la dejadez durante bastante tiempo más, hasta que, por una de las casualidades de la vida, tuve acceso, hace ya dos años, al contenido de ese informe geotécnico que siempre se había interpretado como que allí no pasaba nada ni pasaría jamás. Las conclusiones del informe no iban precisamente por esos derroteros. Pero, además, pude detectar errores significativos en aspectos meramente constructivos, como es en lo referente a la carga transmitida por la torre al terreno (materias cuya competencia pertenece más bien a la arquitectura técnica que a la geología), así como contradicciones respecto a la existencia o no de corrientes de agua subterránea, según se analizaba el documento en unas páginas o en otras, lo cual añadía una mayor preocupación, si cabe, al asunto, por tratarse de un terreno cuya naturaleza es tan altamente sensible a estas circunstancias.

El nuevo análisis de ese informe geotécnico evidenciaba la necesidad urgente de retomar el asunto (nunca, intuitivamente, había dejado de serlo) y lo puse en conocimiento del Ayuntamiento a través de un detallado informe. La respuesta no defraudó y se comenzó por acometer la relación justificada de acciones necesarias por la primera de ellas, que era el derribo de la casa afectada de la C/ Rey de Artieda, ya que era la única manera de conseguir un frente de acción para llevar a cabo los trabajos necesarios.

Ahora salen estas últimas informaciones. Después de todo lo que llevamos y visto lo que puede deducirse de las mismas, compréndase el fundado temor de que todo esto no sea sino otro pretexto más para que el asunto vuelva a estancarse, mientras el deterioro infalible siga su curso.
No pretendo hacer una crítica sobre la dejación o no dejación por parte de las autoridades en asuntos como éste, toda vez que, como representantes del pueblo que son, no pueden por menos que reflejar la apatía reinante en el mismo.

Esperemos que no sea así. Nos jugamos mucho y no podemos permitírnoslo.

sábado, 8 de agosto de 2009

VISITA A TAHUST EN EL SIGLO XI


Me está ocurriendo últimamente que cuando me encuentro con buenos amigos, seguidores habituales de este blog, me reclaman que “a ver cuándo vas a poner más cosas, que llevo días entrando en tu blog y siempre aparece lo mismo”. A lo cual yo contesto que “tranquilidad, que uno escribe cuando puede (las aficiones hay que compatibilizarlas con el trabajo), además de que éste es un tema que no da para un artículo semanal, ni mucho menos”. Bastante tengo si consigo componer uno al mes, más o menos.

De todas formas, ya veis, aunque espaciados en el tiempo, son bastante larguicos. Recomiendo tomarlos con tranquilidad y no pretender absorberlos en cinco minutos. No os peguéis la paliza, tratad de asimilarlos con calma y disfrutad de ellos, si verdaderamente os motiva el tema, que merece la pena. Sobre todo, el PDF que contiene el trabajo completo, con los textos e imágenes de “Tauste en los siglos XI al XIII”, colgado el 30 de mayo de 2009 (donde pone “pinchar aquí”). Os aseguro que en él encontraréis datos sorprendentes. Podéis hacer uso de las herramientas que aparecen en el lado izquierdo (marcadores e índices de contenidos) para que se os pueda hacer más asequible y selectivo.

Como ejemplo de ello, esta vez os sugiero que leáis el contenido que abarca desde la página 16 hasta la 22, donde describo cómo pudo ser el Tauste del siglo XI (en torno a los años 1050). Recrearos en observar el plano de la página 19 y tratad de transportaros a aquella época.
Imaginad Tahust viniendo desde San José. En frente, el pueblo, presidido por su gran alminar. Todo un erial se extiende desde nuestros pies hasta llegar a lo que ahora es la calle Alfonso I el Batallador, desde la plaza Felipe V hasta Cuesta de Lanzán, pasando por plaza de la Reconquista. A esa altura comenzamos a ver las primeras construcciones, pequeñas, modestas y diseminadas, envueltas por una débil muralla de tapial que sigue la línea aproximada del tramo de Alfonso I antes descrito. Al fondo, envuelta por la blanca muralla de piedra de yeso, se divisa la medina, con su casco urbano abigarrado. De la muralla de tapial descrita hacia nosotros, como decimos, todo erial, ninguna construcción. Lo primero que divisamos a medida que nos acercamos es el cementerio. Una amplia explanada, prácticamente pegada a esa muralla, llena de losas y piedras colocadas de punta, cada una de ellas señalando un enterramiento, tumbas sencillas, perfectamente ordenadas, con los cuerpos orientados de forma que los pies apuntan hacia el nordeste y las cabezas hacia el suroeste. Los han colocado de esta forma, dentro de su fosa, envueltos en un sudario y apoyados sobre el costado derecho (postura natural de descanso). Así, la cara del difunto mira hacia el sureste, es decir, hacia la Meca.

Dejaremos el cementerio a nuestra derecha y entraremos en los arrabales de la ciudad por alguna puerta, a la altura de la actual plaza de Felipe V. Seguiremos por C/ Santa Ana, C/ Fray Angel Martínez y C/ Zaragoza, hasta llegar a la esquina Berroy, donde nos encontraremos con la Puerta de Saraqusta. Si decidimos no atravesarla y giramos nuestro camino hacia la izquierda, bajaremos, bordeando la muralla –que quedará siempre a nuestra derecha- al barrio mozárabe, donde viven los cristianos en torno a su ermita de San Miguel. Si la franqueamos, atravesamos la muralla de piedra blanca y nos adentramos en la medina, centro de la vida social y comercial del pueblo, donde se encuentra la gran mezquita con su imponente alminar.

Puede ser mediodía, en cuyo caso nuestro paseo se verá amenizado por la voz del muecín que, desde el alminar, está llamando en árabe (su lengua sagrada) a los fieles a oración.

Espero que disfrutéis del paseo.

sábado, 27 de junio de 2009

LA TORRE DE LONGARES











De un tiempo a esta parte, por motivos de trabajo, me toca recorrer algunas veces el tramo de la nueva Autovía Mudéjar comprendido entre Zaragoza y Cariñena. A unos 33 Km de Zaragoza, se pasa al lado de Longares y siempre me siento atraído por la visión de su torre. Cualquiera que no la conozca y se la presenten en fotografía, con el paisaje de fondo, puede pensar que se trata de un alminar de algún país del Magreb.

Nunca había estado en Longares. Hace unos días, no pude resistir la tentación y me metí al pueblo. Me llamó mucho la atención su trazado urbanístico: un casco urbano bastante laberíntico (lo cual delata su origen musulmán), rodeado de una muralla con varias puertas que conservan sus nombres originales, dependiendo éstos de la orientación, como, por ejemplo, la Puerta de Valencia.

La iglesia es impresionante; sorprende encontrar un templo tan rico en una localidad tan pequeña. Se trata de una gran construcción renacentista de tres naves en “planta de salón” que recuerda a la Lonja de Zaragoza. Francamente riquísima, tanto por el continente como por el contenido.


Pero vamos con la torre. Vista con más calma, desde su base, se aprecia más todavía su gran singularidad. Extremadamente sencilla: construida en ladrillo, de planta cuadrada, dividida en tres cuerpos sobre un zócalo en talud, rematada con almenas y un torreoncillo octogonal, lo cual recuerda a la de Tauste.

Tiene un “algo especial”, y no es precisamente por su decoración, ya que, en lo que a esto respecta, resulta bastante sobria, sobre todo si la comparamos con la generalidad de las torres mudéjares aragonesas. Es más, podríamos decir que resulta particularmente bella porque consigue serlo sin apenas decoración: tan sólo un recuadro situado en cada una de las cuatro caras, en el cuerpo tercero, compuesto por una cadena de lazos, flanqueada por dos finas cintas de cerámica azul y blanca, con dibujo de puntas de flecha, así como unos platos de color verde en el interior de esos lazos. Estos recuadros enmarcan, cada uno de ellos, dos pequeñas ventanas apuntadas.




¿Qué tiene de embrujo esta construcción tan aparentemente sencilla para llamar la atención de esa manera?. Sus proporciones, sin duda alguna. Su silueta resulta encantadora, incluso para los más profanos en la materia. Recomiendo una visita a este lugar.

De regreso a casa, voy pensando en que, aun siendo muy diferente a la de Tauste, le ocurre lo mismo: a lo que menos se parece es a un campanario y, además, también se encuentra “mal situada” respecto del eje de la iglesia.

Consulto la información disponible al respecto, a fin de conocer su cronología. Los datos más explícitos que encuentro son los que figuran en el libro “Arte Mudéjar Aragonés”, del profesor Borrás. Mis intrigas, lejos de ser mitigadas mediante una esperada explicación razonada y convincente, no pueden por menos que aumentar. Reconoce en el libro, con toda lógica, que la torre es anterior a la iglesia y expone la dificultad para ponerle una fecha rigurosa. Pero, impropiamente, desanima al lector en este intento, argumentando que dado el escaso interés de los datos documentales disponibles, difícilmente se podrá salir en el futuro de la incertidumbre cronológica, preparando, así, el camino para dar cuerpo de dogma incontestable a todo lo que argumenta a continuación.

¿Qué argumenta a continuación?. Sencillamente, datos interesantes, pero tratados con llamativa arbitrariedad. Comenta una noticia encontrada por D. Francisco Iñiguez Almech, procedente del Archivo de la Comisión de Monumentos de Zaragoza, donde decía que “en el año 1424 la torre ya existía de viejo”. También aporta el dato de Mario de la Sala Valdés que recogía la noticia de que entre 1330 y 1470 dejaban los fieles limosnas para la conclusión de la obra de la iglesia, en alusión, seguramente, a gastos de conservación y reparación, así como un testamento de Esteban Gil, de 9 de febrero de 1425, por el que legaba dos florines para la obra de la torre, en el mismo sentido de lo ya comentado sobre posibles obras de reparación. Se trata de tres noticias bastante coherentes entre sí y que parecen llevar a unas conclusiones bastante fundadas.

Sin embargo, de repente da un giro inesperado a todo el razonamiento. Deja de lado todo lo expuesto hasta ese momento y argumenta que no queda otra alternativa que recurrir al análisis de las características artísticas y formales del monumento. Uno, a partir de ahí, espera unas sólidas explicaciones sobre la arquitectura de la torre que permitan establecer su relación con otras construcciones de cronología conocida. Pero no, nada de eso se encuentra. Tan sólo que en los finales del siglo XIV era rector de la iglesia Francisco de Aguilón y el dato de que en dicha iglesia se guarda un cáliz gótico con las armas de ese rector y del arzobispo D. Lope Fernández de Luna. Aduciendo el profesor Borrás que “personalmente siempre había abrigado la hipótesis de que este personaje (Francisco de Aguilón) pudo haber impulsado las obras de la torre de Longares”, pasa directamente a datarla en 1390, así, sin más, añadiendo que sus características corresponden a esa época, sin explicar en qué consisten esas características y por qué. Verdaderamente, si en ellas hay que basarse, resulta una torre bastante única. Debería establecer una relación con otras para dar fundamento a su rotunda afirmación.

Más bien, parece el cumplimiento de un capricho, de una ilusión que, al parecer, se había forjado sobre la relación formal entre este personaje y el nacimiento de esa torre, porque ha aparcado impunemente las otras noticias, cuya procedencia, sin embargo, parecía bastante solvente. De una torre construida en 1390 no puede afirmarse en 1424 que “ya existía de viejo”, ni se puede pensar en obras importantes de mantenimiento y conservación. Además, si se aborda el asunto con seriedad suficiente, sin descartar datos de suficiente peso, la fecha de 1330 tampoco puede pasarse por alto.

Lejos de compatibilizar los datos encontrados, parece forzar las conclusiones a favor de no se sabe muy bien qué intereses. Tampoco apoya mediante explicación alguna la afirmación tan rotunda que hace acerca de que “es menester desechar de entrada que la torre de Longares haya sido ningún alminar musulmán”. Sólo argumenta que su estructura es diferente a la de los alminares porque se trata de una torre hueca, pero es que alminares con este tipo de estructura también hay muchos.

Lo que más sorprende es cuando llegas a leer que sobre los dos vanos apuntados y enmarcados del tercer cuerpo, se encuentran los verdaderos vanos de campanas. ¿Cómo?. ¿Qué vanos?. Miras la fotografía del libro y ves que, efectivamente, en la misma (seguramente tomada a principios de los años 80) aparecen unos huecos que rompían estrepitosamente ese fino recuadro, además de forma totalmente chapucera, pues ni siquiera se habían molestado en dejar unas esquinas decentes, sino que metieron la picoleta y dejaron los ladrillos rotos, tal cual. ¿Cómo se puede decir que ésos eran los vanos verdaderos?.



Estado antes de la restauración



Afortunadamente, cuando llevaron a cabo la última restauración, subsanaron esas roturas y devolvieron a la torre su aspecto original, que es el que ahora podemos contemplar.


Detalle antes de la restauración

En Arquitectura e Ingeniería nos vemos obligados a manejar con cierta frecuencia la topografía y los criterios de orientación. Quizá por esta “deformación profesional” una de las cosas que no pude evitar hacer para tratar de resolver los enigmas que se me planteaban, fue consultar el plano de situación del conjunto de torre e iglesia, para comprobar su orientación. El resultado fue de lo más significativo, pues, cuando lo normal es que en los templos cristianos orientaran sus ábsides hacia el este, en este caso la orientación es nordeste. ¡Qué casualidad!, me dije, otra iglesia mal orientada, como la de Tauste, aunque ésta mira hacia el sureste. En el caso de Longares, nos encontramos inevitablemente ante otro caso de “mala orientación cristiana”, condicionada por la existencia de otra edificación anterior, cuya orientación seguía el criterio de “mirar hacia La Meca”. La torre de Longares, de planta cuadrada, tiene la cara que da sobre el tejado de la iglesia orientada hacia el nordeste, pero la adyacente por la derecha, lógicamente, mira al sureste, orientación que indudablemente tenía la supuesta mezquita que tuvo que haber en época islámica, porque, evidentemente, en aquella época, Longares ya existía como población.

Parece una fijación obsesiva la de negar que en esta nuestra tierra pudiera haber en el siglo XI una sociedad próspera y que dejara unas construcciones tan bien hechas que merecieran ser respetadas y aprovechadas en los siglos venideros. Más bien, al contrario, se manifiesta ese empeño en defender que aquellas gentes no dejaron apenas nada, salvo la Aljafería y cuatro castillos en ruinas perdidos por ahí. Que la arquitectura mudéjar surge de la nada (increíble), como por arte de magia, a principios del siglo XIV, en unas tierras que eran cristianas desde hacía ya dos siglos, pero que imitan a la que desarrollan en las tierras musulmanas del sur, cuya frontera se encuentra a nada menos que 500 Km de aquí, en lugar de imitar las corrientes cristianas que vienen del norte, como hubiera sido lo lógico, de no haber tenido aquí unos ricos precedentes arquitectónicos que vienen siendo negados sistemáticamente.

Por supuesto que no vamos a caer en la tontería de querer ver un alminar musulmán en cada torre de las catalogadas como mudéjares. El arte mudéjar es algo muy rico y exclusivo nuestro, único en el mundo, del que tenemos que sentirnos muy orgullosos, que nace a finales del siglo XIII, pero no de la nada, sino a partir de esos precedentes no reconocidos por la “oficialidad”, sin los cuales no hubieran tenido sentido esas prácticas constructivas. Más orgullosos todavía tenemos que sentirnos los que tenemos el privilegio de tener en nuestro pueblo uno de esos escasos precedentes que quedan en Aragón, como pueden ser las torres de Tauste y de Longares, entre otras.

Habrá que reivindicar su presencia y decirle al mundo que existen, como cuando D. Francisco Iñiguez le descubrió al general Franco que la Aljafería de Zaragoza era algo más que un vetusto y destartalado cuartel militar, nada menos que el palacio taifal más rico que se había construido en el siglo XI en todo al-Andalus. Que se trata de un arte que lo tenemos aquí, que si el mudéjar es algo único, esto lo es más, pero además, por escaso, mucho más valioso de lo que ya le suponíamos. Tenemos que cuidarlo y conservarlo con sumo esmero, obligación que ya tenemos de forma destacada desde que la UNESCO nos lo declarara Patrimonio de la Humanidad. Ahora tendremos que potenciarlo y decirle a la UNESCO que lo que tenemos es todavía “mucho más” de lo que se pensó. Que dentro de aquel conjunto que se catalogó como "arte mudéjar", existe un subconjunto especial, "la crème de la crème", el "padre" de todo lo demás.

Para empezar, habrá que poner nombre a este conjunto de escasas construcciones antiquísimas, diseminadas por la geografía aragonesa, porque hasta ahora, como ha sido negado, no ha tenido ni eso. Javier Peña, arquitecto y gran investigador de todo este asunto, lo ha bautizado como “arte zagrí”, en memoria a las personas que las construyeron, los zagríes, que es como ellos mismos se autodenominaban. Los moros aragoneses, cuando tuvieron que emigrar al Magreb, gustaban distinguirse del resto de los moros españoles utilizando esta denominación.

De esa forma, distinguiremos entre “arte zagrí”, como el desarrollado aquí por los habitantes de estas tierras en época de gobierno musulmán (principalmente siglo XI), y “arte mudéjar”, como el desarrollado por alarifes mudéjares, es decir, musulmanes que se quedaron a vivir en estas tierras después de la conquista cristiana y que desarrollaron una arquitectura al servicio del poder cristiano.

sábado, 30 de mayo de 2009


TEXTO E IMAGENES DEL TRABAJO "TAUSTE EN LOS SIGLOS XI AL XIII"





Quiero agradecer a todos las muestras de interés y apoyo que he recibido por la creación de este blog, en el que puse de manifiesto las circunstancias que me motivaron para realizar mi trabajo “TAUSTE EN LOS SIGLOS XI AL XIII”.

Ello me ha incitado a repasarlo, ordenarlo y darle forma adecuada para colgarlo en la red en formato PDF y, de esa manera, todos los que tengáis interés en conocerlo, con todo su desarrollo y justificación, podáis acceder al mismo.

Especialmente, quiero dar las gracias a mi buen amigo Jesús Alegre “Malocha” por su inestimable apoyo técnico y humano. Es algo único.

Para ver el trabajo, sólo tenéis que pinchar aquí.

jueves, 30 de abril de 2009


HOLA A TODOS






Últimamente he tenido ocasión de leer algún comentario sobre el cuidado que hay que tener a la hora de manejar las fuentes históricas, ya que hay veces que la mala interpretación de las mismas puede conducir a llenar la imaginación de la gente de falsas expectativas.

Me parece muy prudente y oportuna tal observación, pero me gustaría añadir algunas cosas al respecto.

Comenzaré por aclarar que mi profesión es la arquitectura técnica y que en materia de historia soy un simple aficionado. Siento un gran respeto por las personas licenciadas en historia, que son las más autorizadas para interpretar los documentos históricos y construir una versión de la historia lo más fiel posible a lo que pudo ser la realidad de cada época pasada.

Sin embargo, me extraña sobremanera el hecho de que, viajando hacia el pasado, en el momento en que ya no se encuentra documentación alguna sobre una localidad, se da por hecho de que esa localidad o no existía o simplemente se trataba de un núcleo de escasa importancia.

De esta forma, se ha dado en decir que Tauste, antes de la conquista cristiana por Alfonso I el Batallador, no era prácticamente nada, sino un grupo de pocas casuchas encima del cabezo sobre el que se encuentra el actual Barrio Nuevo, habitado por un puñado de musulmanes… y nada más.

Uno, desde su ignorancia, siempre ha pensado que tal afirmación categórica, hecha por personas solventes y autorizadas, estaba basada, no precisamente en la falta de documentación, sino en la existencia de la misma, en la cual se informara en ese sentido. No podía pensar que, siendo de la primera manera, en lugar de afirmar tan rotundamente la falta de entidad de nuestro pueblo, no se hubiera tenido la prudencia de haberlo expresado de otra forma, dejando la puerta abierta a otras posibilidades por si en algún momento se encontraran indicios de mayor grandeza.

Movido por la curiosidad que producen algunas circunstancias contradictorias de nuestro pueblo y por lo evidentes que resultan, me puse a investigar en torno a las mismas, llegando a una serie de conclusiones que plasmé en un trabajo que di en titular “Tauste en los siglos XI al XIII”, el cual tuve la ocasión de exponer en una de las conferencias de las X Jornadas sobre la Historia de Tauste. No voy a extenderme aquí en enumerar y describir todas esas circunstancias, que para eso está el trabajo escrito, pero sí voy a apuntar que siempre me había parecido extraño que se nos dijera que el primer templo que habíamos tenido en Tauste era la iglesia de San Antón, construida en las afueras de la localidad, cuando en todos los sitios lo normal es construir la primera iglesia en el centro del casco urbano. Es evidente que la iglesia de San Antón es más antigua que la de Santa María, pero algún argumento nos merecemos los taustanos para explicar qué es lo que había antes en el solar que ahora ocupa esta iglesia para que se construyera la de San Antón (o San Miguel) en el arrabal.

Alguna explicación tendrían que darnos también sobre el hecho de tener una torre y una iglesia tan grandes, en comparación con las de otros pueblos vecinos de similar o mayor entidad, así como la “extraña” orientación de ese templo, la desviación de su eje en relación a la torre y un etcétera de circunstancias que dan al asunto un halo de fascinación nada acorde con la simpleza de la historia oficial que hasta ahora se nos ha dado. Podemos admitir que se nos diga que “tuvo que haber algo más, pero no sabemos nada”, pero no que “no hubo nada más, y punto”.

Como dice una amiga mía, cuando hay fondo en las cosas, te pones a arañar en cualquier sitio y encuentras resultados sorprendentes. En mi caso, el hallazgo más impactante se produjo realizando una inspección visual del conjunto de la edificación iglesia-torre, al comprobar que ambos edificios no comparten muro, sino que son independientes. Hasta ahí, poco que decir, pero cual es mi sorpresa cuando me asomo a la grieta visible entre los dos edificios y observo que mientras la pared perteneciente a la torre se encuentra perfectamente rejuntada, la de la iglesia no, sino que presenta en sus hiladas de ladrillo las rebabas típicas de mortero de una pared que ha sido levantada junto a otra ya existente. Es decir, que cuando se construyó la torre, se hizo como edificio exento y la iglesia no existía, o, al menos, no llegaba hasta allí.

Eso me explicaba el por qué del desvío entre los ejes de los dos edificios: la torre estaba ya cuando llegaron a alcanzarla con la construcción de la iglesia, momento en el cual se dieron cuenta de que se les había ido unos 60 cm. Claro, si cuando levantaron la torre, la iglesia ya hubiera existido, con sus dos torreoncillos octogonales, la hubieran centrado perfectamente entre ambos, sin ninguna dificultad, como se ve claramente que era su intención.

Pero me rompió todos los esquemas, pues, según la versión del profesor Borrás, en su obra “Arte mudéjar aragonés”, iglesia y torre corresponden a una unidad de concepción. Según eso, como arquitecto técnico, siempre había pensado que las obras habrían empezado por el ábside (como es habitual y necesario para empezar contrarrestando los empujes de las bóvedas y la construcción se sostenga), para continuar con los tres tramos de bóvedas de crucería de que se compone la nave. El último de ellos se terminaría con los dos torreoncillos octogonales que hacen la función de contrafuertes, y, terminados éstos, comenzarían la construcción de la torre que iba a servir de campanario para reclamo de los fieles que acudieran a rezar al templo que habían construido. Todo ello, realizado por alarifes mudéjares, los mejores albañiles de la época, musulmanes al servicio del poder cristiano.

Pero no. Era evidente que cuando llegaron con el último tramo hasta alcanzar la torre, ésta ya estaba allí plantada. ¿Pues cómo lo habían hecho?, me pregunté, porque está claro que yo no voy a levantar una historia contradictoria con la del profesor Borrás y el resto de historiadores. Todo era dar vueltas al mismo asunto:

- Levantarían primero la torre y luego harían la iglesia.- No es posible. ¿Cómo van a realizar un campanario para una iglesia que todavía no existe?. Eso no se ha hecho en ningún sitio. Primero se pone el “negocio” y luego el “cartel”, nunca al revés.

- Construirían primero el ábside y los dos primeros tramos de la iglesia, para luego pasarse a levantar la torre unos metros más allá, dejando espacio para construir un tercer tramo con el que alcanzarían la torre.- Demasiado complicado. No sé si para alguien esto tendrá sentido, pero desde luego para mí, como arquitecto técnico en ejecución de obras, por supuesto que no. La construcción se rige por procesos muchos más lógicos que todo eso. Además las bóvedas de las estancias de los torreoncillos octogonales son de crucería y no se corresponden con el espacio octogonal al que pertenecen, en contradicción a las de la torre, que son esquifadas. Las hubieran hecho iguales. No encaja la hipótesis.

- ¿Y si hubieran hecho primero el ábside, con lo cual ya podían consagrar y llevar a cabo los actos religiosos, para pasarse a levantar la torre a una distancia considerable en dirección noroeste (extraña orientación, porque lo habitual era orientarlas en sentido este-oeste), en la cual luego cupieran los tres tramos de que se compone la nave?. Eso explicaría el desvío que hay entre los ejes de ambos edificios. Claro, cuando llegaron a alcanzar la torre con el último tramo, se encontraron con que se habían desviado unos 60 centímetros. Desde el punto de vista constructivo, resulta una explicación totalmente insostenible. Desde el punto de vista económico, reflejaría las grandes dificultades para llevar a cabo una obra de tal magnitud, pero no tiene sentido pensar que tuvieran dificultades económicas para continuar la nave y se fueran a levantar semejante torre.

Cuantas más vueltas daba al asunto, más extravagantes resultaban las conclusiones y cada vez cobraba más peso la sensación de que los historiadores, en relación con todo esto, no habían sabido o no habían querido entrar en todas estas profundidades.

Todavía quedaban más enigmas sin resolver en todo ello, a cual más interesantes y seductores. Tal es el caso del paño decorativo de la torre existente por debajo del cuerpo de campanas, en el cual, los matemáticos Carlos Usón y Angel Ramírez, tras una exposición magistral en la Casa de Cultura de Tauste, demostraron la existencia de elementos caligráficos árabes, lo cual convierte a nuestra torre en algo único, no sólo en todo el mudéjar hispano, sino en toda la arquitectura islámica occidental, ya que, para encontrar decoraciones de este tipo, realizadas en ladrillo, tendríamos que irnos a Oriente (antigua Persia), donde existen alminares con escrituras cúficas de los siglos X y XI.

Si nuestra torre, según se nos ha dicho siempre, fue construida a finales del siglo XIII ¿a qué “iluminado” se le pudo ocurrir la idea de hacer un paño de tales características?. ¿Un alarife venido desde Afganistán en el siglo XIII a unas tierras dominadas por los cristianos para realizar una obra de semejante envergadura?. Se hubiera quedado en lo que entonces era al-Andalus, digo yo, es decir, en tierras gobernadas por sus hermanos de religión. ¿A qué fin iba a venir al reino cristiano de Aragón?. Si hubo contacto con el mundo islámico oriental, sería en época de dominación musulmana, no ya bajo el dominio cristiano. Bueno, pues va a resultar que esa idea decorativa la trajo un individuo desde aquellas tierras en el siglo XI (antes de la Reconquista), se la guardó dibujada en un pergamino y, dos siglos después, otro musulmán (esta vez, alarife mudéjar), se lo encontró y le apeteció ponerlo en práctica, para que luego dijera algún historiador contemporáneo nuestro que simplemente se trata de una geometría mal resuelta. Anda, que no sabían geometría los fulanos que levantaron semejante torre. Ya estamos otra vez con conclusiones extravagantes.

Buscando información, encontré datos sobre la historia y la grandeza del reino de Saraqusta y todo el valle del Ebro en el siglo XI, bajo el dominio musulmán, pero me resultaba muy extraño que de todo aquello, según la historia oficial, lo único que queda en todo Aragón es el Palacio de la Aljafería (lo que queda de él) y varias ruinas de castillos perdidas por nuestra geografía aragonesa.

Cuando una población es floreciente, suele dejar edificios bien construidos que luego son aprovechados por los siguientes pobladores. ¿Es posible que aquellas gentes no dejaran nada en Aragón y sí en otras tierras del sur de la península?.

En todas estas indagaciones, resultó especialmente gratificante conocer el trabajo que los arquitectos Javier Peña y José Miguel Pinilla llevan realizando sobre este asunto, a lo largo de más de 25 años, teniendo localizado un amplio número de torres supuestamente mudéjares que con toda seguridad (afirman basándose en argumentos arquitectónicos bastante lógicos) tuvieron que ser antiguos alminares de mezquitas. El asunto iba alcanzando un cariz cada vez más sugestivo. Me resistía a entusiasmarme con estas ideas que me sonaban a fantasía de las mil y una noches, pero, desde luego, lo que para mí ya se iba desmoronando era la credibilidad de la historia oficial.

El golpe certero fue el conocimiento (proporcionado por Javier Peña) de un informe realizado en 1937 por D. Francisco Iñiguez Almech, en el cual afirmaba que, con toda seguridad, al menos dos de las torres consideradas como mudéjares en Aragón habían sido antiguos alminares islámicos. Una de ellas era nada menos que la de Tauste; la otra, la de la Seo de Zaragoza.

¡Vaya, hombre!. Me interesé por la biografía de este señor, que resultó ser el arquitecto que había descubierto, para sorpresa de todos, que detrás de la roña cuartelera de siglos y siglos del castillo de la Aljafería de Zaragoza, se encontraban los restos del mejor palacio taifal construido en toda la península durante el siglo XI. Profesor, además, de Historia de la Arquitectura en la Universidad de Navarra, del cual, los arquitectos Peña y Pinilla habían tenido el privilegio de ser alumnos.

Seguí buscando más informaciones al respecto en todas las fuentes de que pude disponer (publicaciones, libros de historia, etc.), a la vez que se ofrecían ante mí numerosas piezas de un puzzle difícil de componer. Encontraba sin grandes dificultades muchos datos históricos sobre los avatares de la reconquista, evolución del reino de Aragón desde su nacimiento, cronologías, sucesiones de reyes, hechos más destacados de cada uno de ellos, etc. También (aunque en menor medida, pero los hay), datos sobre la independencia del reino musulmán de Saraqusta respecto del poder de Córdoba, su esplendor social, cultural, económico, comercial y demográfico, hechos y sucesión de sus gobernantes, etc., pero no encontraba una historia compuesta que fuera el producto de los lógicos efectos de acción y reacción entre los de uno y otro bando. Sin embargo, ordenando todos los hechos, no resulta difícil ir encajando las piezas del puzzle, dando como resultado de todo ello una historia fascinante.

Tuve que reconocer que Zaragoza no pudo ser una ciudad próspera en medio de la nada, sino que en el vasto territorio que dominaba, también tuvo que haber vida y progreso. Claro, ya lo dijo el profesor Carlos Laliena en su conferencia de las V Jornadas sobre la Historia de Tauste: “desde finales del siglo X, una considerable efervescencia recorría el trazado de esta frontera, en la que reconocemos un notable desarrollo del poblamiento…”. Ahí estaba Tauste. De esa forma, el mensaje que nos transmite nuestro patrimonio arquitectónico (torres e iglesias de San Miguel y de Santa María), con sus características constructivas, nuestro trazado urbano, los restos de nuestra muralla medieval, indicios de enterramientos (¿musulmanes?), etc., conjugado con esa historia conocida de la Marca Superior de al-Andalus (Zagr-al-Andalus), comienza a tener sentido. También encontré pistas muy interesantes, como la aportada por Luis Molina y Mª Luisa Avila en la obra “Historia de Aragón III”: “curiosamente y frente a vivir de espaldas a las otras regiones andalusíes, los contactos (de la Marca Superior) con el Oriente musulmán son numerosos e intensos, de forma que la cultura oriental llega a la Marca directamente, sin pasar antes por Córdoba…”. Eso explica el hecho diferencial entre el mudéjar aragonés y el del resto de la península (el primero mucho más exquisito y elaborado).

Así es como compuse mi trabajo. Con todas las prudentes advertencias sobre el hecho de que no deja de ser todo una teoría (una teoría, sí, pero que da sentido lógico a muchas cosas, no así la historia oficial conocida, que se desmorona por sí sola), llegué a la conclusión de que nuestra torre “mudéjar” no lo es tal, sino el alminar de la mezquita que tuvo que haber donde ahora está la iglesia, con muchos más datos al respecto. Naturalmente, si fue construida antes que ésta, es porque anteriormente habría pertenecido a otro conjunto arquitectónico de grandeza proporcional al de la torre. Una importante mezquita, por tanto, ubicada en un núcleo de población asimismo importante, única forma de justificar la existencia de semejantes edificios, todo ello, dentro del contexto de la historia conocida del valle del Ebro en el siglo XI, porque semejante construcción no tiene cabida en ese pequeño núcleo que nos han descrito del Tauste musulmán, ni tampoco en el Tauste de las primeras décadas de dominio cristiano.

Existen muchos datos que avalan esta historia. La iglesia de San Antón encierra enigmas todavía sin resolver y que, probablemente, tendrán alguna explicación si algún día hay que reconocerle un pasado andalusí cristiano (mozárabe). Si no, ¿de qué forma puede explicarse el hallazgo de piedras talladas en tan diferentes épocas, siendo las más antiguas de ellas de época islámica?.

Por otra parte, ¿Por qué dice Alfonso I en su crónica sobre la conquista de Tauste que “aquí tuvo frontera”, es decir, enfrentamiento militar encarnizado, si sólo se trataba de un núcleo habitado por cuatro desharrapados?.

No han encontrado más datos escritos sobre ello. Seguramente el trabajo tendrá lagunas, fallos e imprecisiones, no lo dudo, pero, ¿alguien puede dar otra explicación coherente y creíble?.

Tampoco hay datos sobre la existencia o no de población judía y cristiana en Tauste en aquella época, conviviendo con la musulmana mayoritaria, pero ¿se puede afirmar que no la hubo sólo porque no se encuentren documentos donde se dijera expresamente que sí la hubo, con censos, nombres y número de fuegos?. Lo habitual en todas las localidades de cierta entidad es que así fuera. Sobre todo, es sabido que, allí donde existía el comercio, había judíos. ¿Por qué iba a ser Tauste una excepción?. Claro que no podemos afirmar rotundamente que ya había judíos y cristianos en Tauste en el siglo XI, pero resulta más lógico, dadas las circunstancias, quedarnos de momento con el sí en lugar de con el no, en espera de que se pueda avanzar más en este sentido.

Para concluir, haré referencia a lo expresado al principio. Naturalmente que hay que tener exquisito cuidado a la hora de componer y transmitir la historia, no vayamos a llenar los oídos de nuestras gentes con falsas músicas celestiales. Sabemos que lo están haciendo en otras tierras, donde quizá sentirán necesidad de inventar una historia que no tienen o de apropiarse de unos bienes que no les corresponden, ante la indiferencia de aquellos que deberían reclamarlos. Parece que nos basta con creernos el tópico de que los aragoneses somos obstinados o cabezones, para luego no ejercerlo y abandonarnos en la dejadez más absoluta.

Pero tampoco le viene bien a esta tierra nuestra esa otra actitud de negar lo posible sólo por eso, porque sólo es “posible”, negando de esa forma el acceso a un mayor reconocimiento de riqueza de este patrimonio que tenemos, tan abandonado y vapuleado a lo largo del tiempo.

Peor todavía si esa negación viene motivada por una falta de humildad para retractarse de algo que se dijo en su día, sólo porque alguien a quien se considera menos autorizado para opinar sobre estas cuestiones viene ahora diciendo lo contrario. Y mucho peor si el tratamiento que se le da es la total ignorancia, como forma absoluta de desprecio, ejercido desde el alto puesto que se ocupa.

Lo malo de todo esto es que esas actitudes inmovilistas, lejos de resultar inocuas, tienen un efecto dañino, ya que dificulta la puesta en su verdadero valor de nuestro patrimonio y, de todos es sabido el notable potencial que éste supone (o supondrá, tarde o temprano, cuando se sepa gestionar adecuadamente) para el desarrollo, no sólo cultural, sino también turístico y, por tanto, económico, de los pueblos.

Sería una gran satisfacción que, por una vez, todas las partes que pudieran tener algo que ver con estas cuestiones (políticos, historiadores, asociaciones, etc.) abandonaran posturas inmovilistas y se pusieran al servicio del bien común, para mejorarlo, potenciarlo y que podamos divulgar una historia y un patrimonio rico, si entre todos somos capaces de consensuarlo, arrimando el hombro cada uno en lo que podamos, que para eso es nuestro pueblo.