jueves, 15 de marzo de 2012

UNA DE MOROS Y CRISTIANOS

Esta vez voy a contar una batallita de ésas que le gustan a mi amigo José Manuel.

Corría el año 1064. Aragón era un pequeño territorio situado allá arriba, en los Pirineos, regido por el rey Sancho Ramírez. Ocupando buena parte de la Marca Superior de Alandalús (Valle del Ebro), estaba el reino de Saraqusta, cuyo monarca era el zaragozano Abú Yafar Ahmad I ibn Sulaymán, de la dinastía de los Banu Hud.

El papa Alejandro II había impulsado una cruzada transpirenaica, en el marco político creado tras una serie de enlaces matrimoniales entre reinos peninsulares cristianos y casas condales francesas. Las gentes de un medio tan agreste como el Pirineo ambicionaban las riquezas del Valle del Ebro y, bajo la coordinación de Sancho Ramírez, se montó un gran ejército en el que, además de sus propias fuerzas militares, figuraban caballeros franceses y catalanes, entre ellos el obispo de Vich y el conde Ermengol III de Urgel, yerno del rey aragonés.


El ejército cruzado-aragonés se dirigió contra Barbastro, importante ciudad comercial de Zagr-Alandalús, que se encontraba bajo la jurisdicción del señor de Lérida, Yusuf al-Muzaffar, hermano de nuestro Ahmad de Zaragoza. Tras cuarenta días de terrible asedio, tomaron la ciudad, ejecutaron a muchos de sus habitantes y se apropiaron de un gran botín. Llegó a decir un cronista que “nunca habían actuado así contra los musulmanes”.


Visto desde la perspectiva de hoy en día, nos podrá parecer irrelevante que un ejército europeo se adueñe de Barbastro, pero entonces no era así. El éxito de los cristianos entusiasmó de manera importante al espíritu cruzado europeo, tanto por el factor del ideal religioso como por el interés económico, pero, sobre todo, por la sugestión que producía en la Europa de aquellos tiempos la cultura superior de la España musulmana. Boissonnade describía el feudalismo francés como algo rudo, interesado y ambicioso, que buscaba su compensación en las conquistas contra el Islam.


Se tiene constancia del gusto de los atacantes por la vida refinada de Alandalús a través del relato de un comerciante judío que acudió a Barbastro a pagar el rescate de la hija de un personaje musulmán, cautiva por uno de los jefes cristianos. Contaba que éste había arabizado sus vestidos y costumbres, se jactaba de las riquezas logradas, se complacía en el canto andalusí y hasta había llegado a chapurrear árabe.


Pero les duró poco la fiesta. Yusuf al-Muzaffar recurrió a su hermano, el rey de Saraqusta, y éste, a su vez, a todo Alandalús, para recuperar Barbastro. En abril de 1065 partió de la Almozara un gran ejército, con el rey Ahmad I a la cabeza, compuesto por “gentes de la frontera” (es decir, de su propio territorio), más los refuerzos enviados por los amigos soberanos del resto de Alandalús, todo ello con gran alboroto de fanfarrias y chirimías, que se ve que a eso ya eran aficionados desde muy antiguo. Sitiaron Barbastro y dicen que seis mil arqueros cubrieron a los zapadores zaragozanos mientras éstos socavaban las murallas de la ciudad y las apuntalaban con maderos, para luego prenderles fuego y derrumbarlas. De esa forma, consiguieron reconquistar Barbastro, el 19 de abril de 1065.


Ahmad I regresó triunfal a Zaragoza y, desde entonces, recibió el sobrenombre de “Al-Muqtadir Billáh” (Poderoso gracias a Dios). Fue quien mandó construir el palacio más rico de todos los construidos en la Península a lo largo del siglo XI y que recibió el nombre de “al-yafariya”(Aljafería), de su nombre Yafar.


Podrá parecer que todo esto lo cuento exagerando la gloria de los musulmanes zagríes, pero he de advertir que esta historia la he extraído de un libro titulado “Aragón musulmán”, cuya autora es María Jesús Viguera, la cual no creo que pueda ser sospechosa de ponderar tales cosas, cuando trata de "reyes" a los monarcas de un reino tan pequeño como lo era Aragón en aquellos tiempos, pero llama "régulos" (reyezuelos) a los que reinaban en estas tierras nuestras.

Cabe suponer, lógicamente, que, entre los reclutados para tal empresa militar, habría taustanos (cómo no, siendo Tahust una población importante de aquel reino, no se librarían, seguro). También hay que decir que se trata de una de las pocas acciones bélicas en las que los bandos combatientes se dividen claramente entre cristianos y musulmanes, pues siempre estaban a la greña tanto los moros entre sí, como los cristianos entre sí, como los unos contra los otros, y se aliaban de la forma que más podía convenirles en cada momento, sin distinciones de religión.

Durante el reinado de Ahmad I al-Muqtadir, la taifa de Saraqusta alcanzó su máximo esplendor. En ese largo periodo de tiempo (1046-1081) tuvo que realizarse buena parte de la arquitectura zagrí que hoy conocemos. La fecha más probable para la construcción del alminar de Tauste entra dentro de ese arco.


Era habitual celebrar las grandes victorias mediante la construcción de monumentos. Si en algún lugar se levantó alguno en conmemoración de aquella batalla tuvo que ser en Zaragoza, lógicamente, pero tampoco hay por qué pensarlo así, de manera excluyente. El gran tamaño del alminar de Tauste tiene su explicación en el uso de atalaya, como puesto de vigilancia de las rutas comerciales de los ríos Arba y Ebro y contacto visual con otros enclaves estratégicos. Pero esa riqueza arquitectónica que además posee parece indicar algo más que todo eso: una demostración del poder hudí frente a los cristianos del Norte, algo así como “aquí estoy yo”. Todavía hoy, por aquí, se la llama “la bien plantada”.

¿Tendrá algo que ver nuestra torre con la reconquista de Barbastro por Al-Muqtadir?
Nunca lo sabremos.

domingo, 4 de marzo de 2012

LOS BANU QASI (3)

Hace un par de meses que acabé de leer la novela “Banu Qasi, los hijos de Casio”, de Carlos Aurensanz. Tengo que decir que me encantó. Goza de una crítica estupenda, sobre todo en lo referente al rigor histórico. Se ve que el autor se ha trabajado bien un amplio proceso de investigación para situar convenientemente a los personajes de su novela en el contexto histórico en que les tocó vivir. Naturalmente, en toda esa fascinante historia del siglo IX, de ires y venires entre Tudela y Zaragoza, Ejea, Tarazona, Alfaro, Calahorra, Pamplona, …, Toledo, Córdoba, etc., no aparece Tauste para nada. No podemos culpar de ello a su autor. Como decía, él se ha empapado bien de todos los datos documentales que ha investigado y, en ellos, no aparece Tauste, de donde lo lógico es deducir que Tauste no existía.


Sin embargo, sabemos que sí. Ahí están los personajes que vivieron en nuestro pueblo en aquella fascinante etapa de la Marca Superior de Alandalús. Podrá no aparecer en las fuentes escritas, pero nadie puede negar que donde hay un cementerio de considerables dimensiones y elevada densidad de enterramientos es porque había una población importante, y ése es el caso de Tauste. Aparece un “Autais” en las fuentes, localizado por Antonio Ubieto, quien dice que bien podría tratarse de Tauste. ¿Quién sabe?.

Esperemos que llegue al conocimiento de Carlos Aurensanz para que, si le apetece, pueda hacer justicia a nuestro pueblo en alguna novela posterior, que nunca es tarde, y más para una pluma tan privilegiada como la suya. Una especie de “Pilares de la Tierra”, pero con la construcción del alminar de Tahust o qué sé yo. Sería un puntazo.´


Ahora tengo ganas de hincarle el diente a su segundo libro, “Banu Qasi, la guerra de Al Ándalus”, que dicen que es buenísimo también.


La verdad es que me ha pillado en medio de toda esta curiosidad despertada por el hallazgo de nuestros paisanos de aquella época, cuando todos pensábamos que serían del siglo XI, como muy antiguos. Posiblemente, aquel buen mozo cuya tumba fue calificada como la islámica más antigua de Aragón, fuera un cristiano convertido al Islam, contemporáneo de aquel conde Casio que dio origen a todo ese linaje de los Banu Qasi. Ahí es nada. Y me han hecho reflexionar ciertos aspectos que el otro día comentaba con José Miguel Pinilla.

Él me hablaba del reflejo curioso de lo que Navarra es en la actualidad, respecto del origen que tuvo, producto de la síntesis entre los territorios vascones del Norte y la Ribera del Ebro, al Sur de esa comunidad. Para un navarro que se precie, tiene que ser muy sugerente descubrir el origen de su personalidad histórica como el resultado de una gran complicidad entre los vascones del Norte y los habitantes de la Ribera, cristianos los primeros (Iñigo Arista, primer rey de Pamplona) y musulmanes los segundos (los Banu Qasi), pero hermanos de sangre, donde la diferencia de religión no fue obstáculo para mantener una estrecha relación y defender unos intereses comunes, pues los vascones sirvieron de protección a los Banu Qasi contra posibles agresiones de los francos, y éstos a los primeros contra posibles agresiones del mundo islámico, lo que hizo posible el nacimiento del reino de Pamplona (luego Navarra), por un lado, y el alto nivel de independencia de toda esta parte del Valle del Ebro respecto del resto de Al-Andalús.

A partir de aquí, uno va reflexionando y se da cuenta de las similitudes con la situación actual. Es curioso ver cómo después de seis siglos de frontera, entre los siglos XII y XVIII, entre los reinos de Aragón y Navarra, donde ahí estaba Tauste, expuesto a todos los vapuleos que le pudieran venir como consecuencia de encontrarse en primera línea, esa muga se desdibuja y queda borrada casi por completo, salvo las desigualdades que derivan de una diferente legislación por pertenecer a distintas comunidades autónomas. Pero, por encima de ello, lo verdaderamente palpable es la estrecha relación entre todos estos pueblos. Pensemos, por ejemplo, que tenemos mucho más que ver con las gentes de Fustiñana, Cortes o Tudela, por decir algo, que con las de Sádaba, Luesia o Sos del Rey Católico, por decir algo, también.

Aparte de la similitud en el paisaje y en el medio de vida agrícola, cuántos jóvenes de aquí –hasta hace pocos años- pasarían de ir a Huesca para las fiestas de San Lorenzo, pero ningún año se perderían las de San Fermín, en Pamplona, y, ya no digamos, las de Tudela. Y eso, entre Tauste y Tudela, que entre Tarazona y Tudela, por nombrar a otra ciudad aragonesa en la muga, ya no digamos.


Aspectos tan evidentes como que aquí vengan a tocar el Dance los dulzaineros de Estella desde tiempos ha, que se toque como marcha en nuestro Rosario de Cristal algo tan vasco como es el himno de San Ignacio de Loyola y lo sintamos tan nuestro, la similitud de ciertas partes del Dance Tauste con otras danzas de la Ribera y la posible procedencia vascona de algunas de ellas, el gusto aquí por la jota navarra y, al otro lado de esa muga, por la jota aragonesa, etc. etc., le hacen pensar a uno en lo desdibujada que está esa muga para lo que fue durante nada menos que seis siglos y lo mucho que ya ha caído en el olvido, afortunadamente, y le hacen evocar aquellos tiempos en los que la condición fronteriza entre dos mundos tan opuestos, como el islámico y el cristiano, hizo que sus gentes forjaran unas estructuras sociales y una forma de relacionarse que ahora, doce siglos después, y a pesar de esos seis siglos de paréntesis entre medio, todavía perdura.

sábado, 4 de febrero de 2012

CARTAS CONMOVEDORAS

Esto de Internet y los correos electrónicos tiene cierto riesgo de inconfidencialidad. Por eso mi amigo Cuadrado, el de Palencia, no quiere comunicarse conmigo por este medio y me dice que, si quiero intercambio epistolar con él, que me fastidie, que escriba en papel y que me gaste en sobres y sellos. A ver si le escribo un día de estos, porque le tengo muy abandonado, al pobre.

El caso es que me ha llegado, por estos caminos inescrutables de los mundos siderales, el contenido de una carta escrita por José Angel (luego les diré quién es), dirigida a Javier Peña (los seguidores habituales de este blog ya saben quién es), así como la respuesta de éste. Me ha parecido conmovedor y digno de ser dado a conocer. Son de esas epístolas que salen a la luz cuando han sido escritas por gentes de cierta relevancia y que llevan años enterrados. Sin embargo, en este caso, os aseguro que los dos están muy vivos y pienso que es una pena arriesgarme a que esa salida a la luz no llegara nunca a tener lugar y que la humanidad (o siquiera una pequeñísima parte de la misma) se lo perdiera.

José Ángel Crespo es de Azuara, autor de un libro tremendamente humano y entrañable titulado “Azuara. Volver a vivir”, compuesto por 309 páginas de formato A4, literatura amena y fotografías curiosísimas. Azuarino hasta la médula, demuestra en esa misiva su agradecimiento por la visita de unas personas que quedan impresionadas ante el patrimonio de su pueblo, algo que no es habitual en esta árida tierra poblada por áridas gentes, esculpidas por el cierzo (“duros por fuera y tiernos por dentro, el alma de piedra y el corazón de cristal”, como canta Ángel Petisme). Describe la grandeza de Azuara en otros tiempos, lo que fue, lo que pudo ser y lo que ha sido, con el desencanto grabado en su alma, para terminar mostrando su agradecimiento hacia nuestro Javier, por aportarle siquiera un poco de bálsamo en sus heridas e ilusión ante el futuro.

Pero no menos conmovedora es la respuesta de Javier, donde manifiesta cómo un hombre de ciudad como es él puede sentir –y siente- admiración por los que son de pueblo, hasta llegar a la envidia (sana, pero envidia), cuando los de pueblo parece que siempre nos hemos tenido a menos ante los de ciudad. Cómo admira la naturalidad con que José Ángel emplea sin complejos el vocabulario aragonés de su tierra porque lo ha mamado desde pequeño, y cómo él tiene que esforzarse (y le gusta hacerlo) para meter en uso expresiones de nuestros antepasados que van quedando en el olvido porque se las ha tachado de pueblerinas e incultas, perdiendo así un patrimonio entrañable en beneficio de otro extraño, que es el castellano considerado como “correcto”. Con su gran conocimiento e intuición, plantea hipótesis novedosas sobre el trazado urbano de Azuara en la época zagrí, rompe el tópico de las callejas tortuosas y caóticas en el mundo islámico (¿alguien sabía que la planta de Bagdad era un círculo perfecto?), así como curiosidades toponímicas, como que Albarracín tenía en árabe un nombre muy cristiano y, luego, en cristiano, un nombre muy árabe. Curioso, ¿no?.


La guinda la pone al final, donde se trasluce, aunque no lo diga expresamente, que, por ser de ciudad, no puede renunciar a tener un pueblo a donde enraizarse, y para eso se aferra a Gelsa, el pueblo de su madre. Pero tiene su limitación y ésa sí que la expresa: esa raíz de su familia en el Valle del Ebro no es indefinida en el tiempo, pues sus antepasados tuvieron que venir desde el Alto Aragón para ocupar el lugar de los expulsados (como dice él, “¿a Túnez”), verdaderos fundadores y autóctonos de “su” pueblo.


El caso es que me apetece publicar esas cartas para que podáis disfrutarlas, pero no sé cómo. No debo hacerlo sin consultarles a ellos, los propietarios intelectuales de las mismas, porque sería una falta de respeto a su intimidad imperdonable. Y si les consulto, conociéndoles, seguro que me van a decir que me deje de tonterías, porque ellos, cuando escribieron estas cosas, seguro que no pensaban en otro lector que su destinatario inmediato.


Y el caso es que me parece una pena que vosotros os lo perdáis.


Azuara, 16 de enero de 2012
Hola Javier.
Primeramente decirte que fue un verdadero placer disfrutar de vuestra agradable e instructiva compañía por nuestro pueblo de Azuara.
La verdad que aprendí un montón de cosas nuevas, y lo que es más importante, me habéis transmitido fuerza para seguir mi particular lucha azuarina.
Digo esto porque, a veces, tengo la sensación de vivir y de habitar en un lugar sin pasado. Es como si a la mayoría de las gentes de nuestro pueblo se les hubiese olvidado de dónde venimos, lo que hace que la lucha se desarrolle en la más absoluta soledad, y esto suele ser bastante duro.
Cuando Azuara pertenecía a la Sesma de la Trasierra, nuestra villa era la segunda población más importante de la Comunidad de Aldeas de Daroca, que si no me equivoco, la formaban 114 poblaciones.
Inicialmente los cimientos territoriales de la Comunidad los formaron los pueblos de realengo adscritos en 1142 a la villa de Daroca, y Azuara por lo visto lo estaba.
Sólo había una población por delante nuestro, y ésa era Cariñena. Hubiésemos sido la tercera si la villa de Daroca no hubiese quedado excluida de la Comunidad. Habría que apuntar que durante muchos años estuvimos a la cabeza del sector agrícola, obteniendo máximas producciones de azafrán y cereales. En aquella época Azuara, era una población muy activa y con un considerable peso demográfico, factores éstos que fortalecieron nuestra economía, nuestra cultura popular, y que, además, dieron importantes cargos a los azuarinos: escribanos, notarios, procuradores, asistentes, etc etc.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces y cuan grande ha sido la pérdida. El presente es el que es, somos lo que somos, y vamos como sin rumbo, perdidos entre la indiferencia y el olvido. No es que quiera ser pesimista, ni destructor, simplemente me limito a ser realista y me identifico con la frase: "un pueblo sin pasado es un pueblo sin presente ni futuro".
Muy a mi pesar, Azuara hoy es un pueblo decadente, sin identidad y sin apenas capacidad de gestionar y dinamizar el rico patrimonio que posee. En fin, una verdadera pena.
Para terminar decirte que he leído tu artículo del Heraldo y me parece fascinante. A pesar de no estar introducido en ese mundillo, he de decirte que me apasionan estos temas. De manera que sólo me queda felicitarte por esa teoría tan bien fundamentada.
Un abrazo Javier. Tienes todo mi respeto y admiración, la verdad que eres la hostia consagrada.
José Ángel Crespo.


Zaragoza, 23 de enero de 2012
Hola. Ha pasado una semana desde tu correo, pero el tiempo pasa volando. Creo que exageras, todo lo más, sin consagrar.
Cada uno tiene lo suyo. A mí me tocó cómo hablabas castellano de Aragón con naturalidad, y yo, que soy poco aficionado a la poesía, lo que hojeé de tu libro me gustaba. Estoy seguro de que no hay nadie del pueblo que no flipe al ver a su familia o amigos tal y como eran hace décadas. Yo, que soy de Zaragoza, no puedo tener ese tipo de cosas.
Me sublevo cuando por decir “enronas” (tú decías “enrunas”) en lugar de “escombros”, o “rafe” en lugar de “alero”, me digan que hablo mal. Lo hago porque quiero y tengo voluntad de hacerlo. Por desgracia no puedo hablar como mi abuelo de Gelsa aunque si puedo encasqueto un “a tú t'aguardo, chiquer”, “ya no cal que vayas” o “¿no sientes que te llaman?”.
Bueno, que hay gente tan cutre que no sabe que tú distingues si te diriges para que te entienda un aragonés o un forano.
No sé cuándo llegará, pero llegará. Me refiero a escribir (o elucubrar si prefieres) sobre el pasado andalusí-zagrí de Azuara. Bueno, que hay dos cosas importantes. Una la de la ermita de San José, que ya os conté. Y la otra es la del recinto amurallado. Ésta me mosquea bastante porque no tiene sentido en el contexto del Aragón cristiano. ¿Cuándo, por qué y para qué se hicieron unas murallas tan tremendas entre el siglo XIII y el XV?. En cambio, en época zagrí parece que tiene más sentido. En primer lugar, la forma tan regular es muy apropiada para esta época (no creerse lo que dicen de lo tortuoso e irregular del urbanismo árabe, pues la planta de Bagdad era un círculo perfecto y Barbastro, rectangular, como Azuara). La pertenencia de Azuara a Daroca y no a Belchite me abre nuevas perspectivas. Porque imagino que la división administrativa del Aragón cristiano en parte responde a la herencia zagrí. Yo, hasta ahora, imaginaba a Azuara en el distrito -iqlim, creo- de Balsir/d, osea, Belchite. Pero debió estar en el de Daruqa o en el de Jiloca, donde estaba la ciudad de GALWADA, no identificada. Y en Azuara tenéis la leyenda de que es la antigua ciudad de... no recuerdo. Debería haberse llamado en árabe Balsid, ya que está a los pies de la entonces abandonada -pero parcialmente visible- ciudad de Belik/gio/m, pero Belchite había robado el nombre y se lo llevó. O los nuevos pobladores le dieron un nombre nuevo y parte de sus habitantes fundaron en el actual Belchite y pusieron el nombre.
Debo aclarar que el baile de nombres no es raro. En Aragón, Kelse luego Celsa, abandonó el nombre por los bereberes Malila (los mismos de Melilla) y hoy es Velilla. Algunos fundarían Gelsa con el antiguo nombre y fueron todos expulsados ¿a Túnez? en 1610. Los antepasados de mi madre llegaron desde el Alto Aragón a ocupar su lugar. Albarracín, otro caso, viene de la última familia beréber que la gobernó, los Banu Razin. Pero, en cambio, en época andalusí se llamaba Santa-Mariyya asc-Scarqiyya (para diferenciarla de Faro, Santa-Mariyya al-Garbiyya). O sea que en árabe tenía un nombre bien cristiano y en castellano tiene un nombre bien moro.
Bueno, estoy agotao (tengo catarro). A ver si la próxima vez escribo con algo concreto y lo podéis colgar del blog.
Javier.

miércoles, 1 de febrero de 2012

XIII JORNADAS SOBRE LA HISTORIA DE TAUSTE

Entrevista de la presidenta de El Patiaz, Teresa Ansó, en SER Cinco Villas, el 31 de enero.
¡Vaya presidenta de lujo!

Pinchar aquí:
http://www.elpatiaz.es/descargas/Tere_Jornadas_2012.mp3



lunes, 23 de enero de 2012

ALMINAR DE ALAGÓN



Imagen que aparece en un artículo titulado "Vivir en Alagón", Heraldo de Aragón, 22/01/2012.

Lo de "almenar", está claro que se trata de un error de escritura. Lo importante es que ya va saliendo, sin complejos, que es un ALMINAR ZAGRÍ DEL SIGLO XI y no una TORRE MUDÉJAR DEL SIGLO XIV.

Lo de "Alquiler con opción a compra", no hagáis caso, que no se refiere a la torre, sino un anuncio que aparece en la misma página.

sábado, 14 de enero de 2012

AZUARA Y TAUSTE


El sábado pasado, día 7 de enero, visité Azuara en compañía de Javier Peña y de José Miguel Pinilla. Antes de llegar, nos detuvimos un rato en las ruinas monumentales de Belchite y, también, en Almonacid de la Cuba, donde hay una impresionante presa romana. De manera que, antes de llegar, ya va meditando uno sobre cuántas cosas dignas de consideración tenemos en Aragón, totalmente desconocidas para los propios aragoneses (que para los de fuera ya, no digamos).

La visita que aquí cuento fue motivada por un artículo de José Miguel Pinilla acerca de una de las torres-contrafuerte de la Iglesia Parroquial de esa localidad, en la cual él había reparado por ser más “gorda” que las otras y por la discontinuidad ornamental que ofrece, llegando a la conclusión de que se trataba de un alminar del siglo XI. La publicación de dicho artículo despertó la curiosidad de algunos estudiosos azuarinos, entre ellos José Román Roche, por lo que se pusieron en contacto con él y tuvieron a amabilidad de invitarnos a conocer "in situ" el patrimonio de su pueblo.



VISTA DE AZUARA DESDE BELIGIOM


Nunca había estado en Azuara ni podía imaginar que en un pequeño pueblo como es ése, en una zona tan olvidada como es el Campo de Belchite (sólo famoso por la guerra civil, tristemente), hubiera un patrimonio tan rico. Tienen de todo:
- Restos de una importante ciudad celtibérica: Beligiom.
- Una villa romana fascinante: La Malena.
- Una ermita románica, la de San Nicolás, con unos frescos tardorrománicos impresionantes.
- Grandes tramos de la muralla andalusí.
- Una curiosísima ermita, la de San José, situada en lo alto de un cabezo, dominando toda la población, prototipo “congelado” de cómo tuvo que ser la evolución de muchas mezquitas de Zagr-Alandalús en su proceso de convertirse en iglesias cristianas.
- La Iglesia Parroquial de Nuestra Sra. de la Piedad, una imponente iglesia mudéjar, de la tipología de las llamadas “iglesias-fortaleza”, con el cuerpo bajo de lo que fue el alminar de la mezquita que antes hubo en aquel mismo solar.




ERMITA DE SAN JOSÉ



Además de un largo etcétera, donde me dejaría cosas, pero no quiero dejar de nombrar, dentro de su paisaje natural, el curioso trazado urbanístico y un centro de interpretación de la villa romana, donde uno puede pasar un buen rato, fascinado por la recreación de lo que allí hubo, transportado a la grandeza de los tiempos de aquel imperio.


El día se hizo cortísimo y quedaron muchas cosas en el aire. Gracias a la amabilidad del cura párroco, tuvimos ocasión de subir sobre las bóvedas de la iglesia y pudimos descubrir las pinturas mudéjares que decoraban la iglesia y que, indudablemente, se encuentran ocultas tras las capas de cal, pero que en uno de los paños se quedaron sin cubrir al hacer la ampliación barroca. Allí las tienen, los azuarinos.

Todo ello, gracias a unos anfitriones de mucha categoría: José Ángel Crespo, Javier Corzán, José Antonio Perena y Rubén López. Todo lo que diga sobre ellos será poco: jóvenes, avispados, preparados… y, sobre todo, entusiastas. Porque hay que ser muy entusiasta y tener mucho amor por su pueblo para hacer lo que estos chicos hacen, contra viento y marea, en una tierra como es ésta nuestra de Aragón, tan ruda y poco amable en estos menesteres.



MOSAICO DE LA MALENA


Y cuando uno se va de allí, conduciendo hacia casa, ya de noche bien entrada, entre curva y curva de la carreterica que, pasando por Fuendetodos y Jaulín, nos saca en Botorrita a la Autovía Mudéjar, con el fondo de la conversación entre Javier y José Miguel –maquinicas pensantes donde las haya, sacando conclusiones de todo lo visto a lo largo del día-, uno no puede evitar sentir cierta desazón por pertenecer a esta tierra.


Me explico. Desde el descubrimiento en 1988 de los restos arqueológicos de la Malena, el Departamento de Cultura y Turismo del Gobierno de Aragón patrocinó los trabajos arqueológicos para sacar todo aquello a la luz y respaldó toda una programación con actuaciones a corto, medio y largo plazo, dirigida a convertir el monumento en un objetivo cultural de primer orden que actuara como un elemento de desarrollo comarcal en el entorno de Azuara. Se creó el Centro de Interpretación que antes mencionaba, como foco de información y dinamización cultural, referente necesario para una aproximación al rico patrimonio histórico-artístico y arqueológico de Azuara, con unos bienes de primer orden, susceptibles de componer un producto cultural y turístico de altísima calidad.

Pues bien. Con todo ello y después de los años transcurridos, el turismo debería ser ya uno de los factores más importantes dentro de la economía del pueblo, si nos regimos por comparaciones con lo sucedido en otros lugares de España, donde han sabido rentabilizar ese turismo de interior de calidad, llegando a suponer un complemento imprescindible en el sostenimiento de los pueblos, superando, en muchos casos, a una agricultura que, aunque totalmente necesaria, se encuentra en decadencia. Sin embargo, en Azuara, con un patrimonio tan rico y atractivo, no ha ocurrido lo mismo. Ni parece que lleve camino de ello. ¿Por qué?.

Y uno, como decía, entre curva y curva de esa carretera, con la conversación entre los Gonzalvos de fondo, se va preguntando estas cosas, porque no es experto en estas materias. Supongo que será porque no ha habido una constancia en toda esa empresa, porque no habrá habido una planificación rigurosa, porque no se habrá seguido una disciplina lo suficientemente férrea para llevarla a cabo paso a paso, sin abandonar en ningún momento… no lo sé. Pero es como si uno se propusiera poner en marcha una industria donde el producto que se quiere vender es bueno, pero no se vende, y no se vende porque no se conoce, y no se conoce porque descuida su propio departamento comercial, y no mantiene un buen departamento comercial porque cuesta dinero, y no tiene ese dinero porque no vende.


Ahora me traigo el ejemplo a Tauste. Estos días se están organizando ya por El Patiaz las XIII Jornadas sobre la Historia de Tauste. La charla del día 16 corre a cargo de Carolina Izquierdo, con un trabajo que ganó la beca de 2010 sobre el desarrollo turístico de la villa de Tauste. De entre todos los trabajos presentados, el jurado estimó en su día que debía ser ése el merecedor de dicha beca por la rigurosidad de sus planteamientos y amplitud de objetivos, con unas estrategias claras y unos beneficios inmediatos de todo tipo (económico, cultural, ambiental, humano, etc.), derivados de la consecución de ese Proyecto, en caso de llevarse a cabo. Para ello es necesario hacerlo viable y competitivo mediante una planificación estratégica, que es la que desarrolla la autora a lo largo de ese Proyecto. Sabemos que no es fácil gestionar algo así en plena crisis, pero, precisamente es en los tiempos difíciles cuando más necesario se hace el desarrollo de nuevas ideas y aprovechar las nuevas tendencias…, y Tauste no debe perder esta oportunidad.

Pero, visto lo visto en Azuara, con un patrimonio mucho más rico que el nuestro… ¡qué miedo me da! ¿Quedará también en agua de borrajas?. ¿Estaremos trabajando para nada?. En El Patiaz hay gente muy entusiasta y preparada, pero no olvidemos que El Patiaz es una asociación cultural que demasiado hace con la labor que desarrolla y que la puesta en marcha de iniciativas de semejante envergadura tiene que ser llevada a cabo desde otros estamentos, con un seguimiento riguroso y una constancia a prueba de bombas.


Capacidad, tanto humana como en otros aspectos, la tenemos sobrada en Tauste (cuando queremos). De eso no me cabe duda, pero, de lo que sí me cabe es de si la sabremos administrar y encaminar positivamente, porque, además, el camino es largo y difícil, y que a lo largo del mismo no queden fracasos provocados por esas mezquindades que tantas veces denigran al ser humano.


Volviendo a lo de Azuara, mis más sinceras felicitaciones para José Ángel, Javier, Rubén y José Antonio. También para José Román, que, aunque no tuvimos oportunidad de conocernos personalmente ese día, seguro que habrá más ocasiones. Recuerdo que me mostraron su interés por venir a conocer nuestro fabuloso alminar tahustí. Sabéis que podéis venir cuando os plazca y que, aunque no será fácil resultar tan buenos anfitriones como lo fuisteis con nosotros, os aseguro que lo intentaremos.


Por cierto, tienen una asociación cultural llamada “Zauril”, que significa lo mismo que aquí “zaurín” o persona inquieta. Nombre muy apropiado.


No dejéis de ser como sois, que, de verdad, merece la pena.

lunes, 2 de enero de 2012

ZACARÍAS PELLICER

Nunca se me ocurrió llamarle “Zacarías”, y mucho menos “tío”. Cuando le acompañaba, si alguien se refería a mí como “su sobrino”, se apresuraba a puntualizar diciendo “sobrino de mi mujer”, apoyando la frase con el dedo índice en alto y esa sonrisa picarona tan característica suya. Para mí y para todos los que le conocíamos desde antes de su dedicación completa a la escultura siempre fue Manolo. Manuel Alegre. Lo de Zacarías lo sacó a la luz cuando se introdujo de lleno en el mundo del arte; su segundo nombre con su segundo apellido: Zacarías Pellicer.

Era de las pocas personas a las que podías acudir cuando te acuciaba un problema de ésos que te hacen ver todo negro y a los que no encuentras solución posible. Entrabas en su taller gritando ¡Manolo!, para anunciarle tu visita, y él te respondía con cualquier ocurrencia suya, obsequiándote seguidamente con alguna fruta que tuviera por allí (“ya verás qué manzanas más ricas, me las han regalado esta mañana” –verbigracia-, y lo hacía sin dejarte la más mínima opción a rechazarla). Nunca te preguntaba por el motivo de tu visita y se ponía a explicarte en qué estaba trabajando en ese momento y sus proyectos más inmediatos, que siempre eran de lo más arrollador, reflejo de su personalidad. Sólo cuando ya te encontrabas familiarizado con su espacio y te habías acomodado en el lugar apetecido, volvía a su labor de transformar, como sólo él sabía hacerlo, aquellas maderas de boj del Pirineo, aquellas maderas viejas de roble rescatadas de las aguas de Yesa, aquellos estaños y aquellos plomos, en auténticas obras de arte. Entonces era cuando tú, entre mordisco y mordisco a aquella manzana, empezabas a desgranar tu problema. Aunque se tratara del problema más oscuro y escabroso, con él resultaba siempre fácil. Te escuchaba sin interrumpirte y sin abandonar su tarea, pero sus gestos, sus asentimientos, algún monosílabo y alguna pequeña interrupción o cambio de ritmo en su incesante actividad, te hacían estar seguro en todo momento de que estaba captando todo lo que tú tratabas de transmitirle, incluso más allá de tus palabras, por desastrosa que resultara tu exposición. Cuando habías acabado, dejaba todo lentamente y te hacía algún comentario que nada tenía que ver con lo que tú habías ido a contarle, sino con su obra, lo cual, te creaba cierta desazón, pues llegabas a dudar de si habías estado hablándole a él o a la madera que estaba transformando. Acaso después te hacía salir de su taller y montar en el coche para llevarte a ver cualquier cosa, por ejemplo, la luz del atardecer o unos juncos junto a una charca. Allí te hablaba de las cualidades de ese junco en cuestión, que, cuando soplaba el cierzo, no oponía resistencia alguna y se doblegaba con total flexibilidad, hasta el suelo, si era preciso, pero el cierzo no duraría siempre y ese junco mantendría intacta la flexibilidad que le había posibilitado doblarse sin llegar a romper y que ahora le permitiría enderezarse de nuevo y recuperar su tiesura inicial. Después podías regresar con él a su taller y ser sometido a un interrogatorio acerca de qué te sugería tal o cual forma de alguna de sus nuevas creaciones, a lo cual nunca sabías exactamente qué responder, o, mejor dicho, qué deberías responder para no quedar como un cretino en ese divertido reto intelectual, donde él, naturalmente, siempre jugaba con ventaja. Sólo él sabía interpretar el verdadero significado de su obra, porque para eso era su creador, y, a veces ni él mismo, porque llegaba a ser algo tan sublime que hasta a él mismo le superaba.

El caso es que te ibas a casa con tu problema sin resolver, por supuesto, pero con la sensación de que, lo que antes te parecía una montaña, ahora se había quedado reducido a un cabecico pequeño. Tal era su capacidad para aplicar el bálsamo con la fórmula adecuada a cada momento.


También él te transmitía a veces sus miedos más profundos, sus temores, sus preocupaciones..., pero siempre lo hacía mediante expresiones que aparentemente nada tenían que ver con lo que verdaderamente quería contarte. Entonces, tú te hacías cargo de la dificultad humana para afrontar de cara esos terribles fantasmas, en cierta forma te sentías identificado con él y respondías con otras frases que también parecían inconexas con todo, porque sentías que entonces tenías que ser tú quien buscaras la fórmula del bálsamo que él necesitaba y no podías romper ese encantamiento. Vamos, aparentemente, un diálogo de pirados que podía durar horas y horas. Pero subyacía un hilo conductor, un entendimiento espiritual que iba mucho más allá de las palabras.


Recuerdo que, en cierta ocasión, me habló de Picasso como un señor con una personalidad tan fuerte que, cuando alguien le visitaba, le resultaba difícil darle la espalda en el momento de la despedida, de manera que se marchaba caminando hacia atrás, casi en actitud de servilismo. Con él no se daba ese tipo de reverencia, pero reconozco que nunca encontrabas el momento de marcharte. La última vez que experimenté esa sensación fue en el cementerio, una vez acabada su inhumación. En lugar de arrancar cada uno a lo suyo, como suele ser habitual, allí nos encontrábamos todos, charrando en grupillos, junto a su recién estrenado “aposento”, sin prisa por marcharnos a casa, envueltos todavía por esa magia que siempre emanaba de él.

Los que tuvimos la ventura de tenerle cerca, de pasar muchas horas conversando con él, de verle trabajar, de escuchar sus proyectos y de tratar de echar una mano para hacer posible que salieran adelante, fuimos testigos de las muchas veces que pudo triunfar en este mundo material y no lo hizo. Quizá no se atrevió a enfrentarse a ese vértigo que producen el éxito y la fama, pero, posiblemente, la verdadera explicación vaya mucho más allá. Sus obras eran para él lo más importante de toda su vida, incluso más que sí mismo, y le costaba mucho desprenderse de cualquiera de ellas. Por eso vendió poco, y, cada vez que lo hacía, era como una especie de mutilación que él experimentaba. Suponía pasar de un plano tremendamente afectivo a otro totalmente frío y material, donde se imponía un ejercicio tan oprobioso como el de poner precio a algo que no lo tenía. Y ahí estaba la principal dificultad, pues para él nunca podía haber un precio justo, de igual forma que para el común de los mortales tampoco lo puede haber si alguien viene a comprarnos un hijo nuestro.


Es reconocido como uno de los mejores escultores aragoneses de las últimas décadas y tenemos la suerte de que ha legado intacta casi toda su producción artística, la obra de toda una vida de este hombre inquieto, controvertido e incansable.

Ahora nos queda la obligación de asumir ese legado como su acto más generoso, que, indudablemente, irá mucho más allá de lo que él fue. Ojalá tengamos la lucidez suficiente para saber gestionarlo de forma que pase a ser un activo importante en el haber de su pueblo, de nuestro pueblo, de no dejarlo escapar. De no ser así, podríamos correr el riesgo de que se nos vaya a otras tierras con las que él, a lo largo de su vida, estuvo también muy vinculado, y es algo que Tauste no puede perder.