sábado, 9 de enero de 2010

EL CEMENTERIO ZAGRÍ

Después del último artículo sobre alminares zagríes y alminares almohades, en el que desarrollaba análisis de tipo constructivo, esta vez voy a tratar un asunto más “poético” o, al menos, más humano, para que los amigos que tienen la paciencia de seguir este blog no se me quejen por el esfuerzo que les supone seguir el hilo de los argumentos, cuando éstos son de tipo técnico.

Así es que, aunque hace ya más de dos meses de la festividad de Todos los Santos, esta vez voy a hablar de cementerios.

Preguntas como:
-¿Cómo pudo ser el cementerio musulmán de Tahust en el siglo XI?.
-¿Dónde se encontraría?.
-¿Cuál era la forma de los enterramientos?
-¿Qué representaba para aquellas gentes?.
-¿Qué repercusión tenía en la vida social?, etc.
Son cuestiones que voy a tratar de desarrollar a lo largo de este artículo.

En las ciudades medievales cristianas, muertos y vivos se amontonaban dentro del recinto murado, al estar los cementerios dentro de las iglesias o en el entorno de las mismas. Parece ser que los ricos eran enterrados en el interior de los templos (se supone que para estar más cerca de Dios) y los pobres en el exterior. En Tauste, se sabe que el cementerio cristiano estaba en la Iglesia de Santa María (también se encontraron abundantes enterramientos en San Antón). Esto fue así hasta que, a principios del siglo XIX, el gobierno español dictó una norma por la que los cementerios debían sacarse fuera de los pueblos y ciudades, por motivos evidentes de salubridad. Es entonces cuando, en nuestro pueblo, se construye el “cementerio viejo” que muchos conocimos en lo que ahora es el parque de Santa Bárbara, siendo éste el cementerio construido fuera del casco urbano más antiguo que se conoce en Tauste.

Así pues, nos encontramos con que, en la época medieval, en Tauste tuvo que haber tres cementerios:

-El cristiano, ubicado en la Iglesia de Santa María.
-El judío, supuestamente situado en la zona del Camino del Indio (según Miguel Angel Motis).
-¿Y el cementerio musulmán?.

Sabemos que los musulmanes siempre han tenido la costumbre de situar los cementerios fuera de las ciudades, pero pegados a las murallas de las mismas, generalmente ubicados junto al camino principal que llegaba a esa ciudad, de forma que lo primero con que el viajero tropezaba al llegar a las inmediaciones de una agrupación urbana islámica era con la ciudad de los muertos, tradición que habían copiado de los romanos. Lo registra Cervantes, al referir que Crisóstomo, el pastor estudiante, «mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro». Parece ser que la intención era poner la ciudad bajo la protección de sus difuntos, como guardianes que impidieran la entrada de ningún mal en el interior de sus murallas.

Al cementerio se le llamaba en Occidente en lengua arábiga “maqbara” (en plural, “maqâbir”). Su fundación constituía un acto generoso, grato a los ojos de Allah. El que la hacía gozaba de beneficios en la otra vida, lo mismo que si hubiera edificado una mezquita, excavado un pozo o reparado un puente.

El cadí (qâdî) y el almotacén (al-muhtasib) eran los encargados en cada ciudad de velar por los cementerios y disponer alguno o algunos nuevos en caso de acrecentamiento de población o epidemia; de demoler las construcciones levantadas abusivamente en su área y de cuidar que no se cometiesen en ellos actos inmorales e impropios a la debida cortesía del lugar.

Cementerio de la ciudad de Fez. Marruecos

En contraste con los cementerios romanos y de acuerdo con la austeridad y el sentido igualitario del Islam, en las necrópolis de al-Andalus no había grandes monumentos funerarios ni mausoleos ostentosos que perpetuasen la memoria de los enterrados, pues, si a la vanidad en vida se la considerada como un defecto execrable, la vanidad póstuma era ya la más pueril e injustificada de todas. Sin embargo, era frecuente la existencia en los cementerios de una o más cúpulas (qubbas) que albergaban los restos de ilustres letrados, ascetas, taumaturgos o varones señalados por sus conocimientos y vida dedicada al Islam, en torno a las cuales se enterraban las gentes para beneficiarse de la influencia espiritual que de ellos irradiaba.

Los cadáveres solían ser enterrados de costado, con la cabeza a mediodía y el rostro hacia la ciudad de La Meca. Las sepulturas de las gentes más humildes se hacían notar con una piedra tosca, sin labrar, hincada en la cabecera, sin letrero alguno. Si se trataba de personas de algún relieve social o económico, las tumbas y la memoria de los que en ellas yacían, acostumbraba señalarse de varias formas:

a) Por dos estelas, gruesas losas rectangulares de piedra o mármol hincadas verticalmente y orientadas teóricamente hacia la ciudad de Meca, una a la cabecera y otra más pequeña a los pies, conforme al rito funerario que exige dos «testigos» limitando la sepultura del creyente.

b) Por una estela muy alargada, de piedra o mármol, de poca altura y sección triangular, sobre un plinto más o menos elevado, rectangular, colocada en el eje longitudinal de la tumba, casi siempre sobre varias gradas o escalones de mampostería o ladrillo. Se las designa con el nombre dialectal marroquí de rnqâbriya.

c) Por un cipo o fuste cilíndrico hincado en la cabecera de la tumba.

d) Por una o dos pequeñas estelas discoidales de cerámica vidriada, clavadas a la cabecera y a los pies de la fosa.

Hay, además, ejemplares esporádicos. Fuera de la clasificación quedan también las lápidas con escritura incisa, casi siempre toscas losas irregulares, de medios beréberes y rurales y formas muy variadas.

En cuanto a la vida en torno a las tumbas, ni tan mezclados con la vida urbana como los cementerios cristianos hasta los comienzos del siglo XIX, ni tan apartados de ella como los actuales -la civilización moderna huye de los muertos, los aleja y frecuenta lo menos posible-, los cementerios islámicos quedaban integrados en el flujo y reflujo cotidiano de la ciudad. El recuerdo de los desaparecidos permanecía siempre presente entre sus familiares y amigos.

Tras el sepelio de una persona venerada, por su rango, sabiduría o buenas obras, las gentes acudían con frecuencia a su sepulcro. Los viernes, sobre todo después del salat al-yümu'a, en la mezquita mayor, los caminos que conducían a los cementerios estaban concurridos por una muchedumbre de ambos sexos, que en ellos se mezclaban. Entre las tumbas, a veces, se levantaban tiendas, en las que las mujeres permanecían largo rato con el pretexto de huir de las miradas indiscretas, buen incentivo para acrecentar el deseo y el vicio de conquistadores y libertinos que, en busca de buenas fortunas, acostumbraban ir a las necrópolis para seducir a las mujeres que las frecuentaban. Esas tiendas, a veces (sobre todo en verano), cuando a la hora de la siesta estaban desiertos los caminos, se convertían en lupanares. Además de los mozos, estacionados los días de fiesta en los caminos, entre las tumbas, para acechar el paso de las mujeres, también acudían vendedores a contemplar los rostros descubiertos de las enlutadas, relatores de cuentos e historias, decidores de la buenaventura y músicos. En suma, los cementerios de al-Andalus eran escenarios en los que rebosaba extramuros la vida, comprimida en las angosturas urbanas; la vida humana con su mezcla eterna de espiritualidad y de concupiscencias y pasiones.

La palabra maqbara se castellanizó bajo la forma «macáber» (origen de la palabra “macabro”).
En la gran cantidad de piedras labradas -estelas y bordillos de las fosas- y ladrillos de los cementerios islámicos, vieron los conquistadores providencial y económica cantera para levantar edificios, sobre todo iglesias, destinados a satisfacer nuevas necesidades.
Un caso especialmente anecdótico es el de Huesca. En septiembre de 1273 cedía Jaime I al convento de Predicadores (Santo Domingo) de esta ciudad las piedras existentes en el «fosal» de los sarracenos para construir su iglesia. A consecuencia de la reclamación de los moros mudéjares, desde Murcia, el 6 de febrero del año siguiente, el monarca donaba a la aljama islámica de Huesca dicho cementerio, en el que no debía de enterrarse desde algún tiempo atrás, pues dice se lo da «para que podáis hacer campo y trabajarlo y roturarlo para provecho de vuestra mezquita y lo que allí se críe sea para el servicio de ella». Por privilegio posterior, extendido en Alcira el 2 de marzo de 1275, Jaime I concedía las lápidas de la Almecora, «cementerio antiguo de los sarracenos», para la fábrica de la catedral (ad opus operis Ecclesie oscensis).

Así pues, volviendo a Tauste, atendiendo a indicios materiales encontrados a lo largo de los últimos años, el cementerio musulmán tendría una extensión importante y se encontraría en el lado Sur del casco urbano, junto al camino de Zaragoza, que, naturalmente, era éste el camino principal que llegaba hasta esta ciudad. El viajero que venía, dejaba el cementerio en el lado derecho del camino, para adentrarse en el arrabal por el trazado aproximado que ahora siguen las calles Santa Ana y Zaragoza, hasta llegar a la medina (centro urbano), a la cual se accedía por la puerta de la muralla que debía de estar en la actual esquina de Berroy.

sábado, 19 de diciembre de 2009

ALMINARES ZAGRIES Y ALMINARES ALMOHADES

Hace ya algunas semanas, en un artículo que titulé “Alminar o campanario”, hice algunas comparaciones entre la torre de Tauste y la Giralda de Sevilla, con la advertencia final de que, por si a alguno se le ocurría pensar en una posible presuntuosidad por mi parte al hacer un símil entre nuestra “humilde torre mudéjar de pueblo” y el gran alminar almohade conocido como la Giralda de Sevilla, otro día contaría otra cosa al respecto.

Pues bien, ese día ya ha llegado y me dispongo a ello.

Resulta que, según la versión “oficial” que nos han vendido, nuestra torre tiene estructura de alminar almohade, es decir, formada por dos torres, una dentro de la otra, por entre las cuales se desarrolla la rampa de escalera. Nos dan una cronología de 1184 para la Giralda y 1284 para la torre “mudéjar” de Tauste (nótese que pongo comillas en lo de “mudéjar”).

Efectivamente, subes por la escalera de nuestra torre y observas que a tu derecha se encuentra el muro que da al exterior y a tu izquierda el que te separa de las sucesivas estancias interiores que hay dentro de la torre, una sobre otra. Eso te da la sensación de que te encuentras entre dos torres: la exterior o torre propiamente dicha, y la interior o contratorre. Bajo tus pies tienes unos peldaños construidos en ladrillo (como toda la torre) y sobre tu cabeza una sucesión ascendente de hiladas de ladrillo que van sobresaliendo hasta cerrarse en el centro, formando así un techo triangular de múltiples esquinas. Pero de lo que no somos conscientes es de que sobre ese techo no se encuentra directamente el peldañeado del tramo de arriba, como pudiera parecer, sino que encima de esas hiladas voladas que conforman nuestro techo, la fábrica de la torre continúa, dando lugar a un gran macizo de obra, sobre el cual, cuando llega el desarrollo de la escalera a su altura correspondiente, se formará el peldañeado de ese tramo de encima. Es decir, no se corresponde para nada con esa descripción de “alminar almohade formado por dos torres concéntricas y espacio hueco entre las mismas, donde se encuentra la rampa de escalera”, sino que en realidad es una sola torre “agujereada” de forma helicoidal, y es por este agujero por donde circulamos cuando subimos por esa escalera. Acompaño un dibujo de planta y sección que corresponde a la torre de San Pedro en Alagón (no es la de Tauste, pero sirve de igual forma para ilustrar esta explicación, pues, aun de menor tamaño, tiene la misma estructura que la nuestra).


Tengo que hacer notar que, en el caso de Tauste (de igual forma que en Alagón, San Pablo de Zaragoza y otras), la pared que separa el hueco de escalera de las estancias interiores es de pequeño espesor (apenas un ladrillo) y sería insuficiente siquiera para soportar los empujes que le transmiten las bóvedas que conforman dichas estancias. La gran masa se acumula en la zona central del macizo (entre cada rampa y la de encima correspondiente) y en la parte de muro que queda al exterior del hueco de escalera.

Se trata de una solución muy inteligente, pensada para llevar a cabo la construcción sin grandes medios auxiliares de andamios, cimbras, apuntalamientos, encofrados, etc., pues, a medida que el hueco de la escalera iba alcanzando la altura deseada (poco más que la de una persona), iban cerrando la obra por el método descrito de aproximación de hiladas y así continuaban su obra maciza hacia arriba. Para hacer eso, con unos sencillos caballetes de madera les bastaba para llegar a la altura del techo, colocaban sus hiladas voladas de ladrillo con yeso “al aire”, sin ningún encofrado previo, y después trabajaban desde encima de la propia obra. Pero no solamente el sistema era inteligente por el ahorro de medios auxiliares, sino porque, además, al situar la escalera muy cerca del núcleo central, a costa de reducir al mínimo el grosor del muro interior, consigue concentrar toda la masa posible en torno al perímetro exterior (optimización del momento de inercia de la sección), característica que confiere al conjunto de la torre una maximización de resistencia frente a solicitaciones de fuertes vientos o, si fuera el caso, de acciones sísmicas. Por otra parte, la concentración de cargas permanentes entre rampas de escaleras implica una importante componente vertical que confiere una gran estabilidad de cara a la acción del viento, ya que ésta se manifiesta como una fuerza horizontal. Naturalmente, no podemos pensar que aquellas gentes conocieran ya conceptos físicos actuales como el del momento de inercia, pero está claro que los manejaban magistralmente de manera empírica.

No es difícil comprender que este sistema de construcción requiere de una gran habilidad artesanal y dominio espacial permanente, todo ello, repito, en aras del importante ahorro de empleo de medios auxiliares.

Realmente, tenemos que situar esta construcción en la segunda mitad del siglo XI, como producto de una cultura que llega a nuestra península desde el mundo persa y se desarrolla precisamente en el valle medio del Ebro, todo ello posibilitado por la corriente de progreso que aquí se está viviendo, circunstancia que no se da en esa misma época en otros lugares de al-Andalus. Años después, un poderoso ejército de integristas islámicos invadirá la Península Ibérica (los almohades), pero serán vencidos en la batalla de las Navas deTolosa (año 1212) y la frontera quedará establecida a muchos kilómetros al sur de nuestras tierras. Para entonces, esto hace ya un siglo que es de dominio cristiano y muchos de los musulmanes que aquí vivían han emigrado hacia el sur, llevando allí su sabiduría y sus costumbres. Los almohades son un pueblo fanático y guerrero, que no destaca precisamente por su cultura; más bien, se limitan a adoptar las técnicas que encuentran en cada lugar que van conquistando. De esta forma, es más lógico pensar que es la cultura zagrí la que enriquece a al-Andalus y no la pobre cultura almohade (si se puede hablar de ella) la que se importa en lo que ya desde hace un siglo pertenece al reino de Aragón.

Naturalmente, se exporta desde aquí el concepto de esos viejos alminares que han quedado en el territorio perdido, a los que subes a través de una escalera que circula dando vueltas entre dos paredes, en contraposición a esas otras torres huecas mucho más elementales, que siempre tienen la escalera mal resuelta, mediante huecos mal apañados y tramos incómodos de escalerillas de palo. De esa forma surge el concepto de “alminar almohade”, cuyo máximo exponente por su grandeza y elegancia, no sólo de al-Andalus, sino de todo el Imperio Almohade, es el alminar de la mezquita-aljama de Sevilla, hoy conocido por el nombre de la Giralda.

Para entonces, las técnicas constructivas en occidente ya se encuentran más avanzadas. La pericia artesanal va dando paso a la utilización de cimbras y otros medios auxiliares que permiten la realización de obras más “airosas”. Una vez montado todo el mecano auxiliar, resulta más fácil la ejecución de la obra. Por hacer una comparación con la construcción actual: hasta hace pocos años las correas de escalera las realizaba el maestro albañil, colocando rasilla tras rasilla, “al aire”, sin más que pegarlas con pasta de yeso por el canto, trabajo que requería gran maestría. En la actualidad, al disponer de más medios, entableramos lo que será el fondo de esa correa, formando así un encofrado, el cual, posteriormente, no tiene más que ser llenado de hormigón para obtener la losa de escalera, trabajo que ya no requiere apenas habilidad.

De esa forma, construyen en Sevilla (ahora sí) una torre interior con muros de considerable espesor, para que sea, ya de por sí, autoportante. Eso posibilita levantarla hasta la altura que se desee, para después ir subiendo por fuera la torre exterior a la vez que se van construyendo las bóvedas sobre las que se apoyarán las rampas de subida. Para comprender la explicación, puede verse la figura que se acompaña.


Estas bóvedas son de crucería y se construyen sobre un mecano de encofrado que se va reutilizando tramo a tramo. Cada uno de estos tramos es horizontal y consta de cuatro bovedillas en línea (numeradas en el dibujo del 1 al 4), la primera de ellas formando salto respecto del tramo perpendicular anterior, y las otras tres, enfrentadas con la pared correspondiente a la torre interior. De esta forma resulta una construcción en la que verdaderamente son dos muros (los dos con un espesor considerable), pero con unas bóvedas ligeras. Las rampas se forman después, mediante rellenos ligeros (cascotes cerámicos e incluso vasijas) y un pavimento inclinado de ladrillo (en La Giralda no son peldaños, sino rampas).

Espero haber explicado lo mejor posible la diferencia constructiva entre lo que se denomina “estructura de alminar almohade” y lo que podemos llamar “estructura de alminar zagrí”, precedente claro del anterior, todo ello salvando las distancias en cuanto a diferencia de tamaño entre las dos torres que he tomado como modelo, que son la torre de San Pedro de Alagón (modesto alminar, si lo comparamos con el de Tauste o el de San Pablo de Zaragoza), y el de Sevilla, que es el más grandioso y espectacular de toda la época almohade en el mundo occidental. Por ello y para paliar el posible efecto de engaño, he incluido unas figurillas humanas en uno y en otro, que dan idea de la escala y de las proporciones.

Por si todo esto ha resultado demasiado “rollo” (cosa que no dudo, lo reconozco, sobre todo para los lectores ajenos al mundo de la arquitectura), extraigo a continuación las dos conclusiones fundamentales:

1.- La torre de Tauste es un alminar zagrí y no una torre mudéjar, cuya técnica constructiva, junto con la otros alminares de nuestro entorno, es pionera en la Península Ibérica.

2.- Son los alminares almohades (dada la escasez de conocimientos de aquel pueblo guerrero) los que se inspiran en los zagríes y no al revés, por ser éstos de clara precedencia.

A propósito de esto, como nota anecdótica y prueba del error al que estamos acostumbrados a cometer de forma sistemática, las personas que visiten el Patio del Yeso en los Reales Alcázares de Sevilla (un patio precioso, al que recomiendo su visita) podrán salir con la percepción, si antes han visitado la Aljafería de Zaragoza, de que ésta está inspirada en aquél. Pues no. Vean las fechas: el Patio del Yeso de los Reales Alcázares fue construido un siglo más tarde.
P.S. Perdón por la escasa definición de los dibujos. Pueden verse mejor pinchando sobre ellos.

sábado, 28 de noviembre de 2009

LOS VALLES DEL EBRO Y DEL GUADALQUIVIR

Hoy quiero contar una historia que nos transmitió Javier Peña hace unas semanas, en la cual establecía un interesante comparativo entre el valle del Ebro y el del Guadalquivir.

Debo aclarar que su relato se produjo en una conversación entre amigos, con la advertencia, por su parte, de que sólo se trata de una hipótesis, la cual habría que investigar y documentar más ampliamente para poder ser reconocida como algo solvente. Lo cierto es que al resto de participantes de aquella improvisada conversación nos pareció algo muy interesante y pintoresco y le animamos a que lo relatara en su blog, ya que la falta de estudios más profundos al respecto no está reñida con la publicación de un pequeño adelanto al respecto, con la prudente advertencia, por supuesto, de la provisionalidad de esas conclusiones. Desde luego, los razonamientos y todo el hilo conductor de los mismos nos parecían muy bien justificados.

Como quiera que va pasando el tiempo y parece que Javier no se decide a escribir su versión sobre este tema, voy a atreverme a hacerlo yo, porque creo que es algo digno de compartir con las personas que, con más o menos entusiasmo, vienen siguiendo nuestra labor “pro-zagrí”, aun sin pedirle permiso, que, si se enfada, ya se le pasará.

El razonamiento de nuestro amigo Javier venía a explicar el por qué de la diferencia paisajística actual entre los valles del Ebro y del Guadalquivir, aun tratándose de dos entornos que guardaron similitudes importantes en época islámica.

En efecto, cuando la cultura islámica se impuso en nuestra península, allá por siglo VIII, aquellas gentes aprovecharon los sistemas de regadíos que habían dejado los romanos, perfeccionándolos y ampliándolos, desarrollando a lo largo de los ríos una especie de oasis lineales en medio del gran paisaje estepario, aprovechando, sobre todo, las aguas de los afluentes, las cuales eran más fáciles de controlar que las de los ríos principales (en nuestro caso, el Ebro, y en el otro, el Gualdalquivir). Ello posibilitó la proliferación de ricas vegas y, por tanto, una alta densidad de población (para aquella época) que en nada tenía que ver con la despoblación y la miseria de otros lugares, como por ejemplo, la meseta castellana.

Comentaba que, cuando los cristianos aragoneses conquistaron el valle del Ebro, a principios del siglo XII, a los pobladores musulmanes de estas tierras se les permitió quedarse a vivir en su entorno, pudiendo conservar su religión y su modo de vida. En aquel entonces, Zaragoza era una ciudad próspera de unos 50.000 habitantes, como correspondía a una ciudad media del mundo musulmán (que era el más avanzado en aquella época), dotada de escuelas, hospitales, alcantarillado público, bibliotecas y otros servicios, totalmente impensables en cualquier ciudad del mundo cristiano. En ella vivían, además de gentes que se ganaban el sustento en la agricultura y la ganadería, otras muchas del sector terciario, es decir, artesanos, comerciantes, etc, amén de profesionales de todas las disciplinas (médicos, filósofos, poetas, músicos, astrónomos, etc). Con la llegada de los cristianos, este sector vio gravemente disminuida su capacidad de negocio, puesto que la ciudad y su entorno dejaban de ser el medio propicio donde poder sobrevivir con el ejercicio de sus actividades. Además, se daba la circunstancia de que estas gentes eran las que poseían cierto nivel económico, por lo que emigraron a otras tierras que seguían gobernadas por musulmanes, principalmente a Levante. Ello produjo un despoblamiento atroz de la ciudad, que vio reducida su población al 10%, aproximadamente. Zaragoza se ”ruralizó”, pasando a ser una ciudad al estilo europeo de aquella época: la poca población que permaneció tuvo que compartir su hábitat, en inferioridad de condiciones, con los nuevos colonos venidos de los Pirineos y del Sur de Francia (ostentando éstos la hegemonía,) la agricultura y la ganadería pasaron a ser casi los únicos medios de vida, se abandonaron y desaparecieron las bibliotecas, hospitales, servicios urbanos (como ejemplo de ello, recordar que los excrementos se arrojaban a la calle hasta tiempos cercanos a nuestros días), etc.

Pero este declive catastrófico no sólo afectó a la capital del reino, sino que también –aunque en menor medida- lo hizo al medio rural donde sus gentes, al no tener posibilidad de recoger sus pertenencias y emigrar a otras tierras musulmanas, tuvo que quedarse, amparados por la promesa del Rey Alfonso (y sucesores del mismo) de garantizarles unos mínimos derechos. De esta forma, constituyeron una masa de población que se llamó “mudéjar”, hasta el año 1526, cuando, bajo el reinado de Carlos I fueron obligados a bautizarse y pasaron a denominarse “moriscos”. Esta conversión al cristianismo fue falsa en muchos casos, manteniendo clandestinamente sus prácticas religiosas.

El valle del Guadalquivir corrió una suerte parecida casi un siglo y medio más tarde, pero duró poco tiempo. A diferencia de los aragoneses, los castellanos sometieron a la población mudéjar a continuos abusos, humillaciones y vejaciones, lo cual provocó revueltas por parte de esa población a los pocos años de haber sido conquistados aquellos territorios. Como consecuencia de las mismas, los castellanos no se anduvieron con contemplaciones y les echaron (a los que no habían muerto o esclavizado). El resultado fue el abandono de aquellas vegas, siendo colonizado el territorio por gentes llegadas de Castilla, cuyo modo de vida era principalmente la ganadería y una agricultura cerealista de secano. Tanto es así, que en muchos lugares era habitual que el secano llegara hasta las mismas orillas de los ríos.

Otro dato más de la represión ejercida por los castellanos sobre la población mudéjar es que ésta fue obligada a bautizarse y convertirse al cristianismo ya en el año 1502. Es el reinado de los Reyes Católicos, pero mientras Isabel de Castilla obliga a sus súbditos musulmanes a bautizarse, Fernando mantiene los derechos de los suyos en Aragón. Por fin, en 1526 (como ya queda dicho anteriormente) los mudéjares aragoneses son obligados a bautizarse, cuando el rey de Aragón ya es el mismo personaje que el de Castilla (entonces Carlos I de España y V de Alemania) y la política castellana gana peso sobre la aragonesa porque al poder del rey le convienen más las leyes absolutistas castellanas que las costumbres y el derecho aragonés, todo ello a pesar de seguir siendo países independientes. Finalmente fueron expulsados en 1610, por el rey Felipe II (Felipe III de Castilla).

Es decir, fueron los castellanos los que expulsaron a los mudéjares del valle del Guadalquivir, que ya era territorio perteneciente al reino de Castilla. Fueron ellos los que obligaron a convertirse al cristianismo a los mudéjares de sus dominios. Pero también fueron ellos, de alguna manera, los que forzaron la misma medida para con los mudéjares aragoneses, 24 años más tarde, y definitivamente fueron ellos los que decretaron su expulsión a partir de 1609, tanto en Castilla como en Aragón (aquí en 1610), en contra del criterio y de los deseos de toda la población aragonesa, incluyendo a la nobleza, porque constituía una fuente de riqueza y el mantenimiento de unas explotaciones agrícolas a las que ellos, como nadie, sabían sacarles provecho, además de un sector de servicios artesanos (cestería, alfarería, etc.) que principalmente era ejercido por esa población morisca.

En Aragón provocó la ruina, no sólo de aquellos pobres desgraciados (casi el 20% de la población), sino de muchos pueblos y lugares del reino. Sin embargo, los cinco siglos de convivencia transcurridos desde la conquista cristiana hasta la expulsión habían supuesto un intenso intercambio de técnicas, conocimientos y costumbres, que posibilitó la continuidad de su aportación al progreso en estas tierras. No fue así en Andalucía, pues como ya queda dicho anteriormente, tal convivencia no fue posible.

Quizá hay que buscar ahí una de las posibles causas del latifundismo en aquellas tierras, donde el predominio del secano facilita la existencia de grandes propiedades bajo un mismo dueño, mientras que el regadío favorece la proliferación de parcelaciones más familiares.


Como siempre, Javier no da puntada sin hilo. Me pareció una versión interesante y sugerente. Aquí queda contado.

viernes, 13 de noviembre de 2009

JERÓNIMO MÜNZER

Estuve hace unos días en Toledo y tengo que reconocer que es toda una experiencia sumergirse uno en aquellas callejuelas, en aquella ciudad que fue la capital del imperio más poderoso del mundo en la época de Carlos I. La ciudad de las tres culturas: la cristiana, la judía y la musulmana, donde, se supone, convivían pacíficamente, como en tantas otras ciudades de España. Lo de pacíficamente, ¡hombre!, sus altercadillos tendrían, pero también los ha habido siempre aun después de haber expulsado a moros y judíos, quedando sola la clase dominante.

Uno va paseando por aquellas calles, dejándose sugestionar por todo ese poso de historia que se respira y trata de hacer el esfuerzo de trasladarse mentalmente a cinco siglos atrás, imaginándose el ambiente en aquel lugar.

Naturalmente, el que España fuera el país más poderoso de la Tierra no significa que eso se reflejara en sus gentes, pues no dejaba de ser un país social y económicamente atrasado, donde la autoridad se apoyaba en el fanatismo religioso para poner trabas a un progreso tenido por peligroso desde el punto de vista político.

Recapacitaba sobre el hecho de la convivencia y, tratando de imaginar allí a esas “otras gentes” (moros y judíos), me los figuraba diferentes a los cristianos, es decir, a los “nuestros”, como si de otra raza se tratase, porque siempre nos lo han hecho ver así, y hacía extensible esta reflexión a nuestro entorno, concretamente, a Tauste y Zaragoza.

Resulta especialmente interesante la crónica de un viajero alemán llamado Jerónimo Münzer. Este hombre estuvo en Zaragoza allá por el año 1493. Los judíos ya habían sido expulsados de España, pero permanecía la población musulmana, la cual, en aquel entonces (la época de los Reyes Católicos), aun conservaba el derecho a ejercer su religión. Pues bien, hay dos cosas destacables de la crónica de aquel ilustre viajero:

1ª.- Manifiesta que le llama especialmente la atención el hecho de que, en Zaragoza, los musulmanes son generalmente personas de tez blanca. Se ve que él esperaría distinguirlos por su aspecto renegrido, ojos oscuros, cabellos negros, etc. (como los magrebíes), viendo, sin embargo, entre ellos, incluso gente rubia y de ojos claros.

2ª.- Se extraña, cuando visita la catedral de la Seo, de que allí hay una capilla dedicada a la Virgen, ante la cual, cuando pasan los moros, se humillan con mucha reverencia. El buen hombre no encuentra explicación posible a este hecho.

Pues bien, la primera extrañeza que apunto tiene su explicación en que la población musulmana de estas tierras no era descendiente de gentes extranjeras venidas de África o de Asia, sino mayormente de la propia población hispánica que, con la entrada de los musulmanes en la Península en 711, se habían convertido a esa religión, sencillamente porque les convenía más social y económicamente. Cuando viene Alfonso I el Batallador, a principios del siglo XII, termina con el gobierno musulmán y establece el poder cristiano, eso sí, permitiendo a los habitantes de estas tierras (musulmanes en su mayoría, pero blancos como nosotros) seguir viviendo en estas tierras y mantener su propio culto. Aun así, en el caso de Tauste, por los motivos que fuera, hubo batalla cruenta y los pocos supervivientes que quedaran serían ejecutados, expulsados o esclavizados, pasando a ser nuestro pueblo colonizado por franceses, en su mayoría. Sí señores, nosotros descendemos de aquellos franceses y no de aquellos que habían sido taustanos (o tahustíes) desde siglos inmemoriales.

En cuanto a la segunda extrañeza, tiene una explicación curiosísima: todos sabemos que, con la llegada de los cristianos, la mezquita-aljama de Saraqusta se aprovecha para el culto cristiano, hasta que se transforma en la catedral que hoy conocemos. En aquella mezquita (como en todas del mundo), había un muro (la qibla) que señalaba la dirección hacia donde dirigir la oración, en el que se encontraba el mihrab o nicho que representa la Puerta del Paraíso. La fundación y fijación de esta qibla y mihrab se atribuye al tabí (hombre santo del Islam) Hanas as-San’ani y está documentado que fue la primera mezquita fundada en todo al-Andalus (antes que la de Córdoba), así como que Zaragoza fue durante años lugar de peregrinación del Islam, pues venían gentes desde lugares lejanos para venerar la tumba del tabí. A lo que iba: el famoso mihrab se destinó a esa capilla dedicada a la Virgen María y, no es que los musulmanes tuvieran intención alguna de adorar a la Virgen, sino que lo que reverenciaban era el mihrab fundado por aquel hombre legendario.

Para terminar, por si alguien se queda con ganas de conocer algo más acerca de lo que fue de aquellas gentes, sugiero echar un vistazo a un artículo (es corto y entretenido) escrito por José Luis Corral y que se titula “El destino de los musulmanes aragoneses”.

sábado, 7 de noviembre de 2009

¿ALMINAR O CAMPANARIO?

Reconozco que cuesta imaginar a nuestra torre de Tauste como elemento integrante de otro conjunto arquitectónico del que hoy conocemos. Desde hace casi ocho siglos, forma un conjunto armonioso con la Iglesia Parroquial de Santa María, pero, sin embargo, deducimos que en su origen (no voy aquí a repetir todo el razonamiento), tuvo que ser el alminar de la mezquita que se construyera en Tauste allá por el siglo XI.



Si alguien quiere hacerse una ligera idea de cómo pudo ser aquel conjunto de alminar y mezquita puede consultar la página 40 del trabajo titulado “Tauste en los siglos XI al XIII” y después ir a las páginas 54 y 55 para ver el desarrollo de transformación de aquélla mezquita en el templo que hoy conocemos.

Sin embargo, el otro día me hicieron un comentario muy bien razonado en el que se seguía defendiendo la tesis oficial, es decir, que la torre nació con la iglesia en el siglo XIII, y no como alminar musulmán en el XI. Se basaba en que, lógicamente, la mezquita debía de tener una altura bastante inferior a la de la iglesia actual, pues los musulmanes no daban tanta importancia a la altura del templo como a su cabida de personas, mientras que los cristianos trataban de conseguir su aire de grandeza y de espiritualidad elevando sus techos hacia el cielo. Argumentando que los paños decorativos de las torres comienzan a partir de cierta altura en la que empiezan a ser visibles por encima de las edificaciones circundantes, se llegaba a la conclusión de que esta torre siempre ha pertenecido a esta iglesia y nunca a otro hipotético edificio anterior, porque sus paños decorativos comienzan a partir de la altura del tejado de la misma.

Lógicamente, si hubo mezquita (y nuestra torre con ella), estos dibujos comenzarían a partir de una altura considerablemente superior a la que pudo tener esa mezquita, pero hay que pensar que esa visibilidad no sólo depende de la altura de las edificaciones vecinas, sino también de la posibilidad de aproximación o alejamiento del espectador. Es decir, si el monumento se ve desde lejos, será visible a partir del nivel inmediato de los tejados, pero no se distinguirán las decoraciones. Sin embargo, si queremos percibir esos dibujos, tendremos que introducirnos en el casco urbano y ya nos empezarán a estorbar los edificios para visualizar la torre, pues nos impedirán ver buena parte de la misma, ocultándola incluso totalmente desde muchos puntos, todo ello hasta que conseguimos acercarnos hasta su propia base, pero desde aquí la visual es ya demasiado vertical y tampoco se pueden apreciar bien los dibujos. Por ello, cabe pensar que las decoraciones comenzaban desde una altura prudente para poder ser vistas, siempre por encima de los tejados vecinos.

Bueno, no está mal: como el tejado de la iglesia acaba justo donde empieza el primer paño decorativo de la torre, se me quieren agarrar ahí para demostrar que la construcción de la torre estuvo supeditada a la de la iglesia. Pero, aparte de la grieta que demuestra que la torre es anterior, conviene decir que aquellos constructores moros no serían nada tontos y tendrían buen criterio compositivo (de sobras lo demostraron), además de ser unos buenos admiradores de las obras que sus antepasados habían dejado. Así pues, resulta lógico pensar que tomaran la determinación de no “ofender” innecesariamente a su alminar, dejando la altura de la iglesia (cuya construcción les había sido encargada por los mandatarios cristianos) por debajo del nivel del primer paño decorativo, ya que con esa altura cumplían sobradamente el requisito de templo cristiano. Es decir, supeditaron la altura de la iglesia a las características de la torre y no al revés.

Para apoyar este hecho y demostrar que, lejos de ser un razonamiento forzado para mantener la teoría de “alminar musulmán” en contra de la de “torre mudéjar”, pongo el ejemplo de la Giralda de Sevilla, es decir, el alminar más importante de España.

En la fotografía podemos apreciar, al lado derecho de la Giralda, el cerramiento del Patio de los Naranjos, reconocido como el sahn de la mezquita. A la izquierda, la catedral, ocupando el solar que antes ocupara el gran oratorio islámico. Éste, lógicamente, hubo de tener la misma altura que el sahn. Ejemplo claro de ello es la mezquita de Córdoba. Como es sabido, los cristianos demolieron la mezquita de Sevilla, construyeron su catedral de mayor altura y reutilizaron el gran alminar como campanario (con la salvedad de la parte de arriba, que ya sabéis que es renacentista), dejando el sahn como lo que hoy conocemos por "Patio de los Naranjos". De igual forma que ocurre en Tauste, podemos observar que los paños decorativos de la Giralda (es decir, los dos paños verticales laterales), comienzan a partir de una altura bastante superior a la del sahn, pero los sevillanos, aun en su afán de construir la catedral gótica más grandiosa del mundo (financiada con el oro que venía de la recién descubierta América, y aprovechando que Sevilla era el centro desde donde se administraba todo ese comercio), no se “atrevieron” a ocultar con su faraónica obra ni un solo ladrillo de esas ricas decoraciones. Ahí podéis ver cómo los arbotantes de las naves (esos arcos que se ven a la izquierda de la Giralda, con el cielo de fondo, aunque la fuente de la plaza estorba un poco) terminan por debajo de ese nivel en cuestión.

Por otra parte, tanto en el caso de Tauste como en el Sevilla, ¿no os parece que ambas torres son mucho más armoniosas tal y como son que si hubieran querido bajar los paños decorativos más abajo, recargando innecesariamente el aspecto exterior?. Observad que ambos casos coinciden en que sus decoraciones comienzan a partir de la mitad aproximada de su altura, lo cual parece ser otro criterio compositivo de aquellas gentes.

Pues bien: imaginaros ahora que les vamos a los sevillanos con la sonaja de que a lo mejor su Giralda no es un alminar islámico sino una torre mudéjar, porque sus decoraciones comienzan a partir de la estructura de la catedral.

Menúo dihguzto, quiyyo.

Para terminar, por si a alguien se le ocurre tacharme de presuntuoso por pretender hacer un símil entre nuestra “humilde torre mudéjar de pueblo aragonés” y el gran alminar almohade mundialmente conocido como la Giralda de Sevilla, el próximo día os contaré otra cosa al respecto.

domingo, 18 de octubre de 2009

¿ELUCUBRACIÓN HISTÓRICA O EVIDENCIA CONSTRUCTIVA?

OTRA VEZ LA TORRE DE LONGARES

Quiero aclarar que creé este blog con la intención principal de que me sirviera de herramienta para contribuir a la defensa y reivindicación del patrimonio histórico-artístico de Tauste y, muy principalmente, en lo referente a la (me atreveré a decirlo ya así) mal llamada “torre mudéjar”, mereciendo una consideración y una valoración muy superior a la que oficialmente se le reconoce. Intereses “personales”, apalancamiento mental, complejo colectivo de inferioridad o yo que sé qué más motivos, impiden que monumentos tan valiosos como éste que tenemos en Tauste ostenten el lugar que merecen en los libros de historia del arte, guías culturales y proyectos de desarrollo turístico, mientras en otros lugares parecen tener lo mejor de lo mejor y aquí nos sigue pareciendo que todo lo nuestro es de lo más vulgar.

Consciente de las grandes dificultades que tendrá que superar esta reivindicación, debido al fuerte inmovilismo de los personajes que se erigen como autoridades en la materia (no olvidemos que tenemos al enemigo principal en casa, llámese Universidad de Zaragoza, entre otros), me planteo que tal objetivo no será posible si nos limitamos a nuestro patrimonio local, ya que la existencia de éste no se comprende sin su pertenencia a un conjunto territorial, que es lo que hemos dado en denominar como “arte zagrí”. Expongo esto como respuesta a las observaciones de algunos amigos, que me han preguntado sobre la razón de mis insistencias acerca de otras construcciones ajenas a nuestro pueblo, como por ejemplo, la torre de Longares o, últimamente, la de San Pablo de Zaragoza.

Dicho todo esto, esta vez quiero hablaros un poco más sobre la torre de Longares, porque, gracias a José Miguel Pinilla, he tenido ocasión de leer un documento escrito por alguien, licenciado en Historia del Arte, cuyo contenido no tiene desperdicio. No diré el nombre del autor en este lugar público porque no veo necesidad de poner en evidencia a alguien que, en principio, ni siquiera conozco, y que además, posiblemente, se trate de una persona brillante en su labor de investigador, a juzgar por el resto de los contenidos, tanto de ese documento en cuestión como de otros que he podido conocer del mismo autor. Por otra parte, lo que sigue a continuación, no es nada personal contra nadie en particular, sino contra unas formas establecidas.

Recordarán los seguidores de este blog que en aquel artículo sobre la torre de Longares ponía de manifiesto su más que probable origen zagrí, mediante argumentos de tipo constructivo. Nos estamos encontrando con la circunstancia de que las personas “autorizadas” para interpretar nuestra historia y nuestro patrimonio desprecian descaradamente cualquier tipo de argumento por evidente que sea, sólo porque –dicen- los técnicos, al no tener una formación específica en el terreno de las letras, no sabemos desentrañar los documentos antiguos, tarea que sólo ellos pueden llevar a cabo. Es decir, anulan de forma automática cualquier versión que no esté de acuerdo con su ortodoxia, por muy bien basada que esté en hechos constructivos y niegan –porque escapa a su capacidad- la posibilidad de leer el lenguaje de “los ladrillos”, que muchas veces es más inequívoco que el de los textos.

Tanto es así que, por defender lo indefendible, son capaces de aportar argumentos delirantes sin ningún pudor, pero, como están amparados por el “poder establecido”, todo vale. Os transcribo literalmente lo que este señor dice de la torre de Longares y juzgad por vosotros mismos:

El alminar de la mezquita aljama de Zaragoza tuvo una réplica en la torre mudéjar de la iglesia de Nuestra Señora de los Angeles de Longares, donde se imitaron sus dos elementos más característicos: una ventana geminada en cada una de las caras y un gran marco alrededor”.

Vaya, me digo mientras leo esto. Parece ser que esto viene a dar cuerpo a nuestra teoría del origen zagrí de esta torre, pues si de una réplica se trataba es porque prácticamente eran contemporáneas, ya que en cada época se construye con arreglo a unas modas concretas y nunca utilizando unas formas consideradas como anticuadas y arcaicas. Pero luego sigue:

Esta imitación debe ser tan fiel al original que los artistas que la llevaron a cabo hicieron algo incomprensible como es el olvidar completamente que la función de esta torre era para servir de campanario y construirla sin ningún vano en que alojar las campanas; razón por la cual algún tiempo después de construida fue preciso abrir en el muro antiestéticos arcos apuntados donde disponer las campanas”.

O sea, que los alarifes que la construyeron eran imbéciles. Me los imagino:

- Mira, Yaqub, que lo que nos han encargado es un campanario y no un alminar. Que estos cristianos son capaces de quemarnos vivos.
- No tengas miedo, Yusuf, que no se darán cuenta.
- ¿Cómo que no se van a dar cuenta?. Y cuando tengan que subir las campanas, ¿qué?. A ver si nos vamos a quedar sin cobrar los salarios que pone en el contrato.
- No te preocupes. Por lo menos, nos reiremos un rato.

(Recordemos que en aquella época, igual que en la actualidad, a los albañiles se les pagaba por hacer lo que se les mandaba, no lo que les viniera en gana, máxime si se trataba de moros, en una tierra dominada por el poder cristiano).

Luego continua:

Este hecho, que puede calificarse de verdaderamente sorprendente, sólo puede entenderse ante la fascinación que sentían los cristianos por la arquitectura islámica”.

O sea, que cuando llegó el obispo con el cura párroco y el resto de la comitiva a inaugurar el nuevo campanario, se quedaron tan obnubilados ante la singular belleza de la torre que les acababan de construir aquellos moros que las lágrimas de emoción les impidieron darse cuenta de que no tenían donde poner sus campanas.

A lo mejor fue el tontico del pueblo el que, inoportunamente, rompió el encanto del momento:

- Y ahora, ¿dónde pondremos las campanas, padre Julián?.
- Cállate, anda. ¡Llevaros a Segismundico de aquí, que nos va a aguar la fiesta!.
- ¡Aybá!, es verdad, ¿dónde ponemos las campanas, señor obispo?.
- ¡Vaya fallo!. Pues no nos habíamos dado cuenta ninguno.
- No pasa nada. Sigamos con la celebración, que ya se nos ocurrirá algo
.

Al día siguiente, se rompe la torre a golpe de pico para abrir unos horrorosos huecos, se colocan las dichosas campanas, aquí paz y allí gloria. La torre ha quedado horrorosa, después de lo bonita que la habían dejado el Yusuf el Yaqub, pero nos hemos reído todos mucho.

Algo parecido debió ocurrir también en Tauste, porque también rompieron lo suyo para poner las campanas.

Sin embargo, se intuye que al autor de tan descalabrado razonamiento no se le escapa la sospecha de que, si tanto se parecía al alminar de la mezquita aljama de Zaragoza y que para nada, en su origen, era un campanario, es porque realmente ¡no construyeron un campanario, sino un alminar!. Sí, esas torres que suelen levantar los musulmanes junto a las mezquitas para que el muecín llame a oración de viva voz. Lo cual hubiera conducido a la conclusión de que esa torre era del siglo XI y no del XIV. Nuestro historiador caía en el grave peligro de ser excomulgado y denostado, así que compuso esa brillante interpretación que, claro, como venía de donde venía, siempre al servicio del sector ortodoxo de la Universidad de Zaragoza, nadie se atrevió a cuestionar.

Como quiera que también sospechaba que algún incauto pudiera llegar a esa hereje conclusión, quiso prevenirlo añadiendo:

Esta circunstancia tan anormal ha hecho pensar a algunos autores en la posibilidad de que esta torre hubiera sido un antiguo alminar, pero esto no es así en absoluto puesto que los vanos ciegos de cada cara son apuntados –y por tanto de época cristiana- y no de herradura y además el marco no contiene elementos vegetales como su original sino decoraciones geométricas que empezaron a generalizarse en el siglo XII con la construcción del a mezquita de Tinmal y el de la Kutubiyya de Marrakech. Además la estructura interna del campanario de Longares es la propia de una torre cristiana”.

Aquí ya se acaba de caer con todo el equipo, pues todos sabemos que el arco apuntado es algo que viene de la arquitectura oriental, desde el siglo IX, así como las decoraciones geométricas. Respecto a la estructura interna de tipo “cristiano” (es decir, torres huecas), no cabe mayor contradicción, pues ellos mismos datan otras torres de esta tipología como islámicas del siglo IX, como es el caso del conjunto fortificado de Calatayud.

Cuántos malabarismos por no reconocer lo que es tan evidente. Luego querrán quedar ellos como sabios incontestables y dejarnos a nosotros como locos soñadores de fantasías.

jueves, 17 de septiembre de 2009

MÁS SOBRE LA TORRE DE SAN PABLO


El maestro Zagrí me encarga en su último comentario sobre San Pablo de Zaragoza que publique la planta y alzado de este conjunto arquitectónico, todo ello como intento de aclaración en esta batalla de opiniones en la que nos hemos enzarzado sobre esta torre.


¿Cómo no lo voy a hacer, si además ha tenido el detalle de facilitarme él mismo estos dibujos?.


Bueno, pues aquí van, aunque la resolución que me ha quedado finalmente deja bastante que desear, pero espero que a ambos nos sirva para ir aclarándonos un poco, así como a los que tengan la santa paciencia de seguir esta disputa.


En primer lugar, decir que me ha parecido muy interesante y enriquecedora la explicación que Javier Peña (quien se firma como "Zagrí") nos ha ofrecido en su último comentario sobre los avatares de la ciudad de Zaragoza, así como del medio rural, en los años siguientes a la conquista cristiana, y su diferenciación respecto a lo que ocurrió en Castilla.


Sin embargo, volviendo a las características constructivas de la torre y de la iglesia de San Pablo, tengo que decir que, a pesar de la deficiencia del dibujo que aparece arriba, si lo imprimimos y lo ampliamos hasta un tamaño suficiente, podemos observar que esa fina franja de color naranja que parece indicar que el muro hastial de la iglesia pasa por delante de la torre es engañosa. En efecto, realmente el octógono de la torre abarca todo el espesor de ese muro.

A la misma conclusión llegamos si observamos detenidamente el alzado que Javier me ha proporcionado. En el primer dibujo, he marcado una franja verde en el lugar donde se aprecia (esta vez, exteriormente) que el muro hastial no pasa por delante de la torre, como es el caso de Tauste, sino que "acomete" hacia la misma.

Sería interesante poder comprobar "in situ" si verdaderamente ese muro pertenece a la misma fábrica de la torre. Si es así, será señal de que la torre fue hecha después de la iglesia, y, si no lo es, se manifestarán mediante grietas las faltas de trabazón entre una y otra obra, dando fundamento a la teoría de Javier Peña de que se trata realmente de estructuras independientes.

Otro detalle más: siempre hemos tenido el concepto de que a estos alminares se accedía por una entrada en alto. Sin embargo, en el caso de San Pablo, observamos que la escalera arranca desde la planta baja.

Así es que, ¡hala!, ya tienes más Javier. Sería interesante que alguien de letras de por ahí (que sabemos que nos leen) saliera al ruedo y nos aportara alguna nota de frescura en todo esto.